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Andrea Pereira

EL MATE Y LA PLAZA

Alberto sentado y solo en una plaza de Barcelona, siente una angustia que le atraviesa el pecho, aprieta sus dientes, con la boca cerrada, y hace un gran esfuerzo para que las lágrimas no se escapen de sus ojos.

Lleva muchos años en esa ciudad, y aún extraña el obelisco porteño, el potrero de donde salió Maradona, pero por sobre todo lo que más echa de menos son las mañanas frías y grises de Buenos Aires cuando tomaba mate con su viejita.

Levanta la mirada y una jovencita en alpargatas, y de cabello muy largo hace que se le dibuje una pequeña sonrisa. Ella lleva un termo bajo el brazo, una sonrisa amplia, y un mate que va tomando mientras mira a los lados como inspeccionando la plaza.

El mate de la viejita, ese se le venía a la cabeza todo el tiempo, pero aquella joven distraída, que ni notaba la mirada fija de Alberto lo hizo susurrar

–Verónica…

Hace veinte años Alberto trabajaba de remisero en la empresita de su tío, eran solo tres coches, uno lo manejaba él, el otro su tío y el tercero su primo.

Era de noche, y hacía mucho frío. Julio, Buenos Aires, y unas ganas locas de llegar a la casa a comer algo caliente y a la cama, cuando una mujer alta con cara de asustada, un termo, un mate, una cartera vieja y dos valijas, le para el coche.

−No le voy a mentir, no conozco nada, soy de San José, Uruguay, es mi primera vez en Argentina, dos amigas me esperan en este hotel – Le dice la chica y saca de su cartera un papel, Alberto lo lee y asiente con la cabeza.

− ¿Sola y de noche en una capital tan peligrosa?− ella sonríe nerviosa y le da un sorbo a la bombilla, sin mirarlo

−No sé ni que hago aquí, mis amigas vinieron hace dos semanas, y yo me decidí hace unos pocos días, nosotras cantamos y así de locas no más vinimos a probar suerte, pero para mí es una pelotudez, le digo la verdad

−Y hay que arriesgar en la vida señorita…o señora?

−Señorita, bueno mejor Verónica− voltea los ojos hacia Alberto que mira fijamente la calle y en su sonrisa refleja que sus nervios se van calmando. Él también sonríe y se muerde el labio inferior

−Verónica entonces. Estamos llegando, no la voy a pasear por más que parezca muy inocente− le dice entre risas, y ella vuelve a dar un sorbo a su mate, frunce la nariz y lo observa notando que ya está vacío

−Gracias, porque se podría aprovechar todo lo que quiera

− ¿Es una invitación?− pregunta entre risas

−Ay disculpe, sonó muy mal eso, hablo de lo de pasearme, que vergüenza− le dice sonrojada, mira para abajo y apenas sonríe

−Llegamos Verónica− ella baja del auto, Alberto también y la ayuda a sacar sus maletas, las acerca al hotel y ella le paga el viaje.

En la plaza de Barcelona hace mucho calor, un perro pasa corriendo frente a Alberto que no deja de mirar a la jovencita como hipnotizado Ella se acomoda el cabello,sigue sin notar que él la observa, se sienta bajo un árbol y se ceba un mate. Él decidido camina hacia aquella extraña mujer, y al pararse casi frente a ella nota que esta ni se da cuenta de que se acercó. La mira sacar un libro de su cartera y comenzar a leerlo.

Desde que Alberto dejó a Verónica en el hotel, dio vueltas alrededor del mismo para ver si lograba toparse con ella de casualidad, pero sin suerte, hasta que ella salió con dos chicas más. Una de ellas con una guitarra en la espalda. Él se bajó del auto, caminó como distraído mirando a los lados, y le empujó el hombro con su brazo, como si fuera un accidente

−Ay disculpe

−No se preocupe− le dice acomodándose la ropa y lo mira− usted es el del taxi ¿Me recuerda?

−Claro, la uruguaya que dijo que podría aprovecharme de ella todo lo que quisiera− le responde sonriendo, a ella se le sonroja la cara y asiente con la cabeza, las amigas se miran y ríen.

−Verónica

−De eso también me acordaba, la cantante

− ¿Y vos cómo te llamas?− las amigas siguen su camino lentamente, y el saca una tarjeta del bolsillo de la camisa y se la entrega

−Alberto, el remisero.

Ella lee la tarjeta, con el nombre y el teléfono, la guarda en el jean y se muerde el labio inferior sacudiendo levemente la cabeza

−Tengo que ir con las chicas, Alberto Remisero

− ¿Me llamas?− ella asiente con la mirada, y corre hacia donde están sus amigas. El voltea a mirarlas y ve que ella les muestra la tarjeta y una de ellas se da vuelta y lo mira.

En Barcelona Alberto se sienta en el pasto algo cerca de la joven que lee sin notarlo, mira su celular y saca la cuenta de que hora seria ahora mismo en Buenos Aires.

Es tan parecida, piensa, el cabello largo, el mate, el termo, quisiera que levantara la mirada de ese libro y me hablara, me dijera que no es Verónica pero es como si lo fuera, que me va a cantar con la guitarra, que me va a pedir que me quede a tomar unos mates, y no me vaya a dormir a lo de mi vieja, pero debe pensar este viejo que quiere que me mira tanto, es como si fuera ella, pero hace veinte años, ¿Qué hará Verónica ahora?,¿Aún se acordara de Alberto el remisero? Hay una mosca volando cerca de la cara de la muchachita, en una la distrae y me nota, con que me sonría como mi uruguaya ya me doy por más que satisfecho. Pensar que vine tan triste a la plaza a pensar en Buenos Aires, y ella me sacó la cabeza para otro lado.

Luego de que esa misma noche Verónica lo llamara, comenzaron a verse casi a diario. La llevó a todos los castings en los que fracasó. Una de sus amigas volvió a San José a los tres meses, La otra aguantó un tiempo más. Ya Verónica no estaba en Buenos Aires para lograr ser cantante, sino por Alberto.

Le cantaba tocando la guitarra, compartían mates, él insistía que mejor la pava y ella que mejor el termo y que eso se llamaba caldera. Amanecía en la casita que luego alquilaron las amigas cerca del microcentro. Hasta que la mamá de su amiga dejó de girarles plata. Ahí fue cuando la segunda dejo Buenos Aires y ella se mudó con Alberto.

Es una vaga, vino a vivir de vos. Pobre Verónica no ha tenido suerte con sus sueños, ¿A quién se le ocurre venirse de un pueblucho para acá, sin conocer a nadie pensando que va a ser famosa o algo así?, Alberto se sacó la lotería con lo buena que esta la uruguaya, Pobre Alberto esa mujer lo vive, se pasea con la guitarrita y nunca va a mover un pelo vino a vivir de algún boludo.

Comentaba la familia y los amigos de él. Y así pasaron ocho meses. Una mañana gris, Alberto estaba calentando la pava para unos mates junto a su mamá, y Verónica apareció con la cartera vieja, dos maletas, y le dijo con los ojos mojados:

−Me voy para San José. Acá me critican mucho, tu vieja me odia, no consigo en que laburar, no voy a ser cantante nunca, ni acá ni en Uruguay ni en la China, mis amigas se fueron, extraño a mis viejos y bueno Alberto, acá se terminó−se dio media vuelta y salió, él miró a su mamá que se encogió de hombros y negó con la cabeza. Salió corriendo tras ella que paraba un taxi en la calle

−Yo te amo Verónica ¿Por qué te vas así?− ella llorando, con los labios empapados en lágrimas lo besó y negó con la cabeza solo susurró un te amo y se subió al taxi. Él corrió hacia su remis y la siguió hasta Puerto Madero. Al bajarse del taxi él se paró a su lado, ella le tapó la boca con la mano, volvió a negar con la cabeza y sin dejar de llorar, lo dejó allí parado, con la mirada perdida, la boca entreabierta y la sensación de un nudo en la garganta.

No vio nunca más a Verónica. Intentó comunicarse sin éxito y meses después se fue a Barcelona con la esperanza de olvidar Buenos Aires, San José el mate, la pava que para el nunca fue caldera y los besos salados y llenos de lágrimas del adiós de Verónica.

La chica en la plaza cierra su libro y mira hacia el costado, nota la mirada fija de Alberto, y arquea las cejas, él mira para otro lado y la vuelve a mirar, ve que ella se muerde los labios,sonríe y vuelve a mirarlo. El se levanta del pasto y camina hacia ella.

−Vos no sos de aca− le dice y ella niega con la cabeza

 

−No, y vos tampoco, soy uruguaya ¿Querés un mate?

Publicado la semana 6. 03/02/2020
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TOMANDO UN MATE O UN CAFE SI EL MATE NO ES DE TU GUSTO
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