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Alejo Mayurí

Sobre la Creación del Arcoiris, parte 1

La luz de la Estrella de Enta lastimaba sus ojos a esa hora de la mañana. Los campos y las Cuspias que mordisqueaban el tiempo despejaban su mente y, a lo lejos, el mar lo inspiraba. Bajo el ruido de las olas había creado sus inventos y sobre las lomas los había puesto a todos. Esos seres de cristal, que había visto por primera vez en sueños, eran su causa última.

Empezó cuando Ataemo tenía diez años. Se había ido a acostar temprano después de escuchar los cuentos que se solían contar. Cuentos sobre antiguas batallas y sobre Taenirie y la creación de la muerte. En su habitación cubierta de anhelos infantiles le gustaba jugar con piedras a que eran personas. Pasaba horas moviéndolas sobre cajas de olivos, trayendo del pasado con la sátira y la verdad que solo pueden darle un niño, las historias de tiempos que él no vivió. Cuando se acostó se sintió protegido de las tinieblas, y en paz se durmió.

Su sueño empezó tarde y apareció como detrás de indiscretas dilataciones en una niebla fría. De pronto se vio bajo un cielo azul teñido por un pronto amanecer que dejaba ver apenas las estrellas más altas. Vio que se encontraba en un claro rodeado por un bosque de árboles informes, solo unos pocos cubiertos de hojas desabridas color verde flojo. Pero a lo lejos, asomando sobre las copas ásperas, se veían las torres más altas de un negro castillo que silbaba decadencias con el aire que golpeaba sus astas. Obnubilado, caminó hacia el castillo de negras torres y mientras avanzaba por ese bosque sentía que en lo profundo empezaban a caer las sombras Notó que, de algún modo, el amanecer solo ocurría en el claro. Caminó durante un rato que no pudo definir ni con segundos ni con horas o milenios, hasta que llegó al borde del bosque. Los árboles se cortaban de forma drástica y daban lugar a un yermo otoñal sobre el que se deslizaba un sendero empolvado y, lejos en el sendero sobre una colina, se veía el imponente castillo de madera carcomida por quién sabe qué criaturas del mundo de los sueños. Caminó hasta llegar cerca del castillo y vió que al lado del camino, lejos ya del límite del bosque, había un último y solitario árbol que conservaba sus hojas en constante lucha con el otoño. Entonces siguió su camino, pero desde que se cruzara con el árbol, un sonido agudo y desesperante había empezado susurrar en sus oídos. Ataemo siguió caminando hacia la puerta principal del castillo y mientras más cerca estaba, el sonido se hacía más intenso. El sonido empezaba a aturdirlo, pero como impulsado por una decisión que reconocía como superior a su propia existencia, seguía avanzando. Hasta que finalmente llegó a la gran puerta de madera corroída, entonces el sonido se hizo insoportable, y un instante antes de que su mano tocara la puerta, el sonido lo obligó a retroceder. Fué un impulso sobrenatural y ominoso que le ordenó darse la vuelta y correr, pues la forma que había tomado aquel ruido le decía que su presencia no era permitida en ese lugar de sueños. Corrió entonces hasta que llegó de nuevo al árbol solitario. Sintió que el ruido se iba extinguiendo mientras se alejaba de aquel castillo que lo había rechazado, y cuando finalmente el ruido se extinguió fue cuando vió a la extraña criatura. Aquel ser no era humano pero tenía la forma de uno. Tenía brazos y piernas y una cabeza sobre un torso, pero su cuerpo resplandecía como un sagrado cristal. Todo su cuerpo estaba compuesto por ese material maravilloso. Era como una roca transparente que resplandecía con brillos oníricos, rompiendo los colores de la luz de la Estrella, que ahora brillaba baja en el cielo del mundo de los sueños. Ataemo contempló a aquella criatura maravillado como solo pudieron estarlo las más antiguas de las voluntades del mundo cuando contemplaban la creación y el entendimiento de un nuevo concepto. Entonces la criatura lo vió a él y se incorporó. La criatura empezó a caminar hacia él y, mientras avanzaba, Ataemo notó que otro sonido inundaba su mente, pero este sonido no era de desesperación, era de calma y armonizaba con el brillo que la criatura emitía. El suceso se acomodó en la mente de Ataemo como una certidumbre, hasta que, cuando la criatura estiró su brazo para hacer contacto, Ataemo fue devuelto al mundo de los vivos.

Cuando despertó era temprano y la estrella brillaba aún partida por el horizonte. Ataemo no se movió de su cama al despertar, se quedó explorando en sus recuerdos más inmediatos, recordando el sueño y recordando el recuerdo. Esa fué la primera vez que soñó con las criaturas de cristal, pero no fue la última. Las criaturas empezaron a visitarlo en sueños, fueron cientas las veces que, mientras recorría los caminos que cruzan los profundos paisajes oníricos, aquel ruido que auguraba la alegría del color de la Estrella empezaba a sonar en su mente, entonces sabía que las criaturas estaban ahí. Algunas veces solo era una, otras, eran un grupo que actuaba en comunidad.

Ataemo desarrolló una obsesión con las criaturas de cristal. Si no las veía sus sueños se levantaba de mal humor y durante el día solo pensaba en volver a soñar, pero cuando las soñaba se levantaba feliz y durante el día solo pensaba en volver a soñar para encontrarlas otra vez. Hasta que un día, los soñó por última vez. Tan abruptamente como habian aparecido en sueños, las criaturas lo abandonaron. Aquello lo entristeció sobremanera. Todo el día las pensaba con pena en sus recuerdos y se dormía con la esperanza de volverlas a ver, pero eso no ocurría ya, entonces empezó a pensar que, si no las veía en el mundo de los sueños, las vería en el suyo.

Ataemo amaba las historias del viejo mundo, veía con maravilla el concepto de creación y sentía placer cuando las voluntades del mundo llamaban a las gentes del pueblo de Nimie para presentarles una nueva creación, entonces, cuando tuvo que escoger una profesión, decidió que su labor sería la invención ya que había un anhelo que deseaba traer al mundo de los vivos. 

Ataemo trabajó entonces en la forma que tenían las sustancias que conformaban el mundo, siempre tratando de encontrar aquél material que había visto tantas veces en sus sueños. Trabajó con rocas y con fluidos, sometiendolos al calor o a altas presiones, hasta que después de muchos intentos logró crear el cristal sometiendo la roca pulverizada al calor y la presión de los volcanes. Creó entonces grandes cantidades de cristal y lo llevó a la cima de una colina que había descubierto mientras reflexionaba sobre la composición de las sales, no muy lejos de las fronteras del Pueblo de Nimie. Ahí empezó a moldear a la criatura basándose en los recuerdos de sus recuerdos y cuando terminó la primera y vió como la luz de la Estrella de Enta se partía como en sus sueños, lloró. Entonces la colocó sentada sobre la colina, mientras su mente moldeaba el sonido del mar para asemejarlo al sonido de luz y armonía que escuchara tantas veces en el mundo de los sueños. Así, poco a poco la colina empezó a llenarse de las criaturas de cristal, cubriéndolo todo excepto un pequeño espacio en el que Ataemo había plantado un árbol.

La gente del pueblo vio con curiosidad como esa colina empezaba a brillar cuando salía la Estrella y, cuando vieron la obra de Ataemo, se maravillaron, y empezaron a llamarlo Ataemo el constructor o Ataemo el de la colina brillante. Pero poco tiempo habría para maravillarse, pues protegido por la nada más profunda, Kampo visitaba el gran salón de Ualpa. Después de edades incontables, Kampo se reunía con Persona, su más grandiosa creación. 

Publicado la semana 6. 03/02/2020
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En cualquier momento , luz, sueños, Cristal, pueblo, estrella, Enta
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