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Sergio L. Cruz

Gol fantasma

El encuentro llevaba minutos parado. No era el primer lance dudoso del partido y esta polémica fue el detonante. El delantero que acababa de marcar ya había colocado el balón en el centro del campo y miraba con hastío a sus rivales, que insistían en la repetición del lanzamiento. “Con estos siempre pasa lo mismo”, comentó de soslayo, falaz y sobrado. Quizá con un marcador menos abultado todo habría quedado en una anécdota, pero la vecindad implica rivalidad y saca el espíritu cainita y competitivo hasta de las almas más nobles. Uno de los pocos espectadores en aquella desapacible tarde recordó, negando con la cabeza, las palabras que le repetía su padre cuando era niño: “El corazón antes que la razón y el orgullo antes que el dinero”. Hubo un conato de tangana, sonaron palabras gruesas. El cielo empezó a rumiar tormenta, pero los truenos lejanos no lograban destacar entre el griterío. 

Mientras tanto, en el extremo opuesto del terreno de juego, el portero se lamentaba para sus adentros del triste espectáculo. Era un muchacho espigado y algo enclenque, cuya participación fue duda hasta última hora por una faringitis, y había realizado un esfuerzo notable por mantener la puerta a cero. Tan poco amigo de las riñas como del resto de los jugadores, cuando los primeros goterones impactaron en su rostro, miró su reloj y decidió unilateralmente poner fin a la contienda. Sin mediar palabra, recogió la chaqueta de su chándal, que hacía las veces de poste derecho, y puso rumbo a su portal, con el único objetivo ya de merendar su pan con Nocilla, como todas las tardes.

Publicado la semana 38. 16/09/2019
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