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Sergio L. Cruz

Mar rizada

Querida desconocida, no sé ni por dónde empezar. Aun siendo el benjamín de la terna aquí presente, y por muy bien que encaje mi cuasi-atlética figura en esta terraza del paseo, detrás de esta gorra, estas gafas de espejo y estos tatuajes hay un hombre que, con toda probabilidad y para tu sorpresa, te dobla la edad y triplica tus experiencias. Además erraste el objetivo, pues la señora de mi derecha, cómo ibas a saberlo, lleva grabados mi nombre y una fecha en el interior de ese anillo que acabas de detectar. No obstante, como puedes ver, ni siquiera ha torcido el gesto, pues no es la primera vez ni será, espero, la última. Supongo que de ahí la confusión, unido esto al hecho de que, cuando llegaste, mi señora bromeaba muy resuelta con este canoso amigo que nos acompaña, tocamiento de antebrazo incluido. Te puedes llevar los vasos vacíos y nos pones otra ronda (esta la pago yo, por cierto), pero por favor no te ofendas ante mi educada negativa ni atenúes esa mirada en lo que queda de sobremesa; cuando se llega a mi edad nos encanta que nos observen con deseo. Aunque no te pueda llevar a bailar esta noche como has sugerido con ese atrevimiento, tan poco profesional como maravilloso, no puedo sino darte las gracias. Ojalá nos hubiéramos encontrado en otro tiempo y en otro lugar, por mucho que cueste imaginar un emplazamiento más idílico que una playa con la mar rizada y una edad más perfecta que tu probable cuarto de siglo. Claro que tendré que guardar las formas, recurrir a los puñeteros formalismos manidos de la gente adulta, haciendo equilibrios sobre el alambre, con la ducha fría del rechazo a un lado y la declaración abierta de intenciones al otro. A ver qué me invento, porque todos estos pensamientos se han agolpado en menos de un segundo pero entiendo que se me exige pronta respuesta, para no agravar lo incómodo de la situación.

–Lo siento, no sé bailar –mentí.

–Bueno... eso tiene arreglo, pero en realidad le preguntaba a su amigo –me corrigió la camarera, con la mejor de las sonrisas.

–Sitio y hora –respondió mi amigo con premura, sin dejar espacio al bochorno, aunque ni por esas logró que la chica dejara de mirarme a mí.

Publicado la semana 31. 29/07/2019
Etiquetas
Mirando al mar
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Género
Relato
Año
I
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