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Agonista

Las Golondrinas

Quería salir corriendo, tenía la sensación de que mi vida dependía de ello; mi camiseta estaba empapada y mi respiración competiría con las alas de un colibrí, sin embargo, no importaba cuánto luchara por moverme, mi cuerpo no reaccionaba. Ahora, en la oscuridad de la habitación, mis sueños habrían de desvanecerse.

He de suponer que esta es la sensación de quedarse petrificado por el miedo. Mi corazón huía, aunque no hubiese forma de hacerlo ni, esperaba, algo a lo que huirle. Me pregunto, ¿cuánto tiempo llevo así?, ¿unos minutos?, ¿quizás una hora?, ¿toda la noche?, ¿toda mi existencia? Quizás estoy exagerando. Pero debería estar viendo mis terrores crecer con libertad en la penumbra de la habitación, en aquellas esquinas donde la tenue luz que entraba por la ventana no alcanzaba a espantar mis temores. Esperaría que se formasen lentamente con el único objetivo de acabar conmigo. Moldearse a partir de mis miedos, como yo lo he hecho con las ideas que se me han presentado durante toda mi vida. En su lugar, me golpeó todo súbitamente y ahora nada ocurre y nada hago, esta quietud se me hace insoportable. Sólo estoy yo acompañado por mis pensamientos; una algarabía insana.

Pero, entre ese Pollock hecho discurso, podía sentir una influencia sutil que crecía casi desapercibida entre el bullicio que habitaba el silencio, apagando el ruido a medida que se hacía más clara. Era como escuchar las más placenteras melodías, armónicas sonatas y embelesadoras sinfonías; interpretadas en algún lugar de mis pensamientos sublimando un momento congelado en el tiempo, casi me hacían sentir en el cielo.

Finalmente, abrí los ojos para darme cuenta de mi ensoñación, pero aún no podía moverme. Aunque sí podía ver el papel tapiz desde la prisión de mi cuerpo; una miríada de golondrinas de tono gris azulado, medio conectadas por sus alas sobre un fondo blanco apagado, distinguible apenas por la luz de la ventana abierta desde la que entraba una suave brisa. Todo lo demás seguía igual que en el sueño y, mientras, sólo podía ver la quietud.

Después de lo que pareció una eternidad, me di cuenta de que las golondrinas bailaban con la brisa. Llegué a pensar que todavía estaba soñando dentro de otro sueño, pero ellas se movían, estaba seguro. Primero de manera irregular, luego un poco más armónico y calmante, hasta que se convirtió en una danza hipnotizante. Me recordaba al dieciocho de Shakespeare, un viento que marca el ritmo y una belleza que ha de durar una eternidad al ser escrita. Lo espástico de las ideas me hace sentir como el cerdito de la casa de paja de aquel cuento; sucumbiendo ante la aleatoriedad creativa del autor. Yo no tenía ningún control y en el hospital dijeron síndrome de enclaustramiento; ¿sin trauma físico? Quizá me caí dentro de un sueño, pero, en realidad, esto es culpa del autor y no puedo decirle a nadie que me ha olvidado. Son demasiadas noches ya, no tiene más ideas. Está bloqueado o me perdí entre sus cuadernos, entre todas las hojas llenas con las ideas apenas rescatables del caos de la mente de un venático. Soy un ángel atrapado dentro de un bloque de mármol, pero mi Miguel Ángel me tiene abandonado en esta habitación viendo el tapiz día y noche; no importa que tenga los párpados cerrados, tengo los ojos abiertos y las golondrinas vuelan, las siento.

Me cansé de intentar llevar un seguimiento de los días, me entretengo pensando en la posibilidad de volver a moverme. Por eso es motivo de mi obsesión últimamente aquella golondrina que falta, creo que ha escapado; un hito aún más esperanzador que el vuelo. Pero por ahora sólo me queda eso y esta habitación inundada con una sensación familiarmente extraña de incertidumbre que deambula por el aire, acompañada por un olor a tinta y desolación, decorada con colores inacabados, ornamentada por líneas agregadas y tachadas en el último minuto; me acompaña el danzar de la brisa, la lluvia de pensamientos y la sinfonía de ideas; mientras, ignoro aquel goteo, pues sólo me hace cuestionar si esto que vivo es la tortuosa cordura de saberse existente o la dulce locura de una pobre alma.

Sin embargo, cuanto más pienso en mi situación y mientras repaso lo ocurrido, sólo recuerdo las mismas palabras una y otra vez, en el mismo orden en cada ocasión, ni una palabra más ni una palabra menos. Me pregunto si sólo puedo ser un personaje en una historia que ha sido ya escrita y que confundió el cielo con el infierno. En realidad, sólo creo estar seguro de que nunca he pensado por mi cuenta.

Publicado la semana 50. 13/12/2020
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