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Sergio L. Cruz

Escena en el club de polo

El vino lo ponía una bodega extremeña. Las lágrimas, yo. En el exclusivo restaurante del club de polo todo el mundo miraba, entre la curiosidad y el sobresalto, cómo arruinábamos la cata. Mi chico seguía gritándome, vomitando aquella perorata desaforada y fuera de lugar, cruzando líneas rojas como el fuego en el monte, y yo no podía parar de llorar, el dolor era tremendo. El motivo de la ofensa poco importaba ya, al ser más severo el castigo que la falta. Él parecía inmune a mi aflicción, así que empecé a considerar la opción de dejar de dejar de clavarme el tenedor en el muslo y buscar otro millonario al que estafar.

Publicado la semana 45. 04/11/2019
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I
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45
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