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Sergio L. Cruz

Nada por aquí

–A ver cómo se lo digo. A veces siento que, como escritor, estoy perdiendo mi estrella, que no es lo mismo que quedarse sin ideas; es peor. Me explico: hace poco intenté escribir un diálogo para besugos, de esos que hacían Tip y Coll, y me quedó demasiado serio. Probé suerte entonces con un microrrelato, pero resultó demasiado largo, y claro, carecía de chispa. Decidí por tanto abordar una novela. Cien, doscientas páginas, las que fueran. Ahí fue quizá cuando mi problema afloró, pues era incapaz de hacer daño a mis personajes. Por más que lo intentaba, acababan saliendo de sus aprietos sin un rasguño, sin apenas sufrimiento. Como me imagino que sabrá, ahí reside precisamente el secreto, ese es el resorte: que tus personajes las pasen putas, y por más que yo lo intentaba, más inane el resultado. Empecé a analizar cuál podría ser la causa de semejante comportamiento benévolo. No lo hallé hasta que puse ese dato al lado de los otros dos, es decir, escribir inteligente cuando busco el absurdo, y alargar lo que debía ser corto. La única explicación razonable es que no me gusta lo que escribo.

–¿Esa es la conclusión a la que ha llegado?

–Sin duda.

–¿Y ese comportamiento se ha reproducido en otros ámbitos de su vida?

–¿En otros…? No, que yo sepa.

–Interesante.

–¿Por qué?

–Porque yo le había preguntado por sus padres.

–Ah, disculpe. ¿Nos queda tiempo aún…?

–Sí, claro, aún nos quedan 15 minutos de sesión. Proceda.

–Gracias. Pues…

En ese momento, por la mente del paciente desfilaba cualquier cosa menos imágenes de sus padres. Dibujos animados, recuerdos de la escuela, vídeos eróticos de spanking, canciones disco de los 80 y un gol de Futre. En un esfuerzo, visualizó la foto de boda que presidía el salón de su infancia y sólo pudo reparar en las flores del ramo y en detalles como la forma de la mandíbula de su padre. Una parte de su cerebro le animaba a seguir y otra negaba constantemente, indicando que no era esto lo que le habían pedido.

–¿Podemos dejarlo por hoy?

–Por supuesto –respondió el psiquiatra, sopesando si llegaba a tiempo al pase de las ocho del cine de al lado.

Mientras el paciente esperaba bajo la marquesina a que pasara el 6, se entretuvo mirando los itinerarios en el plano de la ciudad. Justo cuando empezaba a analizar la distribución de las rutas, lo vio todo con claridad: las obsesiones de su padre, su humor eficaz, la adicción de su madre a los ansiolíticos, los mimos, las comidas, los castigos a destiempo. Todo estaba allí, a su alcance, como en una estantería. Se quedó allí, disfrutándolo aún varios minutos después de que pasara el autobús.

Publicado la semana 33. 12/08/2019
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