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Ángel Acosta

Vaticinium (II)

En breve horas El Mundo estará vestido de Navidad y por estos días es normal desearle a los amigos y seres queridos… ¡Qué tengas un feliz fin de año y una larga vida!... ¡Pero noooo! Un ser humano con más de cien años relata hechos en tiempo pasado pues; el presente, es ya cadáver. En sus pechos, la fatigada respiración brota débil, rendida ante movimientos que imitan los del koala y la babosa de jardín. Los pasos de un súper centenario anciano son inseguros, sin equilibrio ni brillo. Para colmo, desaparece la armonía entre pensamiento y acción. No son pocas las veces que sienten deseo de ir al baño cuando en realidad lo que tienen es sed. Los seres humanos que sobrepasan los cien años no distinguen entre el disparate y lo racional. Se pasan y jamás llegan. Para colmo, el desgastado organismo no controla el esfínter y ese pequeño músculo, al llamado del orine o del excremento, se abre a su antojo y provoca indeseables olores que arrastran de rincón en rincón. Con más de cien años de vida desaparecen los mejores rasgos de nuestra acostumbrada terrenal humana geografía. Es como si estuviéramos enterrados con un corazón que late pero evoluciona hasta el tormento. La angustia. El martirio. Y vivir así no es vivir. Con más de cien años se esfuma lo que resta del fogoso entusiasmo ante las Venus o los Adonis, se espanta del alma lo bello de escuchar música, saborear el salitroso prestigio del mar, observar una majestuosa tela de araña, acariciar menguantes lunas…esos detalles; entre otros, devienen  indiferentes, invisibles. Impalpables. Ajenos… (Continuará)

 

Publicado la semana 51. 14/12/2020
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