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Victoriano Pedernera

La ira del silencio

Sus manos ensangrentadas, una aferrandose a mí ropa. La otra intentando detener los borbotones escarlata, que salían de su cuello.

Lentamente fue flexionando sus piernas hasta quedar de rodillas frente a mi.

Hace unos instantes comencé a salir del infierno. Ése infierno en el que he vivido los últimos cinco años.

A medida que avanza el bisturí, su acero se tiñe de rojo, de bordó, de azul. Iba cortando sus yugulares, su garganta.

Yo comenzaba a liberar mi alma.

Este calvario comenzó cuando yo tenía ocho años.

Estábamos solos en casa. Mis padres se habían ido de compras, con mi hermana, al super. Yo no quise ir, me aburría estar tres o cuatro horas dando vueltas.

Mi tío me llevó con él a la habitación de mis padres, para mirar tele, desde la cama.

Me dijo que me enseñaría un juego, que juegan mis padres.

Me hizo jurar que no le diría a nadie, que era nuestro secreto. Que si rompia el secreto, mis padres morirían y también mi hermana. Yo quedaria solo, y él tendria que llevarme a un lugar, donde encierran a los chicos que se quedan sin padres. Pero él no quería hacer eso, porque me amaba tanto como yo a mi hermana.

Ése cínico, malvado, monstruo, que tanto dolor me causo, dice que mañana será el último día que juegue conmigo. Ahora tenía que enseñarle el juego a mi hermana. No emiti palabra, sólo asenti con la cabeza.

Me fui al baño,no podía gritar, ni hablar, ni sollozar.

Todo era lágrimas y silencio.

Silencio... Silencio... Silencio...

No sé porqué me vino a la mente que mí madre estudio enfermería. Mire el pequeño placard, lo abri. Me puse a buscar algo. Encontré un neceser, miré en su interior y pude ver, entre las cosas que contenía, un bisturí. Lo tome y me pare frente al espejo. Vi mis lágrimas y el brillo del acero, inmaculado, perfecto. Perfecto como su silencio. Ese silencio que arde en mi interior. Silencio que sólo yo escucho.

Fui a buscar a mí tío. Le dije: juguemos ahora, que mis padres vendrán tarde hoy. Accedió con una sonrisa perversa.

Se dirigía a mí habitación, lo detuve. Ahí no, mejor allá, señalando la alcoba de mis padres, que es donde jugamos por primera vez, le dije.

Ya frente a frente, en la habitación dije: desnudemosno.                                               Me saque la chaqueta. Él tomó su pullover por los lados y comenzó a subir sus brazos. Cuando tuvo el rostro tapado, agarre el bisturí, del bolsillo trasero de mi jean. Vi como viajaba su acero, cargado de justicia, hacia su cuello.

Cuando estuvo de rodillas frente a mi, deje caer, a quien me daba la libertad al piso.

Con mí mano manchada de sangre, lo tome de los cabellos y lo miré fijamente a los ojos. Pude ver en su mirada incrédula, una sombra cargada de un terror lacerante. Lleve el dedo índice, de mi otra mano, a mis labios, haciendo el gesto de silencio. Sin dejar de mirarlo a los ojos, le dije: recuerdas cuando me decias que los hombres nos aguantamos cualquier dolor, en silencio, aunque estuviéramos muriendo. 

Mis ojos continuaban firmes en su mirada. Proseguí hablando: oyes tío el silencio, lo oyes cómo yo...

Retrocedí un paso, me sente a los pies de la cama, mientras él caía hacia un lado. 

Sus manos aferradas firmemente a su cuello. Sus ojos no dejaban de mirarme.

No mueras aun, quiero que sepas que ya no podrás jugar más conmigo y mucho menos, enseñarle este juego a mi hermana. Mientras le hablaba, pude oir su último estertor.

Me quedé en silencio; escuchando el silencio.

Después de unos minutos comprendí que era lo que me desgarraba el corazón, me carcomia el alma, me quemaba las venas.

La oyen... Es la ira del silencio...

Publicado la semana 14. 05/04/2019
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