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Valentina Cavalotti Velasco

Dialogo interno

Me paro en un escenario. Bueno, en realidad, no es un escenario. Es un piso. El mismo piso en el que están parados les demás. Pero les demás son público, y entre elles y yo, hay un espacio, que respetuosamente dejaron, a propósito. Entones este piso ahora es escenario, y la silla de plástico negra, mi única escenografía. Bueno, en realidad, hay cuadros pegados en las paredes. Más que cuadros, son hojas con dibujos, o fotos. Se que probablemente les autores estén en mi público. ¿Podría encontrarles y señalarles con solo ver su obra? El pensamiento me entretiene y me distrae del monstruo de la ansiedad que está gruñendo en la base de mi estómago, amenazando con comérselo entero. Me llaman al escenario-no-escenario-piso-común-piso-escenario y yo dudo si sentarme en la silla. O mi cabeza duda porque mi cuerpo ya decidió por mi y la está arrastrado un poco más para allá. Como si fuera a moverme lo suficiente para chocarla, igual no importa, se siente bien, como algo que alguien haría en un escenario-no-escenario o hasta en un escenario-escenario. Al tocarla y moverla, estoy en control, yo decido que pasa acá. Miro al público. Bueno en realidad, intento mirarlo y miro al piso. Es de tablas de madera. Podría haber mencionado eso antes, cuando hablaba del escenario piso. No importa, sigamos. Mi cuerpo me traicionó una vez más e impaciente empezó a hablar o, más bien, recitar, aunque no es un poema, ¿se puede recitar también cuando no es un poema? Las palabras salen como ensayamos, mi boca y yo estamos sincronizadas, no despego los ojos del papel, ni la cabeza de las palabras. Somos ellas y yo, bailando un baile un poco descompaginado, a veces lento a veces rápido, pero nos entendemos y bailamos juntas. Y el cuento llega a su fin, y el publico aplaude y esta vez si lo miro, lo miro y quiero decir gracias, pero mi boca está cansada, y ya no me hace caso, además esto no lo ensayamos y al final solo mis labios me dan una mano, y sonríen fuerte muy fuerte y yo empiezo a leer otra vez y mi mano baila sola al lado mío, mi cuerpo estático no la incómoda, no le importa, ella lo ignora. Ella dibuja el camino del relato que mi voz marca, austeramente, camino de tierra, quizás algún día de asfalto. Y yo no tengo la fuerza para decirle que dibuja mal, tampoco es mi lugar, la dejo ser y por suerte este es mas corto y antes de que aplaudan paso al otro con una risa nerviosa, pero ahora el escenario es mío. Y no me muevo, pero lo habito, mi voz llena los espacios, cargada de mí, mi presencia, mis ansias por ser escuchada, mi grito de hola, existo. Mis palabras serán poco certeras y el público estará cansado, probablemente no me esté escuchando como yo querría, no esté entendiendo lo que yo sentía, pero yo ahora habito este espacio, lo ocupo con cada fibra de mi existencia y de mis textos, extensión un poco más desprolija de mí. No me van a poder sacar. Ni siquiera lo intenten. El escenario es mío.

Publicado la semana 26. 30/06/2019
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Relato
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