47
Sergio L. Cruz

En una habitación oscura

Avanzaban casi a tientas, pues sus ojos aún no se habían acostumbrado al contraste entre las luces del bar de copas de la planta inferior y la penumbra de la primera planta. El pasillo era estrecho y desembocaba en una ingente habitación que parecía no haberse ventilado en años. El olor no era del todo molesto pero no pasaba desapercibido. Casi era preferible no ver nada. Los zapatos se pegaban al suelo viscoso y los muebles eran polvorientos al tacto. Jorge se arrepintió de inmediato de ir vestido de negro, pero bueno, era Jueves Santo y había que ir elegante, sobre todo para su Virginia, que era de familia tradicional y tenía en cuenta esos detalles. La música estaba más bien alta y para hablar se inclinaban el uno hacia el otro. Una excusa como cualquier otra para rozar labio con oreja.

–Nos sentamos, ¿no? –dijo Jorge al notar que su chica se paraba en seco.

–Es que no veo nada… Tú ya has estado aquí antes, ¿no?

–Una vez –mintió–. Ven.

Una vez por semana, cuando empezaba con su anterior novia, cuyo nombre sólo recordaba él porque sus amigos la llamaban “la alien”. No tanto por su parecido con Sigourney Weaver como por su invasiva manera de besar, que a Jorge le ponía mucho y le daba asco a partes iguales. Aunque lo de la lengua no fue nada comparado con lo que vino después, claro, cuando no tuvo más remedio que llevar manga larga en el tórrido verano andaluz, detalle que no pasó desapercibido para sus padres, que detectaron la aparición de unas llamativas ojeras. Al menos no llegaron a ver las múltiples marcas de sus brazos, aunque la adicción que sentía no era hacia ninguna sustancia ingerible, esnifable o inyectable, sino a otra generada por su propio cuerpo. Ni sus amigos lo habrían entendido, y era algo que le hacía sentir estúpidamente orgulloso, pero también le generaba una creciente inquietud. Por un lado, de no saber dónde estaba el fondo de ese agradable pozo en el que estaba cayendo, y por otro, no poder compartirlo con nadie, las caras de preocupación, no saber cómo iba a acabar la cosa. O al menos, cómo iba a acabar él. No se quería ver con 19 años y arrastrado por una espiral de sexo y dolor. En el fondo se sintió aliviado cuando aquella chica se fue de Erasmus y él hizo todo lo posible por perder el contacto.

–Vamos a sentarnos en este sofá.

–A ver si nos vamos a clavar una jeringuilla o algo –susurró Virginia, medio en broma, medio en serio.

–Qué va, mujer, si aquí viene la gente a enrollarse –la tranquilizó Jorge, preparando de paso el terreno.

–Ya te he dicho que yo no voy a acostarme contigo.

–Ya, ya, pero ahora estamos sentados, ¿no?

–Bueno, pero que te quede claro.

Por si acaso. Porque ella no era como las demás, o como ella pensaba que eran las demás. Mejor dicho, como su madre le había dicho que eran las demás, porque ella nunca hablaba de esas cosas con nadie, y no por falta de ganas. El caso es que siempre que se sentía excitada tenía el acto reflejo de parar, como el conductor novel que pisa el freno cada vez que se acerca a una curva. Con Jorge también. Cierto es que él no se propasaba, o al menos nunca lo había intentado. Salvo aquél día en la piscina, pero bueno, estaban jugando en el agua y ya llevaban tres semanas juntos que le libraron de la bofetada. Y no les vio nadie, que era lo más importante.

Aquí tampoco les veía nadie. La sala estaba a oscuras, y la única iluminación, mínima, la proporcionaban la luz de las farolas que se filtraba por los resquicios de los postigos. Por los altavoces, invisibles en la oscuridad, un vinilo de Black en bastante mal estado se imponía sobre el bullicio de la gente de la calle que esperaba el paso de la cofradía, por lo que tampoco era fácil saber si tenían compañía. La caprichosa distribución y orientación de los sofás y sillones tampoco ayudaba. Por si acaso, Jorge ya había empezado. Sabía que a veces encendían las luces un rato sin previo aviso, y Virginia no iba a permitirle ningún avance sin al menos diez, quince minutos de besuqueo.

–Para –susurró ella–. Saca la mano de ahí.

–Si esto ya lo hicimos el último día… –mintió de nuevo él, aprovechando cada segundo antes de que ella repitiera la orden.

–Viene alguien.

Se detuvieron los dos en seco, aguantando incluso la respiración para intentar escuchar algo, pero ahora era Julio Iglesias quien se empeñaba en ocupar casi todo el rango audible. Virginia sacó de un tirón seco la mano de Jorge, que seguía bajo su blusa, y volvió a aguantar la respiración.

–Ahí no hay nadie, Virginia.

–¿No ves la luz?

Habían encendido un mechero. Qué buena idea, pensó Jorge, las ventajas de ser fumador. Eso les permitió ver fugazmente la sala, que también tenía lámparas y mesitas bajas con algunos vasos de tubo a medias sobre ellas, y al chico. Con su mano izquierda iba iluminando el pasillo y con la derecha guiaba a su chica, de la que sólo pudieron distinguir una silueta esbelta, pues al poco de entrar cesaron los chasquidos. Se ve que no era la primera vez que subían y que simplemente estaban comprobando que los sofás seguían en el mismo sitio. De hecho, se dirigieron sin dudar al que estaba en el centro de la estancia, orientado hacia las ventanas.

–¿Quieres que nos vayamos? –susurró Jorge, que tenía una idea bastante clara de lo que venía a continuación.

–No, si tú no quieres, no.

Siguieron en silencio un rato, como si el sofá fuera la butaca de un cine y en la pantalla estuvieran apareciendo ya los títulos de crédito iniciales. La música se había cortado de golpe, un minuto después de que el vinilo se rayara al final de “Lo mejor de tu vida”, por lo que ahora era posible escuchar el sonido de las cremalleras y la humedad de las bocas, todo ello completado por el rumor del gentío de la calle, que ahora parecía estar más cerca. A lo lejos empezaba a escucharse la banda de cornetas y tambores, como una tormenta que se aproxima. Aunque no podían ver las caras de sus acompañantes, los ojos ya se habían acostumbrado totalmente a la oscuridad y no costaba distinguir su silueta al contraluz. La cabeza de ella estaba ahora muy alta, estaba claro que se estaba sentando a horcajadas sobre él, aunque paró en seco por algo que le había dicho el chico.

–Ni mijita, de eso paso. A la novia del Juanma le gustará mucho, pero a mí me duele –dijo la chica, y prosiguió con su vaivén.

El sonido ahora era un bucle repetitivo de ruido amortiguado de los muelles del sofá, tímidos jadeos y algún comentario de los que sólo se hacen cuando sabes que nadie más te está escuchando. Jorge estaba muy atento a la contienda, pero estaba girado de nuevo hacia Virginia, intentando seguir justo por donde lo dejó. Ésta reaccionó de nuevo con rapidez; le agarró la mano pero esta vez con más suavidad, bajándola. La sorpresa de Jorge fue doble, pues donde esperaba encontrar tergal encontró la calidez desconocida de los muslos de Virginia, que no había vuelto a decir palabra. Pese a ello prefirió pecar de prudente, acariciando suave y tímidamente sus piernas, no se fuera a desvanecer el hechizo. Cuando ya estaba decidido a meter el dedo entre la carne y el elástico, se dio cuenta de que la otra pareja no estaba haciendo ruido. Las dos cabezas ya se habían separado y miraban al frente, dándoles la espalda del todo, como si estuvieran sentadas ante una televisión invisible.

–Me duele el coño. Te quiero –aseveró ella con voz mecánica, como si le estuviera dando el cambio.

No pudo evitar girar la cabeza hacia ellos. Virginia se dio cuenta y también se detuvo por un instante, pero tenía más interés en seguir descubriendo sensaciones ignotas en su cuerpo que en aquella desconocida. Sin embargo, Jorge no podía dejar de mirar la figura negra de ese rostro de perfil que se acercaba al de su acompañante, cigarro en boca. La llama iluminó el rostro de ella y parte de la estancia. Tanto Virginia como Jorge dieron un pequeño respingo, aunque era imposible que llegaran a verles. El chico también encendió un cigarrillo y ambos se volvieron a girar hacia las ventanas. En cuanto la oscuridad regresó, Jorge empezó a abrocharse el pantalón.

–¿Qué haces? –le preguntó Virginia con voz queda.

–Vístete –respondió él como quien cuenta un secreto.

–¿Cómo?

–Nos vamos ya.

Mientras Virginia se preguntaba si debía insistir o no, Jorge ya se había puesto de pie y la estaba cogiendo del brazo. Se levantó también sin rechistar; al fin y al cabo, el sofoco que la había invadido hace un momento se estaba disipando y ella jamás le insistiría en una situación así. Ni siquiera le preguntaría el porqué de esas prisas. De hecho, comenzó a repasar mentalmente lo que habían estado haciendo y notó una incipiente sensación de culpabilidad al pensar en la cara con la que saludaría a sus padres al llegar a casa. Los dos caminaban en dirección al pasillo intentando hacer el menor ruido posible al separar sus zapatos de ese suelo delator. Jorge tenía la certeza de que les estaban mirando, aun a sabiendas de que no podían verles. Su única preocupación en ese momento era que el mechero chispeara de nuevo.

Justo entonces, la estancia se iluminó por completo, como si despertasen de un sueño. Los dos pararon en seco, deslumbrados. Lo primero que vio Jorge al acostumbrarse a la luminosidad fue un camarero, que se encontraba al fondo del pasillo de salida, ajeno a la escena. Jorge reanudó el paso al instante, pero no logró pasar desapercibido. Una voz femenina le llamó por su nombre desde el sofá de la ventana, pero él se sobresaltó como si le hubieran gritado al oído. Se sintió súbitamente paralizado, con el pulso a cien y una sensación de vértigo que le era familiar. Por su cabeza desfilaron a gran velocidad imágenes de muñecas con bridas, cinturones silbando en el aire y pulgares expandiendo moratones, por lo que tuvo que concentrarse para recordar el nombre de la chica antes de girarse a saludarla. Había pasado mucho tiempo, pero él nunca la llamaba por su apodo. De hecho, ya nunca la llamaba.

Publicado la semana 47. 18/11/2019
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