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Valentina Cavalotti Velasco

24 de marzo

Moni no lo vivió. No estaba ahí cuando sucedió. A veces eso le da miedo. Le da miedo no poder sentir lo que ellos sintieron y no poder evitar que vuelva a suceder. Entonces se obliga a ver todas las fotos. A leer todas las notas, todas las historias. Se obliga a hacer propia su tristeza. Su miedo. Su angustia, su anhelo imposible. Por eso habla de eso cuando siente que hay que hablarlo, por más que las conversaciones sean difíciles. Por eso pega los carteles, dibuja los pañuelos y va a la marcha.
Moni le intenta explicar a su tío todo esto, mientras caminan juntos por una avenida llena de gente, sosteniendo la foto de alguien que no está. El tío no le da bola, le dice que mejor, que agradezca que no estuvo ahí. Moni eso ya lo sabe. Pero quiere entender. Así que le pide al tío que le cuente una vez más, y el le cuenta. Le cuenta de su hermano mayor. Le cuenta que casi no lo conocía. Le cuenta que tiene muy pocos recuerdos con el, pero muchísimos recuerdos sobre el. Sobre su ausencia. Sobre ese lugar en la mesa que los padres siempre dejaron. Sobre esa habitación congelada en el tiempo por años. Le cuenta sobre las visitas furtivas de la madre, con el a cuestas, recién salido del colegio, a las comisarías, rebotando eternamente de una a otra. Sobre el miedo paralizante del padre. La confusión de sus hermanos. Tu papá no se enteró de nada le dice. Cuando tuvo la edad suficiente para entender quién era ese fantasma que rondaba la casa, ya captaba que era tema prohibido. Pero después vinieron los juicios. Vino toda esa información, tan dolorosa pero tan necesaria. Supimos mucho más sobre el de lo que habíamos sabido nunca. Supimos quienes eran sus amigos. Supimos en que andaba, en que creía. Supimos quienes se lo llevaron. A dónde. Lo que le hicieron. Acá el tío de Moni tiene que parar, las palabras trabadas en la garganta. Moni lo abraza y siguen caminando en silencio. Tengo un recuerdo sobre el, dice el tío después de un rato. No se si es verdad, o es algo que me inventé. Me acuerdo de un domingo, del almuerzo familiar. Me acuerdo que yo me escondía abajo de la mesa para jugar con mis juguetes. Y me acuerdo que mis papás me decían que si no salía no iba a comer postre. Pero a mí no me importaba porque sabía que los domingos venía Juan y me traía un chocolate. Me lo pasaba por abajo de la mesa, las manos escondidas por el mantel, el que solo poníamos los domingos, cuando también sacábamos los platos caros, los que la abuela tenía miedo de que rompa. Y yo lo guardaba abajo de mí almohada en mí cuarto y me lo comía a la hora de la siesta. Me sentía como un rebelde. Mis viejos nunca supieron. Y ahora, bueno, ahora... Ahora no tiene sentido contarselos. Es una boludez, una cosa de chicos.
Pero a Moni la historia le fascina. Siente a ese tío lejano y borroso más nitido que nunca, mientras lleva su foto blanco y negro plastificada, pegada a una caña. Piensa que capaz el entendimiento se transmite por la sangre. Como si esta perdida fuera una herencia familiar. Piensa que quizás aunque nunca lo haya conocido, pueda hacer suya esa bandera, ese algo más que representa esa foto. Cuando en la clase del día siguiente la profesora de historia les pregunta sobre la marcha mientras escribe Nunca Más en el pizarrón, Moni levanta la mano primera y cuenta la que ahora también, es su historia.

Publicado la semana 65. 29/03/2020
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