08
Valentina Cavalotti Velasco

Lote

Julia se acurruca a un costado en su asiento reclinado. Intenta dormir, pero no puede así que termina mirando por la ventana. Ve pasar casi en cámara lenta eternos kilómetros de llanura, pasto, algunos árboles, postes de luz y señales de ruta. De vez en cuando una vaca o una casa. Todos a su alrededor duermen, es la hora de la siesta. Pero ella nunca fue de dormir mucho, ni siquiera a la noche, mucho menos de día. Piensa que por eso debe ser que sueña tanto despierta. Está compensando lo que no alcanzó a soñar de noche. Su mente divaga libremente de fantasía en fantasía mientras de fondo a Leonardo DiCaprio casi lo matan una y otra vez en The Revenant y el resto de los pasajeros se empiezan a despertar con bostezos y estirando los brazos. Julia se da cuenta de que va a tener que cerrar los ojos si no quiere que su vecina de asiento, una señora de unos 50 años, entrerriana, le empiece a hablar otra vez del nieto que acaba de tener y está yendo a visitar. Cierra los ojos y se propone a sí misma dormir, o aunque sea fingirlo hasta que sea cierto. El hombre barbudo en el asiento atrás de ella saca su celular y entabla una acalorada discusión con la que parece ser su mujer o su madre (es poco claro). Julia aprovecha que su vecina se va al baño para sacar los auriculares y ponerse a escuchar música gastando así lo poco que le queda de batería en el celular. 26 mensajes sin responder. 13 llamadas perdidas. Su teléfono empieza a vibrar, pero ella lo ignora. Piensa en la palabra terrenal y en como los humanos somos seres terrenales, no por vivir en el planeta tierra, si no por cómo nos arraigamos a ella. Como elegimos nuestro lugar y echamos raíces. Aunque el lugar no sea nuestro si no un monoambiente alquilado en una torre de departamentos. Aunque esté flotando en el aire y no toque realmente el piso. Aunque sea el último lugar en el que quieras estar. Pero tus raíces están ahí y moverse parece imposible. Quizás no imposible. Quizás solo demasiado difícil para intentar. Quizás demasiado conocido para arriesgarse a algo que no promete nada más que ser distinto. Julia piensa en como cuando viajamos sentimos esa adrenalina, esos nervios, esa ansiedad. Cuando simplemente nos estamos trasladando de un espacio a otro. Sabemos que las fronteras son ficticias. Líneas que todos acordamos imaginar. Espacios que cerramos por nuestro miedo a lo inabarcable. Julia viaja a la tarde en un micro de larga distancia llevando sus raíces arrancadas con ella buscando un lugar nuevo para arraigar. Al final logra dormirse mientras el celular se apaga, con un ultimo mensaje iluminando la pantalla. Sueña con un lote de tierra en algún lugar.

Publicado la semana 8. 18/02/2019
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