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Valentina Cavalotti Velasco

Goteando

Voy a dejarle flores a mi abuela. Las agarro de la calle de enfrente a la casa. Cruzo con una tijera en la mano y me apuro porque tengo miedo de que los perros que me ladran desde la ventana despierten a los dueños. Es domingo y las florerías están cerradas. O eso me dijo mi tía. Tampoco sabría cómo encontrar alguna. El ramo es chico, pero las flores son bellas, de rosa pálido. No sé si le gustarían. No importa mucho.
Sé cómo ir desde la entrada de memoria. En el medio del desierto, este lugar es un oasis. Pura exuberancia. Flores y verde a donde sea que mires. Llego. Pongo el ramo en su lugar. Calza perfecto. Me paro en frente.
 Y ahora no sé qué hacer.
No tengo ganas de llorar. (¿Eso es lo que uno hace cuando va a un cementerio no? )
Así que voy y me siento en uno de los bancos que hay en el borde, no muy lejos de la tumba.

 Mi mamá me dice que ella no está ahí. Le contesto que un poco sí, capaz. Lo suficiente para que yo esté ahí.
Estoy bien, pienso. Aunque esa sensación de adormecimiento que identifico como tristeza me paraliza el cuerpo. ¿Sentirán así los demás la tristeza? ¿Como un manto de tranquilidad que te duerme? Una sensación fría en el estómago. Y una falta absoluta de palabras. Quizás la sienten como una explosión de emoción. ¿Como una tormenta pasajera? Para mi es como una canilla un poco rota que a veces gotea agua fría. Me cae una gota en la cabeza y me hiela el cuerpo.

Estoy bien, pienso. Pero cuando me lo preguntan, me largo a llorar.

Publicado la semana 11. 11/03/2019
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