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Sergio L. Cruz

Bocachancla

“A ver, que yo era la primera vez que cogía el metro”, contaba la chica a sus acompañantes y, por el volumen empleado, al resto del vagón. En este, aparte de los amigos de ella sólo viajaban una pareja de jubilados y un chico de edad indefinida, oculto bajo una sudadera marrón con capucha. La chica continuó su discurso, sin margen para los comentarios. “Que coge el revisor, me para y me dice que por lo visto el billete era simple y tenía que ser un combinado. A mí que me da la risa, yo pensaba que estaba de cachondeo, combinado, así llamaba mi padre a los cubatas. Que me tengo que bajar del vagón. Le cuento que ni hablar, que pase lo que pase yo tengo que llegar al Bernabéu. El tío que no, y yo que sí, que no y que sí. Le digo mira, me llamo Adriana Corredera Bejarano, vivo en el 89 de la calle Boquerón de Palos de la Frontera, tengo DNI siete siete ocho cero uno nueve nueve nueve equis, mi padre se llama Manuel y mi madre Amparo, y trabajo de cajera en el Eroski. Tome nota, dé parte por el walkie o lo que usted quiera pero yo sigo, que faltan cuarenta minutos para que empiece el partido. Y vaya si seguí. Eso sí, te cagas la de agua que nos cayó al salir.”

Una de sus amigas aprovechó una interrupción, propiciada por un estornudo, para dejar su comentario, probablemente el primero de la tarde. “Niña, córtate un poco que sólo te ha faltado decir la talla de las bragas”. La muchachada estalló en risas a excepción de la chica bocazas, que arrancó a toser. Los jubilados, que se levantaron para apearse, simularon ignorar la conversación. Por su parte, el chico de la capucha había tomado buena nota mental de todos y cada uno de los datos, así como de las facciones de Adriana. Cerró los ojos y se hizo el dormido, mientras paladeaba el momento y empezaba a organizar en su cabeza los pasos a seguir para extraer de Internet toda la información posible de esa chica tan guapa y descerebrada. Aunque no había mucho que pensar; ya tenía el sistema bastante trillado y emplearía un método similar al que utilizó con las tres anteriores. Siguió atento, de todos modos, por si saltaba algo más a la palestra; no le vendría mal algún dato de sus amigos y de su entorno. Intentó relajarse y centrarse, pero ya era preso de la excitación y la ansiedad. ¿Suplicaría, lloraría, perdería el control de sus esfínteres, como pasó con la última? Cada persona era una incógnita, y eso era lo interesante. “Espero que no se haya quedado con mi cara”, pensó.

Publicado la semana 6. 04/02/2019
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Musica: Camouflage - “Syster sol” , Mentes Criminales
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