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Andrea Pereira

El hogar de Khuyana

Khuyana corría descalza bajo la lluvia, pretendía llegar a tiempo para reunirse con su familia en su choza.

Al llegar todos comían y celebraban haber tenido una etapa de buena cosecha.

Cuando la lluvia cesó ya había vuelto el sol a iluminar los Andes peruanos la joven salió nuevamente, el pasto aún húmedo le acariciaba los pies.

Hiram, un norteamericano que se hallaba investigando la zona la vio y sintió el impulso de aproximarse.

Al principio Khuyana se mostró hosca y algo asustada, pero con el pasar de las horas él fue mostrándole objetos interesantes que la hicieron sentirse atraída.

Hiram quiso comunicarse con ella, pero ninguno de los dos comprendía la lengua del otro.

Esa fue la primera vez que se vieron, con el tiempo esos encuentros se hicieron diarios hasta que el sol llegara su punto máximo, y ella debiera volver a reunirse con su tribu.

Hiram confiado en que su nueva amiga no comprendía sus palabras, planeaba con sus dos acompañantes llevar a su país la información de haber encontrado en Perú un lugar que todos desearían visitar en el futuro.

Khuyana contuvo las lágrimas y fingió sonrisas mientras comprendía lo que estaba sucediendo.

Le informó a su hermano mayor sobre las intenciones de hacer de su hogar un lugar expuesto para curiosos de otras tierras.

Esa noche Khuyana llevó a Hiram de la mano a caminar, y con señas, muecas y ademanes le explicó lo feliz que se sentía de compartir a su lado.

 

Ella lo besó, y su hermano le clavó una lanza en la espalda, luego incendió el campamento de los norteamericanos y fue a festejar con su familia porque su lugar en el mundo seguía siendo lo que siempre fue, propiedad de su tribu.

Publicado la semana 5. 29/01/2020
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