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Valentina Cavalotti Velasco

2020

Emi entra a la cocina en patas y abre la heladera. Es un desastre. Mitad repleta y mitad saqueada, con cosas amontonadas en algunos estantes y otros deserticos. Saca una botella de agua practicamente vacía y putea para sus adentros a la persona q la guardó asi. Se la toma de un sorbo y la llena. Se acerca a la ventana y corre las cortinas. Un sol abrasador la deja ciega. Se restriega los ojos y mira la hora en su celular. Son las dos de la tarde. O sea que durmió 5 horas. Se sienta en el sillón y mira el living todavía adormilada. Pilas de platos y columnas de vasos, manteles a medio doblar, una escoba en una esquina con el respectivo montoncito de polvo y migas. Cuando Emi se fue a juntarse con sus amigues el lugar estaba lleno de cosas y gente, que cantaba y gritaba. Estaba vivo, a colores, y ahora parece vacio y triste. Año nuevo siempre le pega así. Con esa melancolía insoportable. Una nostalgia injustificada que le hace los pensamientos más pesados, más graves. Emi se levanta y empieza a ordenar almohadones, sabe que la va a poner un poco contenta a la mamá cuando se levante. La acción la tranquiliza, como toda repetición suele hacer, y se da el lujo de disfrutarla. El resultado le baja la ansiedad y decide que un entorno ordenado va a ser la norma de este año nuevo. Después se acuerda del kosovo de la mesada del living y se ríe un poco. El tiempo es relativo y toda esa mierda, piensa. Todo es relativo. La complejidad del concepto la abruma y se vuelve a la cama. En el camino se cruza a su hermano que la saluda casi sonambulo y le dice algo. Emi le contesta en susurros para no despertar a nadie. Feliz año nuevo.  

Publicado la semana 53. 10/01/2020
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