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Sergio L. Cruz

Retrato familiar con horizonte torcido

–Tienes cara de disgusto –dije, tras observar un rato cómo él, a su vez, miraba el cuadro.

–Es que no sé si te lo vas a tomar a mal –respondió tras vacilar.

–Ponme a prueba.

–A ver, que el cuadro está bien, ¿eh?, en líneas generales. Pero las personas que salen no se parecen en nada entre sí, y se supone que son una familia junto a su sombrilla. Y además has pintado el horizonte torcido, la playa está inclinada hacia un lado.

–Sabía que ibas a decir eso.

–¿Lo ves? Ya te has enfadado.

–No, para nada.

–Mira, yo lo digo por tu bien –replicó, con una leve alteración–. Si quieres llegar a algo en la pintura, y más siendo mujer, tienes que cuidar estos detalles. Es un consejo que te doy, tú haz lo que quieras.

–No me has entendido –repliqué serena–. Lo que te decía es que yo, cuando estaba pintando el cuadro, ya sabía de antemano que ese iba a ser tu comentario cuando lo vieses.

–¡O sea, que encima lo haces para provocarme! –Empezó a mutar el gesto y el tono de la piel, acercándose al rojo salmón de mi acuarela–. Pues tu misma, ¿eh?, tú sabrás lo que haces. ¡Encima que te ayudo!

Ante mi estoico silencio, mi amigo de la infancia (o quizá debería decir “de cuando la infancia”) abandonó la sala entre zancadas y aspavientos. No dio un portazo porque no había puerta; en el pueblo nadie iba a robar un cuadro.

Me acerqué con pasos espaciados a la pintura, mi pintura. Retrato familiar con el mar (torcido) de fondo. Con un placer invisible y privado, posé los dedos con suavidad a ambos lados del cuadro y lo enderecé unos pocos grados, hasta que el marco (y la línea del horizonte, por tanto) estuviera paralelo a techo y suelo. Entonces fue la familia la que quedó torcida.

Publicado la semana 48. 25/11/2019
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I
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