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Alejo Mayurí

Sobre la Creación del Arcoiris, parte 3

Los vapores de inmundicia y rencor que cubrían las calles ocultaban a la moribunda fraternidad de las gentes los reflejos ahora tristes de la luz de la Estrella de Enta mientras el viejo mundo de tradiciones y plazas bellas y circos de los misterios desaparecía entre gritos de odio y olores enfermos sobre la Paraleia (1). Las gentes luchaban por controlar las calles importantes y las rutas de comercio, mientras que las grandes familias se reunían en concilios preludio de atentados, batallas y tomas de circos y universidades. Los fieles liderados por Taérmin, quien había sido herido pero no muerto, habían luchado en plazas y salones llamando la atención de los seguidores de persona mientras que uno de ellos se escabullía y trataba de cruzar las trincheras que ahora rodeaban al pueblo entero, pero todos los intentos de alertar a las voluntades de Naerindil (2) habían resultado en fracaso, pues los fieles no sólo eran superados en gran número, sino que haciendo uso de artificios ajenos al saber de las gentes, Persona había desarrollado artefactos para matar, torturar y revelar secretos. Así, los fieles al criterio de Nimie eran silenciados y dispersados entre los condados de un pueblo que caía en la ruina. Pero lejos del pueblo caído en tinieblas había una colina en donde aún brillaban los colores de la Estrella.

Lejos del pueblo caído, Ataémo se había refugiado junto con sus criaturas de cristal en una colina basta y lejana sobre la que ahora brillaban partidos los colores de la Estrella. Ataemo había partido poco después de iniciado el conflicto pues, fiel a el criterio de las voluntades pero obsesionado por su obra, había preferido salvar a sus criaturas que luchar por lo que creía que era correcto. La noche de la primera batalla, Ataemo había vuelto a soñar con las criaturas después de años sin encontrarlas. Durante esos años austeros las había construído pero no les había dado un propósito, se había dedicado a hacer más y más, acumulándolas en la cima de una colina cercana al pueblo sobre la que había plantado un árbol. Cuando el conflicto estalló, Ataémo fue llamado a luchar, pero al ver la crueldad que se libraba en la batalla temió por su creación y decidió que se exiliaría lejos del conflicto y en el exilio protegería a sus criaturas. Desde entonces Ataémo vivía en la lejanía, lejos del tormento del pueblo, pero atormentado por sus sueños. Puesto que desde que partió, las criaturas de cristal que había vuelto a ver en sus sueños habían empezado a cuestionarlo.

En sus sueños los paisajes eran variados, pero siempre tenían aires de corrupción. Algunas veces se veía en el pueblo en ruinas, otras en bosques rodeado de árboles que se lamentaban, si importar donde se encontrara, el sonido que anunciaba la aparición de las criaturas se alzaba sobre los males, pero este sonido ya no era de paz y buena ventura, ahora era un sonido acusador que se cuestionaba su papel en el mundo. Bajo resplandores oníricos las criaturas de cristal lo rodeaban mientras ese sonido acusador se acrecentaba, hasta que en su mente reinaba un sentimiento de miedo atroz, entonces se despertaba y contemplaba la colina aún de noche y la veía cubierta de sus creaciones de cristal, inertes, inútiles, luego se acostaba de nuevo para tratar de dormir en paz por lo que quedaba de la noche.

Hasta que durante un sueño en el que se encontraba sobre calles abovedadas  por cúpulas de roca desgarrada, decidió confrontar las cuestiones y nó sucumbió al tormento que el ruido le producía. Entonces las criaturas lo rodearon bajo la ruina y él esperó mientras el mundo de sueños a su alrededor empezaba a desvanecerse en la nada. El mundo de los sueños se fundió en el vacío, entonces solo existieron Ataémo y sus visitantes de cristal.

Envuelto en la nada, Ataémo notó como el sonido adquiría una tonalidad distinta, no solo era un cuestionamiento. El sonido ahora lo recriminaba. Entonces las criaturas avanzaron hacia él, y las tonalidades se volvieron más presentes en su mente, hasta que, cuando las criaturas lo envolvían en las sombras, Ataémo pudo distinguir el significado de esas nuevas notas. El sonido lo culpaba, le decía cobarde, y se cuestionaba por su propio actuar. Entonces, sumergido en la nada y en cuerpos de cristal, Ataémo entendió con claridad lo que las criaturas de su sueño le estaban pidiendo. Le pedían que luchar por el mundo de la gente. Entonces, de manera abrupta y después de haber entendido, Ataémo se despertó aún rodeado por la oscuridad de la noche, la misma noche en la que Persona ofrecía a sus seguidores su creación más destructiva con el fin de acabar con sus opositores de una vez por todas.

Ataémo pensó en la oscuridad acerca de sus criaturas, pues muy a su pesar sabía que si regresaba con ellas, por más que lograra ayudar al pueblo, su creación resultaría destruida. Pensó entonces en que debía ser él quien alertara a las voluntades sobre Persona, de ese modo el sacrificio de sus criaturas podría protegerlo de los males que le impedirían cumplir su objetivo. Así, mientras la estrella de Enta se alzaba sobre el borde del mar y el viento soplaba del oeste, Ataémo empezó a trabajar en sus criaturas haciendo que dejaran de ser un cuerpo inerte, convirtiéndolas en autómatas. Durante muchos días y muchas noches trabajó sin descanso hasta que por fin hubo terminado, entonces al pié de la colina, Ataémo vio finalmente cumplido el logro de su vida. Las criaturas de cristal que por mucho tiempo lo habían visitado en sueños habitaban ahora el mundo de los vivos. Y cuando la Estrella se ocultó tras los montes y los campos de las Cuspias, Ataémo, junto con su ejército de cristal y luz se pusieron en marcha, una noche antes de que Persona diera su golpe final al pueblo que tanto odiaba.

Divisó el pueblo antes de la caída de la Estrella del día siguiente a su partida y un sentimiento de pena acongojó su alma al ver como la ruina lo cubría todo. Posicionó a su ejército resguardado en las sombras, pues temía que los reflejos de luz que emitían fueran vistos por sus enemigos. Entonces, solo, se adentró al pueblo decadente y se escabulló por callejuelas y plazas rotas buscando a Taérmin, quien yacía herido sin poder luchar. Fue mientras atravesaba la Paraleia que fue emboscado por los fieles, quienes lo confundieron con un espía. Entonces Ataémo les explicó sobre su regreso y la gente lo llevó ante Taérmin.

Ataémo explicó cuál era su plan y los fieles festejaron la buena noticia, pues el viento que había soplado del oeste hacía dos noches les había traído la sensación reconfortante de un buen presagio entre el caos y la miseria que ahora los rodeaba. Pero antes de que Taérmin pudiera organizar una escolta que aumentara las tropas de Ataémo, Persona y sus seguidores empezaron el ataque con el que buscaban terminar con todo.

Ocultos en el refugio, los fieles escucharon un grito que a todos heló la sangre. El grito era profundo como el ronquido de una montaña, pero estaba cargado con un odio que quebraba hasta los corazones más valientes. Y cuando el grito impactó contra los edificios, los pulverizó como un cañón a un castillo de arena. Ataémo supo entonces que debía actuar rápido. Junto con una escolta partió en búsqueda de su ejército mientras que Taérmin agrupaba a su gente para la batalla. Los fieles le daría tiempo a Ataémo para ir y volver con su ejército. Entonces se libró la batalla, tanto en casas como en las calles y las plazas, mientras el arma de Persona obligaba a los resguardados a salir de sus madrigueras. Pero mientras Persona admiraba la degeneración que su invento producía, parte del ejército de cristal se abalanzó sobre sus seguidores y los fieles se quedaron maravillados ante tan prodigiosa creación. Ataémo no estaba con ellos. Había enviado a parte de su ejército a ayudar en la lucha pero, acompañado de la mayor parte, se había puesto en marcha a las fronteras del Pueblo en dirección a las puertas que conducían a los campos occidentales en dirección a Naerindil, la ciudad de las voluntades del mundo. 

Con la ayuda de los autómatas de cristal, los fieles lograron resistir, no sin dificultades, el arrebato de demencia y crueldad de Persona, mientras los vientos que ahora venían del mar disipaban las nieblas que cubrían el Pueblo, entonces, tras la niebla se divisaron los brillos de la estrella, y Persona detuvo su ataque pues a lo lejos logró distinguir los reflejos de la luz sobre esas criaturas que por sorpresa lo habían contenido en batalla y entendió cuál era el plan de los que se le oponían. Sorprendido y atemorizado, Persona detuvo el ataque al pueblo y dispuso a su gente en persecución del ejército que amenazaba con revelarlo. Entonces, sobre los campos de flores moradas y rocío del mar, los seguidores de Persona finalmente alcanzaron a Ataémo y a sus autómatas de cristal. Ataémo pensó rápido, estaba nervioso y cerca se divisaba ya la ciudad de las voluntades del mundo. Pero antes de resolver conclusión, los seguidores de Persona se precipitaron sobre Ataemo, pero los autómatas de cristal respondieron en su defensa. 

Ataémo contempló pasmado cómo se desencadenaba una lucha feroz y vió que mientras durara la confusión de la batalla él podría escapar y cumplir su objetivo. Empezó a correr, pero mientras corría sintió pena, pues sabía que acababa de sacrificar la gran obra de su vida.

Entonces sobre los cielos rebotaron los destellos de la luz partida de la Estrella de Enta, y las voluntades de Naerindil las vieron desde sus moradas hechas de mármol y buenos pensamientos. Y al asomarse a contemplar tan imprevisto fenómeno, vieron a un hombre cansado y demolido, pero de voluntad inquebrantable y, juntas todas, salieron a su encuentro.

1:  La Paraleia era la plaza principal del condado del sur del Pueblo de Nimie.

2: Fué Nicomena la constructora quien realizó la construcción de la ciudad de Naerindil, la ciudad de las voluntades del mundo, lejos en el este.

Publicado la semana 8. 23/02/2020
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En cualquier momento , pueblo, arcoiris, persona
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