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Agonista

10 de marzo, 2019

10/3/19

Querid- amig-,

La última carta no fue suficiente. Una carta nunca lo será; una palabra o frase, no existe tal cosa. Vivo obsesionada por tal cosa; la posibilidad que pueda decir o escribir las palabras correctas cuando lo necesito. Me he cansado de cometer tantos errores. Quizás esté condenado a decir lo que no debo, lo que no siento, o peor aún, quizás este condenado a decir lo que pienso.

Mi búsqueda ha sido infructuosa por un motivo importante y no estoy seguro de haberlo encontrado. Encerrado en mi cuarto el aburrimiento no me permite respirar con calma. Por lo que he oído es común crear realidades alternativas en momentos como este. Intento crear mundos en mi tiempo libre, me temo que en ocasiones algunos de esos mundos se escurren por las rendijas de mi mente y se me confunden con la realidad.

En estas creaciones, incluso cuando sólo soy un observador o un pasivo en los sucesos, incluso en esos momentos, soy yo el que controla lo que ocurre.

No estoy seguro de cuál es mi relación con el control, no creo haber tenido mucho control sobre mi propia vida, las minucias escondían la mayor parte de la historia. A veces me temo que soy el hijo de mis padres.

¿Es acaso una locura buscar recobrar control sobre algo que dado a cada uno, sin nosotros haberlo pedido, se supone es nuestro? Mis preguntas no tienen sentido, mis pensamientos están inconclusos y mis ideas prófugas. 

Estoy desesperado. Me irritan las voces, las luces, incluso la ropa sofoca. Siento un impulso por arrancarme el cabello a tirones y reventar mi cara contra el vidrio de la mesa y, sin embargo, siento una especie de calma que no alcanzo a comprender. Esta emocionalidad se desenvuelve en mi mano como un pensamiento distante. 

He de confesar que me preocupa este diálogo que mantengo. En ocasiones me han tachado de dejarme llevar por lo negativo, un pesimista ahogándose en su propia creación. En otras me han alejado por miedo a ser otra herida en mi porcelana; una fragilidad con una bomba que estallaría en cualquier momento. En otras un río sobrecogedor que es mejor evitar; un sinfín de cosas para desahogar el alma. No sé si aquellos me comprendían mejor que yo mismo o si no me comprendieron para nada. Quizás ellos comprendieron la cara que les di a conocer. La honestidad me corta el arma de doble filo.

No me pretendo una figura incomprendida, más bien soy alguien que se resiste a ser comprendido. Mis motivos me eluden en parte y en parte los oculto porque no estoy seguro de querer abrir esa puerta en estos momentos.

¿Hay honestidad en mostrar figmentos del alma y ocultarlos en banalidades por arrepentimiento, temor u otros motivos?

Me despido, me retiro otra vez al olvido de mí mismo.

 

Tu humilde sirviente,

 

Publicado la semana 45. 12/11/2020
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