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Valentina Cavalotti Velasco

Árbol

Desde la mesa de mi living puedo ver el árbol que está en frente de mi edificio. En verano, cuando está lleno de hojas carnosas de un verde vibrante, que el viento hace bailar, el sonido que producen me engaña, y pienso que está lloviendo. Ilusa me asomo con la mano extendida, esperando sentir las frías gotas de agua que traerían un poco de calma a los húmedos y agobiantes días de calor. Como el cuento del pastorcito mentiroso, para cuando finalmente llegan las lluvias de verano ya no le creo a mis oídos y el agua y el frío me toman por sorpresa en la calle.
En cambio, en otoño se para escuálido, entre yo, y la terraza del edificio de enfrente. De vez en cuando una hoja, seca y dura, cae en espiral, y choca contra el piso de manera violenta. Si entrecierro los ojos y me enfoco en uno de los enormes huecos entre las ramas, el árbol desaparece. La terraza de mi vecino siempre está desolada. Será por el frío, pero no puedo saberlo porque en primavera el árbol es una cortina frondosa, lo único que puedo ver. Ahora en invierno cuando veo las ramas sacudirse violentamente, una vez más caigo en la trampa y me abrigo hasta los dientes esperando encontrarme con un viento gélido que me enseñe a volar. Pero el árbol de enfrente de mi balcón vive otra vida que yo con mi metro cincuenta. Allá arriba el viento es más inclemente y acá abajo, casi no lo conocemos.
Hoy en el ascensor cuando volvía me encontré un papel pegado en el espejo. Parece ser que ser árbol grande conlleva sus riesgos, porque los vecinos quieren talarlo. La razón? Sus raíces aparecen por las rejillas del baño, travesía inexplicable. El papel me pide que lo firme. Pero yo lo despego con cuidado y me lo guardo en el bolsillo de mi camperon, innecesariamente abrigado. Pienso que quizás fue por eso que el árbol me convenció de abrigarme hoy.

Publicado la semana 28. 13/07/2019
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