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Sergio L. Cruz

Menú pre-feria

Sólo lo podríamos calificar como “bar” tirando de diccionario. Estaba rotulado como “Calamari”, un nombre que se me antojó inapropiado, toda vez que allí no servían tipo alguno de cefalópodo. Como si alguien me hubiera leído el pensamiento, un parroquiano ataviado con una camiseta andrajosa despejó esta incógnita con un solo grito: “¡Mariiiii!”, llamada a la que acudió una chica de buena crianza, camisa de cuadros anudada bajo el busto, que atendía a dicho nombre y a la sazón propietaria del negocio. Porque el “Calamari” intentaba ser eso, un negocio, en un ejercicio de bisoñez e indolencia que no era tan inusual en aquel pueblo que no estaba perdido, pero tampoco cerca de ningún sitio.

Un rato llevaba La Mari departiendo con su churretoso amigo cuando reparó en nosotros, una pareja de desconocidos (y por tanto presumibles forasteros) sentada en una de las dos únicas mesas de plástico que componían su precaria terraza. Abrió la boca en dirección a nosotros, pero tras un amago reanudó la conversación con su interlocutor. Un minuto después se despidió de éste y se nos acercó, pues contra todo pronóstico el local estaba ya abierto.

–Hola, ¿nos traes la carta, por favor? –pregunté, educado y optimista.

–¿Carta? No… Es que acabamos de abrir pa la feria y aún no tenemos de to...

–Ah… ¿Y el menú del día?

–...te lo miro –respondió mirando al tendido y regresó a la penumbra del bar, que se antojaba fresquita en comparación con la canícula exterior.

–No le hemos pedido las bebidas –me recordó mi chica.

Segundos después apareció a nuestro lado una joven flacucha, vestida como si acabara de robar las prendas de un tendedero, que nos acercaba un litro de Cruzcampo y dos vasos.

–Perdona, yo quería una tónica y ella un tercio.

–¿Un tercio de qué? –preguntó la joven con voz desafiante.

–De cerveza…

–Na más que hay litrona. Y rebujito.

–Pues deja la cerveza, gracias –respondí resignado, mientras le echaba a mi acompañante una mirada de soslayo.

Empezamos a escanciar el contenido del vidrio no sin cierto reparo, pues aún no sabíamos nada de la comida. Sin cruzar más palabras con La Mari y su exigua ayudante, a nuestra mesa (que seguía siendo la única ocupada) empezó a llegar una sucesión de pequeños platos con queso barato, un revuelto de champiñones de otro mundo, jamón en las últimas y chicharrones desafiantes. Ante nuestros intentos de pedir algo concreto, la respuesta siempre era la misma: “Lo que hay es menú pre-feria”, fuera lo que fuese aquello. Cada vez que nos veían torcer el gesto, de inmediato nos acercaban a la mesa dos catavinos con rebujito, que la primera vez nos bebimos por no desairar, la segunda porque tardaban en traer la segunda litrona, y la tercera porque vinieron acompañados de unos sorprendentes langostinos en perfecto estado de revista.

A pesar de que cada vez me costaba más mantener la verticalidad, me levanté para ir al servicio y de paso echar un vistazo a lo que acontecía de puertas adentro, aunque a decir verdad tales puertas no existían, sólo una cortina de hilos. El bar no era sino un local con una barra de ladrillo visto, sin mesas, taburetes, tragaperras ni máquina de café. El vacío de la pared del fondo, pintada de un color rojo imposible, lo interrumpían un microondas mugriento y un vídeo VHS con problemas de tracking. En el televisor Sanyo que tenía al lado, un afectado Lauren Postigo presentaba, entre bote y bote de la cinta, a lo más granado de la copla española. Giré a la derecha, intuyendo la ubicación del WC, y me topé con dos puertas a medio pintar que formaban un ángulo recto. En una, la foto de una Marisol adolescente y aflamencada, con una flor gigante en la cabeza. En la otra, una improbable imagen de Manolo García sujetando una motosierra, que me habría gustado estudiar con más detalle, pero mi vejiga pudo más que mi curiosidad, así giré el pomo y me vi deslumbrado por un haz de luz. Un minuto después estaba regando un solar vallado ante la pacífica mirada de un asno.

De vuelta a mi mesa vi a una tercera chica detrás de la barra, sentada sobre un cajón flamenco que empezaba a manotear con buen ritmo. La flaca liaba tabaco en un papel blanco y La Mari se peleaba con la válvula de un sifón. Al llegar a mi mesa, mi novia me habló con voz pastosa. Al parecer acababa de vomitar sobre un perro que pasaba y ya no quedaba más comida en todo el pueblo, se lo había dicho el propio perro. Me guardé el pene, que se me había salido en un descuido, volví a la barra y pedí la cuenta, no sin antes recibir un escupitajo de la cacatúa que estaba acariciando la Mari en ese momento. Sólo nos cobraron las litronas, detalle que yo achaqué a las costumbres locales. Me despedí educadamente de las tres, a pesar de que se habían convertido en maniquíes. Aun así, el cajón flamenco seguía sonando, aunque ahora emitía los efectos sonoros del Simón. Lo sé porque podía ver sus colores iluminando la cara de la chica/maniquí. En el vetusto Sanyo, Lauren Postigo había sido reemplazado por Donald Trump, que cantaba por alegrías.

En un abrir y cerrar de ojos ya estaba al volante, conduciendo sobre las aguas. Al principio me sobresalté un poco, pero no mucho, porque flotábamos perfectamente y además íbamos muy despacio. Tan despacio, de hecho, que el velocímetro marcaba cero. Fui a preguntarle a mi chica si íbamos bien, pero roncaba sonoramente, más que de costumbre, con los ojos abiertos. No me preocupé porque sonreía, que era lo importante. A lo lejos se aproximaba alguien que también estaba jugando al Simón aunque en monocromo, a tope con el azul; resultaron ser dos marcianos que iban de uniforme.

Al día siguiente mi abogado era optimista, pues pese al positivo en alcohol y hongos alucinógenos, tenía esperanzas de poder conmutar la pena por tres meses de trabajos en beneficio de la comunidad, multa y daños de la fuente de la rotonda aparte. Le conté todo lo que recordaba de mi historia y, abusando de su confianza, le convencí para que se acercara al “Calamari” para intentar aclarar lo sucedido. Cuando finalmente accedió, pues le cogía de paso a otros juzgados de la provincia, encontró a una chica de generoso escote, vestida de flamenca, echando el candado al cierre. Tras las rejas metálicas, un cartel: “Cerrado por feria”. Observó desde su coche cómo ella se subía al suyo y se marchaba en pos del maremágnum musical que se percibía a lo lejos. No tengo muy claro por qué dice que no se volverá a pasar después de las fiestas, pero en fin, él sabrá. Tampoco entiendo muy bien cómo puede la Mari sacar adelante un negocio como ese y encima conducir un Mercedes Clase C.

Publicado la semana 5. 28/01/2019
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