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Valentina Cavalotti Velasco

Maru y Cata

Maru y Cata se encuentran en un bar a las 9 de la noche un miércoles. Se saludan con un beso en el cachete. Se piden una pinta cada una y unas papas a caballo para compartir. Hablan del trabajo, de la familia y de los amigos como sorteando obstáculos para llegar a la meta final.  Cuando apenas pasó la primera hora Cata le dice que no puede dejar de pensar en ella. Y se larga a llorar. Maru se queda en blanco. Yo también, le dice. Y se van a dar unas vueltas. Las calles están vacías. No queda nada del sol de la tarde y del clima templado que vino con él. El viento sopla frio y ambas se abrigan con lo que tienen, dándose cuenta de que no va a ser suficiente. Cata habla y Maru la escucha en silencio. Un agujero negro crece lentamente en su interior, hasta que ya no lo puede ignorar. Para cuando se da cuenta, ya se la empezó a comer. No piensa en Cata todo el tiempo. De hecho, intenta no pensar en ella en absoluto. Porque odia llorar y no tiene tolerancia para la tristeza. Y la sola idea de pensar en Cata llorando es lo más parecido a tortura psicológica que se le ocurre, y ahora se están abrazando mientras ella llora y Maru piensa que se va a morir de la tristeza. Va a implosionar y donde estaba no va a quedar nada más que un montoncito de angustia en polvo. Pero no dice nada. Aprieta más fuerte sus brazos alrededor de ella buscando un confort que ya no está ahí. Esa sensación de hogar que una vez sintieron y dieron por sentado y ahora es reemplazada por la dureza de la distancia. Sus cuerpos ya no cuadran de la misma manera, ya no se complementan como la amalgama de puntas suaves que alguna vez fueron. Ahora, bien podrían ser los de robots, que chocan una y otra vez, sus corazas metálicas chirriando con cada contacto, en un fútil intento de consolarse. Cata lo siente y también aprieta su agarre. Y llora más fuerte. Y Maru se rompe un poquito más por dentro.

 Para cuando se despiden, las risas y la charla animada volvieron y ahora se saludan con otro beso en el cachete y un abrazo rápido, vacío. Se miran sin saber que decir. No se quieren ir ni se quieren quedar. No se quieren separar ni estar juntas. Cata empieza a comprender que no hay abrazo que pueda dar cuenta de las incontables veces que se quedaron hablando hasta entrada la noche, para dormirse en los brazos de la otra y despertarse sin estar seguras de que palabras se dijeron en un sueño, y cuales en la realidad. Y Maru guarda en otra cajita más, que suma al montoncito que tiene ordenadamente apoyado en la esquina más recóndita que pudo encontrar, la cortante noción de que, en ese beso en el cachete, nunca va a poder resumir la emoción de todas esas horas que pasaron descubriendo sus cuerpos, tocando con las yemas de los dedos prendidas fuego y las respiraciones agitadas y las miradas furtivas y los gemidos callados y las risas contenidas y reemplazadas por besos. Y tampoco los besos reprimidos y suplantados por miradas que decían todo y que ahora buscan y no encuentran, desencontradas, porque ya no comparten el mismo código y no hay actualizaciones disponibles.

Y ahora cuando se sostienen la mano como gesto de cariño, unos segundos, antes de soltar e irse sin mirar atrás, solo lo hacen porque darse otro abrazo es demasiado doloroso.

Publicado la semana 22. 28/05/2019
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