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Alejo Mayurí

Sobre la Muerte de Taenirie

El mundo yacía a los pies de las criaturas que podían explorarlo. En las costas, cerca de los puertos y el faro que coronaba el triunfo, el Pueblo de Nimie desarrollaba costumbres sobre las que sostenían su transitar por la vida. Durante la mañana trabajaban en los cultivos o en la composición del pueblo hasta que el cuerpo no les permitía el máximo esfuerzo, entonces descansaban sobre los verdes campos en lo alto de las colinas desde donde podían ver el mar y a lo lejos, aun más lejos que el horizonte, los recuerdos de la gran lucha que los gestó como civilización. Algunas gentes se dedicaban a sembrar para luego comer, otras componían y recomponían las estructuras del pueblo que poco a poco se convertía en ciudad. Los compositores reajustaban los edificios y las plazas, discutiendo sobre tonalidades y tempos, haciendo y deshaciendo hasta que el resultado concordara con las visiones en su mente. Visiones que, en parte, eran producto de la voluntad de Nimie, quien gustaba de plazas en Re menor y comunas en la escala de Sol sostenido. En las tardes los más ocupados eran los escribas, quienes caminaban por todo el pueblo haciendo preguntas a las personas solo para encontrar material con el que crear historias. Algunos narraban con verdad los días de la gente, otros adornaban las historias con fantasías o con el criterio de su propio imaginario. Estos eran los favoritos de Taémuna y Kimenta, pues Taémuna había visto que muchas de estas historias tenían relación con los sueños en los que inducía su Orimáculo, y Kimenta había inventado la leyenda mezclando los entendimientos de Namenta con la mentira de Kampo. Así trabajaban las gentes hasta que, llegada la noche y ausente la Estrella, se dejaban caer en sueños por los escurridizos Orimáculos y esperaban en la no vigilia la salida de la Estrella de Enta, anunciada por los cantos de las aves y los mamarrachos y las Cuspias sobre los grandes campos de color ternura.

El tiempo desgastaba los cuerpos, pero la gente del Pueblo de Nimie seguia viviendo. Era común que en las grandes casas vivieran familias de decenas de miembros. Los padres conocían a su más lejana descendencia y las grandes familias se reconocían por sus obras entre la gente. La casa de Taena era famosa por sus estudios sobre la magia y la comedia; en aquél entonces la casa tomaba el nombre del miembro más célebre y no cambiaría de nombre hasta que algún descendiente alcanzará una gloria mayor. Arcaedio Moetaena (que significa: Arcaedio de la casa de Taena) había fundado el circo de los misterios y su hijo Pifaenio Moetaena había fundado la academia circense y había escrito libros sobre la composición de la magia.

La bisabuela de Arcaedio se llamaba Taenirie. Era de la cuarta generación de las gentes del Pueblo de Nimie y ya vivía cuando el pueblo, con ayuda de las voluntades del mundo, desafió y expulsó a Persona del mundo de los vivos, su tatarabuela Taena había luchado por su pueblo y las glorias de la batalla le permitieron ceder su nombre a la casa de su descendencia. Taenirie era vieja. Las gentes decían que era ella quien cantaba para la Cuspia porque su canto matutino brillaba incluso antes que la Estrella. Cuando era joven había escrito un tratado sobre la formación de los climas que la propia Kylla, la tejedora,  había alabado. Vió el auge económico de la casa de Taena cuando su abuela Olimara le ganó en un juego con piedritas el derecho de construir una plaza al más joven de los hijos de la casa de Kinardo. Taenirie se dedicó a gestionar los logros económicos de su casa y sus decretos fueron fundamentales para que, muchos años después, se fundara el circo de los misterios. Tiempo después retomó sus estudios en la academia de Pifanio. Volvió a sus investigaciones sobre los cielos, pero una cuestión la interrumpía cuando estaba cerca de alcanzar una profunda concentración en la materia. Esa cuestión le subía por la espalda y le abrazaba el pensamiento. Lo teñía de colores pastel y le daba aroma de olivo. La idea empezó con una verdad sencilla. Había vivido por mucho tiempo. A lo largo del mundo había visto la obra de las voluntades, había contemplado la caída y el auge de su pueblo y había visto florecer el conocimiento, y entre todas esas virtudes había contemplado siempre las variaciones de la existencia. Ahora, inspirada por la costumbre y la vejez, pensaba en como  dejar de contemplarla. Una mañana, mientras empezaba sus estudios en la academia, decidió darle entrada a la cuestión. Entonces pensó, pensó en cómo la realidad era entendida por la gente, y pensó en el fuego. No en el porqué de su existencia, sino en cómo podía la gente saber que ese fuego existía. El fuego, pensaba ella, tiene que ser visto, tiene que tener la forma del fuego, tiene que tener los colores del fuego, tiene que comportarse como el fuego y tiene que producir el calor del fuego; es decir, si no se comporta como el fuego, no será fuego. Concluyó entonces que el fuego era un modelo y que todos los fuegos eran fuego porque se ajustaban al modelo, pero ¿quien definió este modelo? fue la gente, pensó ella. Pensó en que mientras más se supiera sobre la naturaleza del fenómeno, más sofisticado podría ser el modelo, y ensimismada susurraba: si no nace como el fuego, no es fuego; si no quema como el fuego, no es fuego; si no tiene la forma del fuego, no es fuego. Así pasó varios días, pensando mucho y comiendo poco, hasta que sus reflexiones la llevaron a preguntarse cómo la información que se compara con el modelo llega a la persona. Su conclusión fue que el objeto genera estímulos que la gente puede sentir. Escribió sus reflexiones en el margen de un libro y bajo estas escribió: ¿pueden haber estímulos que la gente no pueda sentir? Si es así ¿que tan real es la realidad? Pero ella no le tocaría dar respuesta a estas preguntas. El mundo entero se veía ahora distinto para ella. Mientras caminaba por el campo pensaba en las plantas, en los vientos y en los reflejos del mar. El verde de la mañana le refrescaba el pensamiento mientras veía andar a las Cuspias bajo las colinas. Pensaba en todo lo que sus sentidos estaban recibiendo en ese momento. La luz de la estrella, el viento frío que bajaba de las altas montañas heladas, el tacto del pasto bajo sus pies desnudos, el sonido de las Cuspias al morder el tiempo. Pensaba en qué clase de receptor de información era el cuerpo y en cómo la información llegaba al él. Entonces pensó en dejar de sentir. Cómo sería el que la información dejará de llegar a la persona. Supuso entonces que esa era la respuesta a la cuestión principal. Si dejaba de recibir estos estímulos, dejaria de contemplar la existencia. 

La búsqueda de respuestas la había aislado de sus otros trabajos, había adelgazado porque apenas comía y, vieja como era, parecía una delgada y larga pasa andante. Sus hijos la veían ensimismarse cada vez más, pasaba horas tratando de aislar sus sentidos llegando incluso al punto de la absoluta inmovilidad. Repartía sus días entre grandes periodos de contemplación y vagos intentos por suprimir las sensaciones, y cuando no lo lograba dedicaba unos minutos al calor del fuego de una hoguera y se ponía a pensar de nuevo. Taenirie les decía con frecuencia a sus hijos que estaba cerca de hacer un gran descubrimiento, pero el continuo fracaso en las cuestiones experimentales acongojaba su vieja motivación, desesperándola entre las paredes de su estudio, la reflexión de sus ideas y una fría rebanada de pan. Su hijo menor, Taenardo, había leído los apuntes de su madre y había reconocido la profundidad de sus conclusiones y al ver que el fracaso de sus experimentos la sumía en la desesperación le aconsejó acercarse a las voluntades para pedir consejo. Taenirie aceptó la idea y fue en busca de Nimie, quien no entendió sus ideas y las consideró una desnaturalización terrorífica, pero Taémuna y Kimenta, quienes tenían un imaginario más siniestro que el de Nimie, vieron en las ideas de Taenirie una reflexión profunda sobre la máxima obra de los hijos de Aponea y Ualpa. Entonces decidieron escuchar sus propuestas y peticiones. Taenirie les explico la importancia de los estímulos y como el privarse de ellos le permitiría aislarse de la existencia. Taémuna y Kimenta entendieron la petición, pero no poseían un mecanismo para lograr el cometido. Taémuna empezó a desarrollar un mecanismo que permitiera conseguir lo que Taenirie pedía, pero pronto se dió cuenta de la increible dificultad que eso conllevaba. Taémuna pidió ayuda a Kimenta, quien pidio ayuda a Kylla. Ninguna pudo hacer más que torcer conceptos y calibrar congruencias. Aquel invento estaba más allá de sus capacidades. La cuestión viajó por los lugares recónditos del mundo, traspasando campos, pensamientos e incluso la luz de la Estrella, hasta que finalmente llegó a la propia Enta, la más hábil de las voluntades del mundo y la creadora de la Estrella. Enta trabajó largo tiempo en encontrar una solución. Mezcló y torció la mentira y la verdad, moldeó el cariño y lo fundió con el silenció, fragmentó la dicha que había creado Nímie antes de la salvación de la gente para combinarla con la desesperación que sentía después de tantos intentos fallidos. La respuesta era esquiva incluso para la creadora de la Estrella. Pero, tras varios intentos, Enta parecía haber llegado a algo. Había fusionado el silencio con la oscuridad, había fundido el recuerdo con la ceguera y había desnaturalizado los sentimientos al mezclarlos con el espacio y el instante, haciéndolo invariante. Sobre esos resultados continuó trabajando hasta que, después de reformular conceptos y hacer pruebas con osciladores armónicos, Enta había logrado inventar la muerte. Pero había una sutileza, los efectos de su invento eran irreversibles. Fué entonces a presentar su logro frente a las voluntades del mundo, quienes tuvieron miedo de lo que presenciaron. Incluso algunas lo consideráron abominable, pero otras predijeron que en ese logro se encontraba el destino último de las gentes. Fue entonces cuando llamaron a Taenirie, quien era ahora tan vieja que debían protegerla de los vientos fuertes para que no se la llevaran volando, para que se sometiera a sus propios designios, pero le advirtieron que, si se sometía al invento de Enta, no habría vuelta atrás. Taenirie lo aceptó, pero pidió que la prueba se realizara dentro de algunos días, pues había dedicado los últimos años a organizar sus estudiós y cavilaciones y quería terminar su trabajo. Ese trabajo era el Tratado sobre la Realidad, un libro que se convertiría en un pilar fundamental del entendimiento de la naturaleza. Taenirie le encargó a su hijo Taenardo terminarlo, pues quería que todo el experimento final estuviese bien documentado y ella, al ser la sometida, no podría escribirlo. Entonces juntos fueron ante Enta, quien reunió a todas las voluntades del mundo para que presenciaran su obra final y Taenirie se sometió a la obra de Enta. Taenirie sentía el viento, veía la luz de la estrella y era consciente de la poca pesadez de su cuerpo, podía escuchar los murmullos de los espectadores y respirar el aroma del campo, pero entonces ya no sintió más. De forma abrupta sus ojos ya no vieron, su cuerpo ya no sintió el roce del viento, su olfato ya no percibió el penetrante campo de olivos. La realidad que la había acogido tanto tiempo se extinguía y, por un instante antes del fin, Taenirie fue consciente de que esa realidad era mejor llamarla ilusión, pues, siendo estricta al propio concepto, nunca había existido. Entonces su cuerpo cayó al suelo y ahí se quedó. Taenirie se había convertido en la primera persona en morir por mano de ningún vivo.

Las voluntades del mundo contemplaron el cuerpo inerte, un cuerpo que ni siquiera podía sentirse a sí mismo y se aterraron y maravillaron de lo que veían. Por su lado, discutieron sobre el resultado, aclamaron el nuevo logro de Enta pero temían el poder del invento. Pero por el lado de la gente, el cuerpo de Taenirie fué llevado y contemplado. Lo vieron tan tranquilo y sereno y los más ancianos la envidiaron, pues la larga vida y el perpetuo envejecer acongojaba su memoria y su piel escarpada, y los había postrado en camas y sillas incómodas. El Pueblo de Nimie acudió a Enta para pedir el libre uso de la muerte en el momento que lo desearan, pero las voluntades tenían miedo. Enta y las voluntades que la acompañaban hablaron en favor de los deseos de la gente, y no fue hasta que Kylla, Namenta y Taémuna hablaron en conjunto sobre las virtudes de permitir a la gente morir, que el resto de voluntades aceptaron la liberación de la muerte. Entonces la gente del Pueblo de Nimie celebró a Taenirie, pues gracias a ella, Enta había encontrado el fin a la perpetua vejez. Se dieron tres fiestas y esas celebraciones serían el primero de todos los funerales. Se decidió entonces que la muerte tras la vejez sería recibida con una fiesta, una tradición sobre la que se construirían tradiciones, y desde ese día la casa de Taena pasaría a llamarse la casa de Taenirie, la primera en morir.

Publicado la semana 4. 25/01/2020
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Miles Davis, Shore , En cualquier momento , muerte, estrella, Nimie
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