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Sergio L. Cruz

Ni tan mal

Una vez seco, con la toalla aún envolviendo su cintura, desbloqueó el móvil y abrió el WhatsApp en su móvil. “El agua caliente se ha vuelto a cortar a mitad de la ducha, lo del termo del chalet tenemos que verlo. Pero oye, con el calorcito que hace en el baño, ni tan mal”, le escribió a su chica, que a esas horas aún estaba en la oficina. Comenzó a vestirse y, justo cuando intentaba sacar la cabeza por uno de los agujeros de la camiseta, cayó en la cuenta. “Ni tan mal”. Con lo que siempre le había costado entender esa expresión, y ahora la acababa de utilizar con total naturalidad. Es más, le parecía pertinente, era la que definía con exactitud la situación. Total, las casas de campo, aunque la suya era una simple casa vieja a dos calles del pueblo, es lo que tienen: una instalación eléctrica anticuada, puertas que no encajan, y un baño que no es más que una ducha de cebolla y un cagadero. Se quedó frenado en esa palabra: cagadero. No podía haber un término más vulgar para designar al inodoro, cagadero era algo que no iba con él, ¿por qué la había dicho? Es más, no la había dicho, la había pensado; no se encontraba bajo la presión de una conversación atropellada.

Con una rapidez inquietante, durante los minutos siguientes siguieron aflorando en su pensamiento términos que le eran del todo ajenos. Picú, peñazo, sobaco, parienta. Jamás de los jamases se le habría ocurrido referirse a su chica como “parienta”, máxime al no estar casados. Pero la gente lo hacía. ¿Era eso? ¿Estaba perdiendo su identidad, se estaba volviendo como los demás? Intentó recordar esa película en la que un mismo actor interpreta dos personajes diferentes, pero le fue imposible. ¿Lynch, Buñuel? No lo recordaba. ¿También se le habían formateado sus recuerdos? Sólo se le venían a la cabeza los blockbusters que les gustaban a sus amigos. Y destellos, fotogramas de filmes de posesiones diabólicas, ladrones de cuerpos. Se acercó a la cocina en busca de algún estimulante, pero ni siquiera fue capaz de decidirse entre té o café, con su memoria y su razón tirando cada una de un extremo de la cuerda.

Horas después, al llegar su chica le encontró sentado en el borde de la cama, semidesnudo, las manos en la cabeza gacha y la moral hundida. “¿Quién soy?”, le espetó con una mirada, aunque también lo dijo al instante en voz alta, antes de que ella pudiera reaccionar. “No sé quién eres ahora, pero te voy a pedir un favor: sé quien tú quieras ser”, respondió ella en cuclillas, sosteniéndole la cara con los dedos y tragando saliva.

Para la sorpresa de ambos, eso fue lo más grave que ocurrió aquél día. Y los siguientes. Él seguía consultandole ante cualquier decisión, grande o pequeña, desde el número de cucharadas de azúcar hasta posibles inversiones en bolsa. Ella siempre reaccionaba igual, curvando levemente los labios, cerrando los ojos, encogiendo los hombros y enarcando las cejas por un segundo, tras el cual su rostro y su cuerpo volvían a la normalidad. “Como tú veas”, decía esa sonrisa que transmitía confianza y a la larga se convirtió en el detonante de un mundo construido por otros. De este modo, con el tiempo fueron cayendo en el ostracismo relaciones, costumbres, aficiones y temores, con la misma facilidad que lo fueron haciendo muchas de las prendas de su armario, de las que se deshizo cuanto antes para no tener que verlas al abrir las puertas. El mismo destino sufrieron algunas personas de su entorno, con las que cortó todo contacto en la medida de lo posible, pues para él todo formaba parte del mismo monstruo, al que había que matar espada en mano y él era el único guerrero disponible.

Finalmente, con los años, el propio proceso de transformación fue cayendo en un olvido casi total, como lo hacen las enfermedades de los lustros pasados. Un año después, o quizá fueran tres, mientras se duchaba en el baño del “campito”, que es como llamaba ahora al chalet, el chorro del agua caliente se tornó helado de súbito, pero siguió desenjabonándose como si tal cosa. Al salir tuvo una leve sensación de deja vu mientras tecleaba el mensaje “tenemos que arreglar el termo de una puta vez” al primer contacto de su lista de Telegram, su novio André.

Publicado la semana 36. 02/09/2019
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