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Cristobal

Nadie corta el cielo.

...la tarde muere espléndida y con algunas nubes en los marchitos ojos de mi hija Marta. Esta noche… ambos no dormiremos hasta escuchar la voz de Leopolda con el ansiado “llegué bien”… a partir de hoy y hasta que tal vez algún día volvamos a encontrarnos, enfrento la realidad en el desorden de una supuesta casualidad. Las casualidades no existen. Son supuestas.

Por estos tiempos, la deshumanización y el caos pretenden hacerme creer que la verdad está huérfana. La verdad con su paso de siete leguas. Hace meses que dedico mis nervios a la partida de Leopolda, una situación que me obliga a organizar las empolvadas y amarillentas fotos de mi alma donde, poesía violenta narrativa y no reconoce ni fe ni gloria.

La gloria es agrupar con fe estos fracasos; todos traumas, por suerte no tan ajenos, pues cierta ternura perciben mis intentos de sueños y eso es demasiada pretensión… ¡Demasiada para un muerto como yo!

Vuelvo a cerrar los ojos y puedo imaginar a Leopolda, con su cabeza reclinada sobre el confortable asiento de un avión que la aleja y ahora la acerca. Sin esfuerzo, alcanzo hasta su último sentimiento donde… desesperada… intenta superar una nostalgia incompatible con alegrías.

Ese intento siempre deja un sabor a sal en los labios. Se avecinan un racimo de acontecimientos. De haber sido posible, los tres compartiríamos ese pedazo de cielo que… detrás del cristal de la ventanilla del avión… los ojos de Leopolda aprecian gris y más gris destino al destino. Por allá, en ese país extranjero, debe nacer nuestro primer nieto… ¡Carijo, mi primer nieto varón!
 

Ahora y para mi esposa Doctora en Medicina Leopolda Santovenia, el cielo está cortado. Una parte en azul y otra en gris…
– ¡Los quiero vivo a los dos!
Dije y recuerdo que traté de abrasar sus ojos con los míos, pero me quedó esta puñetera imagen borrosa de las despedidas, como sí viera a Leopolda debajo del agua. Sin embargo, su voz fue la misma dulce de su voz…
–Cristóbal Delanada, no te olvides que para los cielos sólo existe un Dios y ese… ¡ese no soy yo!

 

 

Publicado la semana 2. 06/01/2020
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