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Sergio L. Cruz

A tomar por culo el vecino

"¿Sabes que ya he mandado a tomar por culo al vecino?" Me lo soltó así por las buenas, mientras salíamos a pasear a su gran danés, a la par que hacía un mohín con la cabeza para señalar a la casa adosada a la suya, una vivienda de cierto lujo, con una bandera nacional ya desteñida y grandes ventanales semiocultos por una vegetación frondosa y diversa. No lo dijo con orgullo ni pesar; tan solo lo quería dejar claro, como un hito esperado y alcanzado, como si él (como si yo) lo estuviera esperando. Con ustedes las noticias: atentado en Oriente Medio, jueves negro en la bolsa, famoso actor muere a los 65 años, a mi tío se le han hinchado las pelotas. Miré hacia la casa del vecino esperando entender algo, el origen de esa pregunta retórica, pues no me constaban disputas ni rencillas entre ellos. Ambos tenían perro, similar sesgo político, edad, puede que hasta fueran del mismo equipo… Por otra parte, las casas estaban bien insonorizadas, separadas por gruesos muros. Los patios, a distancia suficiente. ¿Problemas de barbacoas o niños jugando? Ni tengo primos, ni había nunca chavales jugando en esa calle en la década larga que llevaba visitándole. De hecho, en ese preciso momento reparé en que nunca había observado señales de vida en los alrededores de la casa de al lado. Sintiéndome vencido por la incógnita, pregunté por los motivos. "Porque es un gilipollas de aquí te espero", respondió, esta vez mirándome (escrutándome) fijamente, diríase que sorprendido ante mi pregunta. No le repliqué, pero debió leer el interrogante en mi rostro, pues a continuación empezó a referirme, con poco rigor y mucho atropello, sus numerosas cuitas con ese señor para mí desconocido. Al parecer, según pude componer a partir de su anecdotario, al principio la relación era cordial, cercana, de saludo con sonrisa en los domingos soleados del invierno, barra de pan bajo el brazo. Todo empezó a torcerse por un coche mal aparcado, invasión de medio metro en un vado ingente, seguido de unos petardos a destiempo. Mariposas intempestivas batiendo sus alas en el otro lado del mundo, que convierten el roce cotidiano en una gota china. Según seguía con la retahíla de agravios, empezaba a preguntarme cómo había reaccionado mi tío ante todo aquello, si es que aquello era algo. Como si me hubiera leído la mente, pasó a exponerme lo que para él era su legítima defensa. Ni siquiera se quejó; tuvo a bien retirarle el saludo y empezar a cambiar ciertos detalles de sus rutinas: radiales que cortaban maderas y siestas, deposiciones selectivas del perro, comentarios provocadores de cara a la galería y a voz en cuello. "Y encima el tío tiene los santos cojones de venir a quejarse. ¿Es o no un gilipollas?" Esa pregunta ya no era retórica, pero seguí sin soltar prenda. A veces es mejor la callada por respuesta. Un matiz en su mirada me sugería que empezaba a tomarme por gilipollas también a mí. Mientras regresábamos en silencio los dos y cabizbajo el perro, contagiado del ambiente, no hacía más que pensar cómo iba a abordar la visita que tenía pendiente a mi vecina de arriba, para pedirle con la mayor educación posible que se quitara los tacones para andar por la casa.

Publicado la semana 4. 21/01/2019
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Everybody's gotta learn sometimes (The Korgis)
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