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HUEVOS DE OSTRA

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   Todo empezó hace una semana que habían pronosticado la llegada de un huracán que azotaría las costas y playas de Vancouver. Nadie se imaginaria que en medio de ese caos pudiera haber algo mucho más aterrador. Algo tan atroz. Algo que… cambiaria la vida del profesor. 

    Dándonos poco tiempo para continuar con la investigación que teníamos pendiente el doctor Quentin y yo. Afortunadamente las condiciones atmosféricas seguían siendo favorables para nosotros, pudimos concluir con nuestro trabajo antes de lo esperado. Habíamos observado algunas ostras marinas, que recientemente habíamos descubierto debajo de un arrecife ubicada dentro de una cueva poco transitada.

Las descubrimos un jueves por la mañana después de que el profesor Quentin y yo diéramos nuestro acostumbrando paseo por las tardes en lancha y cayera accidentalmente en ella. Algo que acostumbrábamos a hacer, el profesor y yo después de que… pasáramos muchas horas encerrados en la universidad, como verdaderas ratas de laboratorio. Matándonos los sesos.       

   Las habíamos estado estudiando por más de una semana, mucho antes de que el servicio meteorológico de Vancouver activara la alerta sobre el huracán que estaba aproximándose.   

   Su comportamiento era totalmente distinto a la de las otras especies de ostras. Podría decirse que teníamos ante nosotros algunos raros y vivos ejemplares de una especie hasta el momento, desconocida. Estaban escondidas dentro de aquella cueva, esperando a que alguien como nosotros las descubriera.  

   Sus características morfológicas no eran muy parecidas a las de las otras especies de ostras. Su caparazón eran similares al de sus antepasados que vivieron hace más de sesenta y cinco millones de años, durante el periodo cretácico. Su edad continuaba siendo un misterio para todos nosotros, siendo un rompedero de cabeza para el mismo profesor en paleontología marina el doctor Robert Straub; quien nunca había visto algo parecido. Su forma de reproducirse no se asemeja a ninguna criatura marina que yo haya estudiado.  Me llamó muchísimo la atención con la rapidez con la que lo hacen.

    Como quiera que sea el doctor Quentin y yo estábamos contentos ante tal descubrimiento. Que decidimos regresar a la mañana del siguiente día antes de que Carolina tocara las tranquilas aguas de Vancouver a recoger algunas para su estudio.

   Como lo habíamos planeado. El doctor Quentin juntó con el profesor Straub y yo, apoyados de una pequeña embarcación. Partimos con dirección hacia el gran arrecife. El día amaneció muy nublado, y con mucho viento que… nos encontrábamos temerosos de que el huracán llegase antes de lo previsto.

---No es maravilloso Palmer---. manifestó fascinado el doctor Quentin.

---Desde luego---. Conteste asombrado. Emocionado ante aquel hallazgo que considerábamos en secreto. Todo me parecía bastante increíble. Era la primera vez que algo como aquello iba a ocurrirme a mi, no todos los días se descubre algo nuevo en un país en la que sólo estas de intercambio, realizando tus prácticas profesionales de biología marina.  

   La marea cada vez crecía conforme se acercaba el huracán, que en dos ocasiones estaba a punto de voltear nuestra embarcacion.         

   Anclamos el bote a unos cuantos metros antes de adentrarnos a la cueva esto a petición de su dueño un tal Tredeau un experimentado lobo de mar quien fue el único que se ofreció a ayudarnos en nuestro viaje, pues los demás dueños de los otros botes se sentían temerosos al navegar en medio de la tempestad.

   Los tres que estábamos en la embarcación nos estábamos alistando para adentrarnos hacia el arrecife, nos adentramos a unos veinte metros de profundidad aproximadamente. Llegamos dentro de una hora. A traves de su visor el profesor Straub lanzó una mueca de alegría al contemplar aquel magnifico arrecife con el monton de ostras incrustadas en ella. Tome algunas fotografías con mi cámara submarina, nos encantó ver el brillo con el que las ostras iluminaban el contorno del arrecife que nos pareció casi hipnotizador.     

   Todo iba marchando bien hasta que una corriente marina golpeo al profesor Quentin hasta impactarlo contra el arrecife, tirando de ella una cantidad de ostras, hiriéndose además su rodilla derecha y rompiéndose su tanque de oxígeno.

   El doctor Straub y yo fuimos a auxiliar al pobre del profesor Quentin quien quedó inconsciente tras el fuerte golpe, obligándonos a salir inmediatamente hacia la superficie. Pude percatarme que su rodilla tenía una cortada de unos quince centímetros que traspasaba su traje de licra; la cual la sangre no dejaba de salirle.

   Hicimos una señal al capitán Tredeau para que este nos ayudara, fue un alivio que dentro de su bote contara con un botiquín de emergencias. El doctor Straub y yo pudimos vendarle su rodilla a pesar de que el bote continuaba tambaleándose por las constantes olas las cuales iban creciendo a una altura considerable hasta empaparnos, era como si este se burlara de nosotros. El profesor Straub empezó a estar más preocupado pensando quizás en la posibilidad de que nuestro bote se hundiera, y el huracán nos arrastrara a quien sabe a dónde.

   El profesor Quentin seguía estando inconsciente, pudimos pararle su hemorragia y gracias a dios no tenía un hueso roto. Ordene a nuestro capitán levantar el anclan y marchar a toda prisa hacia tierra firme antes de que el huracán arremetiera más contra nosotros. Mientras el profesor Straub seguía estando paralizado de miedo pensando más por su muerte que por la vida de nuestro querido profesor.

   Las olas impedían que nuestro bote avanzara hacia la playa, por tercera ocasión estaba a punto de embestirnos. La lluvia empezó a caer con mucha más fuerza que el profesor Straub continuaba estando más nervioso que tuve que abofetearle para que este reaccionara y me ayudara con el profesor Quentin quien todavia se hallaba inconsciente.

---¿Qué vamos a hacer? ---. preguntó aterrado el profesor Straub.

---Necesito que se tranquilice---. Conteste dándole una fuerte bofetada en su mejilla derecha.          

Ya faltaban unos cien metros para llegar a la orilla.

---¡Oh dios mío! ---. Exclame espantando al ver con horror como nuestro bote se estaba hundiendo lentamente.  

   El afamado profesor en paleontología al igual que el profesor Quentin también se había desmayado, complicándose más nuestra situación. Tredeau continuaba manejando el bote a pesar de que este se estaba hundiendo. Convirtiéndose en una carrera contra reloj.   

   Pude darle gracias cuando llegamos a la playa. Tredeau se molestó con todos nosotros debido a que, por nuestra culpa, su bote se había hundido. Pude convencerle de que le pagaríamos los daños en cuanto pasara la tormenta. Algo que le pareció muy razonable. Me ayudó a trasladar a los dos cientificos hasta el hotel donde nos estábamos hospedando.

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La tormenta empezó a desatarse con mucha más fuerza, por mi parte me encontraba encerrado en mi habitación. Resguardándome junto con otro grupo de personas que de la misma manera se estaban refugiado de la tormenta. Afuera pude escuchar los sollozos de una pequeña niña que pedía con voz entre cortada a sus padres que la protegieran del monstruo que se estaba escondiendo dentro de su armario.

---¡mami mami! ---repetía una y otra vez la niña después de que la corriente eléctrica dejara de funcionar en todo el hotel.       

   No me imagino lo asustada y lo aterrada que debía estar la pobre chiquilla. Los rayos que caían en el lugar hacían que ese momento fuera una verdadera película de terror.

   Todos los que nos encontrábamos hospedados en el hotel vivíamos horas de angustia llenas de temor, la tormenta parecía no amainar. El hotel no lo consideraba un lugar seguro ante la descomunal fuerza que la madre naturaleza hacía. Algunos se refugiaron en el bar que habia adentro. Seguramente sintiéndose más a salvo bebiendo olvidándose de que afuera solo habia un fuerte vendaval que estaba haciendo destrozos por todo el lugar.     

---¡mami mami! ---. Continuaba gritando cada vez la asustada niña.

   Hasta que unos gritos que debían de ser del profesor Quentin acompañados también de otros gritos que debían de ser del profesor Straub hicieron que los gritos de la niña se apagaran por un momento. Las cuales provenían en la planta de arriba del hotel.

   Corrí sin dudarlo pensando en que algo malo debía ocurrirles, lo último que recuerdo fue que deje solo al profesor Quentin inconsciente en su habitación con su pierna vendada. Corrí subiendo las enormes y pesadas escaleras de metal, tropezándome en dos ocasiones golpeandome la rodilla izquierda.  

---Palmer--- vocifero el profesor Straub.

---¡ay voy! --- conteste casi gritando.

---Paaaaalmeeeer --- grito aterrado el profesor Straub. 

   Los rayos continuaban cayendo, como si estuvieran presagiando lo que estaba a punto de descubrir. Mi corazón latía a más de mil por hora, cada vez que me acercaba. Me encontré con el profesor Straub afuera, parado frente a la puerta de la habitación del profesor Quentin. Su cara blanca reflejaba una expresión de terror. Sus manos no dejaban de temblarle, y pude percatarme que debajo de su pantalón habia una mancha grande de orina. Al verme se abalanzo hacia mí y estallo en llanto.           

---¡Palmer!---. manifestó con ojos llorosos. --- es horrible---. Gimió.    

---- ¡no entiendo! ¿a qué se refiere? profesor Straub ---pregunte intrigado, presintiendo que algo malo le estaba pasado al profesor Quentin.

---el profeeeesor---. dijo titubeando.

---el profesor ¿qué? ---. Pregunte con impaciencia.

Impulsado por una fuerza aparte de la puerta al profesor Straub. Sin que acabara de decirme. Entre a la habitación del profesor Quentin, y con mucho cuidado gire lentamente el pesado picaporte. Me encontraba algo temeroso y algo agotado, que mi corazón no paraba de latirme. Por un momento tuve un raro sentimiento de angustia. Y pude percibir que dentro había un olor penetrante parecido al olor que desprenden las algas marinas. El olor era muy intenso que daban ganas de vomitar.

---¡Oh dios mío! ---. fue lo único que exclame al ver delante de mí la horripilante escena. No lo podía creer que aquello fuera posible. Ahí estaba el profesor Quentin acostado sobre la cómoda cama de la habitación con un cumulo de ostras adheridas en todo su cuerpo. Habia oído hablar que el cuerpo humano a veces es susceptible a ser huésped de varias enfermedades, pero nunca me imaginé que fuera susceptible de ser… el hogar de una inofensiva ostra. Como era posible que esto estuviera sucediéndole al profesor Quentin. Quizás se debía al accidente de hace unas horas. Debieron de alguna manera incrustarse dentro de su herida, después de que la marea lo impactara contra el gran arrecife y cayera inconsciente.        

---¿Eres tú Palmer? ---. Preguntó el profesor Quentin con voz dificultosa.

Quedé mudo, dudaba de que aquello que fuera, realmente era el profesor Quentin y al igual que el profesor Straub me eche a llorar. Mi mentor estaba muriendo estaba siendo el hogar y alimento para un montón de esas cosas. Las cuales se estaban reproduciendo en masa. Extendiéndose por todo su cuerpo. impidiéndole que me hablara.   

---¡si… soy yo!---. Conteste con voz entre cortada y con lágrimas en los ojos.

---¡ayúdaaaaame!---. dijo suplicando el profesor Quentin con voz casi inaudible.

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   Las ostras que estaban pegadas sobre la piel estaban emanando una especie de líquido verde viscoso haciendo que el cuerpo de mi mentor se viera fosforescente tal como lo habíamos presenciado cuando nos adentramos en aquel arrecife. Aquel resplandor verdoso empezó a iluminar toda la habitación. Y uno de los postes que abastece la corriente eléctrica en el hotel que se ubicaba a unos metros hacia la ventana, cayó inmediatamente ante el poderío de la tormenta rompiendo uno de los cristales de la habitación del profesor, entrando una fuerte corriente de aire. 

---¡ayúdaaaameee!, Palmer---. Repitió con mucha dificultad el profesor Quentin. ---!te lo imploro¡   

---¿Cómo? ---. Pregunte llorando. Sin comprender cual sería su pronta respuesta.

---¡abreeeeeee el cajón!---. ordeno el profesor Quentin apuntando con mucha dificultad su dedo índice hacia un escritorio que se ubicaba a unos veinte centímetros de su cama.

   Dirigí mis pasos hacia donde se encontraba aquel escritorio que el profesor me habia señalado. No comprendía que es lo que el profesor Quenti esperaba que encontrara en aquel mueble, el cual estaba hecho de caoba. Hasta que al fin pude comprender a qué punto el profesor Quentin se refería a que lo ayudara cuando abrí uno de sus cajones y descubriera en su interior¡será acaso! que…

---¡ayudaaaameee!---. gimió el profesor agonizando.  

   Los rayos de la tormenta caian de vez en cuando iluminaron el oscuro pasillo del hotel y el resplandeciente cuarto. Estremecieron al profesor Straub quien se habia desmayado, al ver lo que quedaba del cuerpo del profesor Quentin.  

   Tomé la nueve milímetros que descubrí dentro del escritorio, las lágrimas no paraban de escurrirme. Al fin comprendía que era lo que tenía que hacer. Me cerciore de que el arma estuviera cargada; que para mí mala suerte o porque así Dios lo quiso, lo estaba.  

---¡no puedo! ---. Fue lo único que dije.

---ayudaaaameee te lo imploro Palmer ---. Dijo agonizando el profesor Quentin. --- quítame este sufrimiento---.

   Las manos me temblaban que me fue dificil agarrar el arma pues conocía lo que debía hacer, me fui acercándome lentamente hacia la cama. Esperando con eso ganar algo de tiempo para no cumplir con aquello.    

   El cuerpo del profesor Quentin no dejaba de segregar aquella maloliente sustancia verde viscosa. Coloque la punta del cañón directamente hacia su frente, por un minuto cerré los ojos y lancé un fuerte suspiro, quité el pequeño segurillo a la pistola. Con las lágrimas escurriéndome por mis mejillas jale fuertemente al gatillo. Oyéndose un fuerte disparo que debió haberse sonado por todos los pasillos del hotel. Como si fuera un eco dentro de una caverna.

   El resto de esa fatídica noche, la pesada cortina blanca nunca dejó de moverse, y no por que las fuertes corrientes de aire que entraban por la ventana lo hicieran, sino porque me estaban avisando que lo peor pronto estaría por empezar.   

Publicado la semana 10. 07/03/2020
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De noche
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