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Sergio L. Cruz

El dedo en la tecla

Llevaba con el dedo posado en la tecla Intro como 6 minutos. Ya estaba todo listo. El código, un par de sencillos pero definitivos scripts en lenguaje Bash, se borraría a sí mismo al finalizar la ejecución, programada para iniciarse automáticamente el Miércoles Santo a las 23:59. Para cuando saltara la liebre, los empleados con conocimientos suficientes para intentar frenar el tsunami estarían de vacaciones. Vanessa lo sabía con certeza, son las ventajas de realizar un ataque desde dentro. Acceso como administrador a los servidores, una valiosa colección de usuarios y contraseñas de compañeros y empleados recopilada durante años, y un profundo conocimiento de los vectores de ataque del sistema, un sistema paranoico y sobreprotegido pero que nada podría hacer ante una herida interna. Estaba tranquila, jamás podrían identificarla. Su juventud, su aspecto frágil, su alegría contagiosa, su ropa de marca; sencillamente, no daba el perfil. Ni siquiera era una empleada descontenta, es más: pensaba volver a su puesto tras el Domingo de Pascua, para contemplar el destrozo y palpar la desesperación. Y ante todo: no tenía un móvil, lo cual la ponía a la cola de la larga lista de posibles sospechosos, de los despedidos, ofendidos, resentidos y auténticos hijos de puta que habían pasado el último año por las instalaciones de aquella empresa-dinosaurio, que sobrevivía más por el peso de su marca que por la eficacia en el servicio. Y por si no bastara con eso, había cubierto sus huellas rayando lo obsesivo bajo una maraña de identidades ajenas y saltos entre máquinas, un laberinto que desesperaría al más paciente y versado de los informáticos forenses.

Sólo restaba guardar la línea de la crontab, ejercer una leve presión sobre ese botón rojo en forma de tecla blanca, el punto de no retorno. Se tomó unos segundos para paladear el instante; no todos los días se destruye una empresa centenaria, un icono nacional, estaba haciendo historia. Cogió su taza con la otra mano y le dio un sorbo al café, ya frío. Intentó visualizar los equipos de la red cayendo uno tras otro, como un apagón visto desde una colina. Las caras de sus compañeros y jefes, los gritos, la desesperación, que ella tendría que simular para no llamar la atención. La llegada de la policía, los investigadores, los interrogatorios a toda la plantilla. Probablemente acabarían culpando a cualquier desgraciado que pasara por allí; noticias como esta necesitan un chivo expiatorio en las portadas, aunque luego lo exoneren a media columna en la página 27, meses después, tarde ya para todo y sobre todo para él. Aunque él no sería la única víctima, eso era obvio. Puede que la empresa levantara cabeza, pero estaría tocada de muerte. Pérdida de clientes, batacazo en la bolsa, nueva pérdida de clientes, la espiral hacia abajo. Se perderían cientos de puestos de trabajo; el suyo también, claro. No le importaba. Con su edad, su carisma y sus conocimientos, era una golosina para las empresas. Más complicado lo tenían sus compañeros, sobre todo los veteranos, unos “pata negra” bonachones que acariciaban la jubilación anticipada, algo que su generación ya no conocería. Esos sí que se iban a hundir con el barco. Se iban a hundir del todo, arrastrando a su entorno al fondo oceánico. Hijos adolescentes, parejas en paro, hipotecas, facturas del dentista. Las iban a pasar putas, vaya.

El dedo de Vanessa se separó del teclado, como si el Intro le hubiera quemado la yema. Se pasó las manos por los cabellos y pensó en lo que le apetecía un pitillo en ese momento, aunque llevaba casi dos años sin fumar. Dejó de hacerlo de un día para otro, para no escuchar las risas al volver a entrar en la sala, ni sentir el vacío que le hacían los grupos de fumadores. Esos primeros tiempos fueron difíciles, sobre todo para una chica recién salida de la facultad, con ganas de agradar y poca malicia. No es que a los chicos becarios los trataran mucho mejor, pero el el caso de ella se mezclaba la brecha generacional con el machismo y, en algunos casos, con la inquina más pura. Recordó con especial desagrado el día en que circuló por la oficina cierto montaje de Photoshop, o la vez en que le negaron el prometido y ansiado ascenso para dárselo en el mismo día a uno de los chicos. Con los meses se acabó ganando su confianza y su respeto, todo empezó a ser más fluido, más grato, como si no hubiera pasado nada, pero esos primeros (¿diez, quince?) meses...

Respiró hondo, exhaló un humo invisible y lenta, muy lentamente, su dedo índice presionó la tecla Intro. Seguidamente, con su mejor sonrisa, cerró la sesión, activó el salvapantallas y bajó a la calle en busca de un estanco.

Publicado la semana 7. 11/02/2019
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Ruelle - "Up in flames"
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