09
Sergio L. Cruz

Crush crash

La lluvia ya empezaba a arreciar, pero por suerte llegaron a tiempo de coger la última mesa del bar restaurante, uno de los pocos que merecen la pena en aquella zona desangelada, un laberinto de torres de oficinas a medio ocupar, locales tapiados por ladrillos y disuasorios pasos subterráneos. En semejante entorno, el Cauldron era lo más parecido a un refugio, con el plus de no ser una franquicia. Cuchareo y chimenea artificial; algo es algo. Allí estaban, sentados en mesa de cuatro, como era costumbre de lunes a jueves desde que la fiebre de los alquileres empujara a su consultora a trasladarse a un área menos céntrica.

–Bueno, dijimos que los jueves, cachopo, ¿no? –preguntó Gustavo, programador cincuentón, de la vieja escuela. Todos asintieron menos la chica que tenía enfrente–. ¿Adela?

–Sí, sí –respondió, sin levantar la vista de su iPhone con funda de gatitos.

–¿Tan importante es eso? –interpeló Teresa, diseñadora, madre de mellizos.

–Es que estoy a punto de desbloquear el nivel. Pero vamos, que yo me entero de todo lo que estáis hablando.

–No seáis tan duros con ella, que al menos le ha quitado el sonido al juego –intercedió Joseán, experto en Linux, de la misma edad que Adela y antiguo gamer.

Los minutos pasaron rápido, pues saltaban de un tema de conversación a otro sin transición alguna. Brexit, taxis, VAR. Nadie llevaba la voz cantante, aunque Adela se limitaba a aportar un breve contrapunto en forma de “claro”, “eso dicen”, o “ni idea”. El cachopo, poco celebrado por poco crujiente, supuso un hiato en la charla que Joseán reanudó en los postres, justo después de que Adela se volviera a aferrar a su móvil.

–Hay una cosa que quiero comentaros.

–No me digas que también tú te vas de la empresa –dijo Gustavo frunciendo el ceño.

–No, no es eso. Es que llevamos juntos más de cinco años en el departamento y la verdad, ya os considero más familia que a mi propia familia.

–Cierto, eso es así –dijo Teresa.

–Cierto –repitió Adela, con los ojos fijos en la pantalla.

–Y bueno, con algunos de vosotros tengo una relación más personal. Y por eso quería compartir con vosotros algo que por ahora había mantenido en secreto, ya sabéis cómo son las empresas con estas cosas. De hecho, es probable que hayáis notado últimamente algunas miradas, algunos gestos cómplices entre esta chica tan preciosa y yo –dijo con voz quebradiza y girando la cabeza hacia Adela–. El caso es que llevamos meses juntos y bueno, quiero que seáis los primeros en saberlo, que ya va siendo hora, sobre todo por un motivo: Adela, ¿quieres casarte conmigo?

Todas las cabezas, incluyendo las de la mesa contigua, se giraron hacia Adela, que sin soltar el móvil, dio un golpe con ambos puños en la mesa, cerró los ojos y exhaló una bocanada de aire.

–¡Joder, ya era hora! –gritó, aliviada.

–¿Te lo esperabas? –preguntó Joseán, exultante, mientras Teresa contenía una lágrima y Gustavo los miraba con expresión paternal.

–¡Qué va! –respondió, levantando por fin la vista hacia sus compañeros, sonrisa en boca y mofletes sonrosados.

–Qué sorpresa, Adela –logró articular Teresa, no sin un deje de envidia.

–Mi enhorabuena –se sumó Gustavo.

–La verdad es que ha sido genial –dijo Adela, con gran alivio–; llevaba meses, ¡meses!, intentando pasar el puñetero nivel 2000. Disculpad si he estado un poco distraída… Joseán, ¿qué te pasa en la cara? ¡A ver si va a ser un ictus…! Por cierto, os tenemos que comentar algo...

Publicado la semana 9. 25/02/2019
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
09
Ranking
0 144 4