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Victoriano Pedernera

Humanos

Corre corre corre corre corre. Se detiene jadeando, abre la boca buscando aire.

Mira hacia atrás el desierto árido, desolado. Mira hacia adelante, la pradera verde, fresca.Siente una vibración a sus píes, sabe que es momento de volver a correr.

Corre corre corre corre, corre. Se detiene nuevamente, los brazos en Jarre,la boca abierta, traga aire. Observa. Descubre que ésta en la cima de la montaña. Gira, atrás quedó el desierto, más árido, más desolado que antes. La pradera menos verde, menos fresca.                                      La nieve, bajo sus píes, comienza a derretirse, sabe que es momento de volver a correr.

Corre corre corre, corre, corre. Se detiene. Está sobre la copa de un árbol milenario. Oye el crepitar de las hojas, de las ramas secas, bajo las garras, las pezuñas, las patas de los animales. Sabe que hay bosque, que hay selva. Pero sólo ve el árbol. El viento trae un rumor fresco. El árbol se balancea suavemente. Se larga a una carrera alocada.

Corre corre, corre, corre, corre. Se detiene, sus píes desnudos, en el barro, que brota entre sus dedos. Avanza lentamente, el agua cubre sus píes, sus piernas, su torso. Se sumerge. Mueve sus brazos, sus piernas. Siente como el agua pasa entre sus dedos, como se desliza por su cuerpo. Explora el fondo de los ríos, de los lagos, de los océanos. Se deleita con la belleza de los corales. Ve pasar a su lado medusas, hipocampos. Los delfines danzan, a su alrededor. Se sobresalta. A su lado pasa una enorme ballena, se dirige, velozmente, hacia la superficie. Realiza un salto fuera del agua, que dura unos instantes eternos, en los que se le dibuja una sonrisa, en su enorme boca, mientras su peso milenario golpea contra la superficie, que estalla en millones de prismas multicolores. Descubre que bajo las aguas hay un paraíso infinito.

Nada nada nada nada nada. Llega a la costa. Camina por la arena húmeda. Una suave brisa lo acompaña. El aire huele a pinos. El sol se esconde lentamente, en los bosques. Las aves buscan refugio en ellos. Las observa. Comienza a mover sus brazos. Lentamente va alejándose de la tierra. Sabe que puede volar.

Vuela,vuela, vuela vuela vuela. Planea suavemente. Observa las ciudades, las gentes. Sube un poco más, mira las estrellas. El fulgor de la luna lo atrae. Vuela hasta ella. Allá abajo, a miles de kilómetros, su hogar, su gente. El universo infinito, misterioso, inexplorado, le despierta sentimientos de búsqueda, de desolación. Emprende el regreso, en vuelo triunfal. Mientras vuela ve la tierra, una enorme esfera de Babel, que él a logrado descifrar todo lo que en ella se habla.

La noche se ilumina con destellos que huelen a pólvora. Sobrevuela las ciudades que erigió  Se vanagloria de su progreso, de su evolución, de sus religiones. Iglesias, catedrales, mezquitas, sinagogas, templos, altares. Abarrotados de gentes. Y sin embargo tan vacíos.         

Él a dejado de lado sus dioses. Se ha olvidado de su deber primigenio en la tierra. Sólo piensa que tan alto puede volar, para conquistar el universo. Mientras vuela en busca de mundos desconocidos, el suyo sufre un profuso deterioro.  Ahora sólo ve el bosque y no el árbol que le da los frutos para sobrevivir.

Creé poder dominar todo sobre la tierra. Pero no puede dominar sus ansías de conquista.

Quizás esa búsqueda por lo desconocido, es una forma de buscarse a si mismo. 

El precio que está pagando es tan alto como a los lugares que quiere llegar.

Publicado la semana 16. 19/04/2019
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