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Sergio L. Cruz

Love will tear us apart

Ni le miró. Simplemente soltó la púa, bajó del escenario, y comenzó a andar en línea recta. Pese a lo angosto del local, los atónitos asistentes le abrían camino a su paso, como aguas separadas por un Moisés que avanzaba con determinación cerril y la mirada perdida, la guitarra colgando a su costado, restando protagonismo al tipo que se había subido a la tarima y que, inmerso en su baile y su borrachera, acababa de desenchufar por accidente el cable de la regleta que alimentaba todo el backline. Este le parte la cara, aquí se va a liar, decían algunas voces cercanas. Entre ellas la mía, porque cuando voy a un concierto solo suelo regalar comentarios en voz alta, mi remedio casero para la soledad. Y la verdad es que no era para menos; era la última actuación para el local, amenazado de cierre por falta de permiso para programar actuaciones, y también para el grupo, un cuarteto de post-punk cuyos componentes tenían intereses bien dispares. Alguien, con buen criterio, convenció al bailongo para que se bajara de ahí y continuara su danza en un rincón, mientras el resto de la banda apagaba los amplificadores para que la vocalista pudiera restablecer el suministro de corriente. Un par de minutos después, el guitarrista estaba de nuevo junto a sus compañeros, afinando su instrumento con la misma cara de desprecio de antes. Todo el mundo volvía a estar expectante, y ya nadie se acordaba del causante del incidente. De hecho, parecía haberse esfumado.

Mientras esto ocurría, me pareció volver a divisar al individuo desde la cola del baño, saliendo por la puerta del bar. En un impulso, y tras vaciar mi vejiga, me fui en su busca. En efecto allí estaba, parado en la acera, de espaldas a la entrada. Ya no bailaba.

–Vaya papelón, ¿eh? –le solté, a modo de saludo. No me respondió, de hecho ni siquiera me miró. Estaba absorto, abrazado a una litrona que sin duda acababa de comprar en el chino de al lado. Tenía el cabello como si se hubiera electrocutado el día anterior y la piel de un tono blanco roto.

–Lo he intentado todo –respondió por fin, justo cuando la música regresó y yo ya me dirigía de vuelta al interior. Contra todo pronóstico, su voz era clara y firme. Paré en seco y me giré para seguir escuchándole. Él siguió hablando, como si me viera por un retrovisor–. Sabe lo que siento y yo sé que es recíproco. Pero se comporta como si no existiera. Anoche me presenté en su casa a las tres de la madrugada, pero no tuve el valor de llamar a la puerta.

–Bueno, tampoco eran horas… –dije, no sin dudar antes, mientras me acercaba de nuevo a él.

–Tampoco tenía sentido. Todo lo que le tenía que decir, ya se lo había dicho antes. Varias veces. Y lo sabe, sabe que somos el uno para el otro, pero… Joder, siempre siempre está ese gilipollas de por medio.

–¿Por eso te subiste al escenario?

–Lo hice sin pensarlo, esa canción me trae tantos recuerdos, hemos estado tan cerca... Pero fíjate la que he liado –relataba, como para sí mismo. Mi empatía por el amigo de los pelos chamuscados iba en aumento, pero yo era la persona menos apropiada para dar consejos. La última chica con la que estuve me dejó a los pocos minutos de besarnos por primera vez. A veces tengo la impresión de que, en los momentos clave, escojo mis frases en la Ruleta de la Fortuna. Aun así, intenté hacer mi buena obra de la noche.

–Mira, no te conozco de nada, pero veo que lo que tú sientes es muy intenso, y yo opino que cuando la otra persona está al corriente, quiero decir, cuando los sentimientos son…

–Al carajo –resolvió, a la par que me entregaba la litrona y se dirigía al garito con paso firme.

Su entrada coincidió con las primeras notas del sempiterno clásico de Joy Division. El público empezó a jalear a la banda, mientras el enamorado se adentraba en la masa humana como un cuchillo caliente en la mantequilla. Cuando llegó al fondo, se detuvo y clavó su mirada en el escenario. La canción ya estaba en su apogeo y el guitarra rompió la prima al rasguear. Dada por perdida la afinación, con el tempo aún sostenido por la base rítmica y la mirada fija en el desafiante espectador, cuya presencia ya había detectado, comenzó a agarrar las cuerdas restantes y, una por una, las fue arrancando, para deleite del respetable. Su mano derecha sangraba cuando desistió de arrancar el bordón. Sus compañeros ya habían pasado a los terrenos del ruido y el caos, así que se deshizo de la guitarra y se aproximó al borde del escenario, concentrado como si fuera a saltar de un trampolín. En una especie de acto reflejo, el público dio un par de pasos atrás. Todos menos el amante rechazado, que seguía allí, impertérrito. La cantante observaba la escena desde un rincón del entablado, sin perder ojo, con semblante de preocupación y un botellín en la mano cuyo contenido estaba intacto. La mano ensangrentada dejó una marca en la madera cuando el guitarra se apoyó para bajar y colocarse al lado del protagonista de la noche. Temiéndome lo peor, y ante la pasividad del público, avancé entre este para intentar impedirlo. No era quién para entrometerme en porfías ajenas, pero el desconocido simplemente estaba siguiendo los impulsos de su corazón; nadie merece que le partan la cara por eso. Pero no llegué a tiempo. Para mi sorpresa, fue él quien agarró al músico por la pechera de su camisa negra, le atrajo hacia sí, y le besó con una intensidad envidiable. El público vitoreó el gesto como no lo había hecho con ninguna de las canciones, y la vocalista le dio por fin un trago a su cerveza, ya caliente.

Publicado la semana 52. 23/12/2019
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