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Sergio L. Cruz

La Ménagerie

Hace 26 años me prestaron una guitarra eléctrica antigua, oxidada, más parecida a un jamón que a un instrumento musical. Con la ayuda de mi hermana aprendí los acordes básicos y, tirando de amigos, conocidos y algún anuncio, monté un grupo, mi primer grupo. El nombre lo saqué de un juego del Spectrum, el Manic Miner, más concretamente del título de una de sus pantallas, llamada The Ménagerie. Me pareció original tirar del francés, que además era un idioma que yo había estudiado en la escuela, aunque en ningún caso esto jugó a nuestro favor, más bien al contrario: de los tres conciertos que llegamos a dar, sólo en uno escribieron bien nuestro nombre en los carteles. Estábamos en la Sevilla post-Expo’92 y te encontrabas de repente con la llamada de algún desconocido, siempre a última hora y con prisas, para saber cómo leches se llamaba tu grupo.

Lo comienzos fueron todo lo aleatorios que podían ser. Por el casting pasaron un batería de quince años, que tocaba salsa con la orquesta de su abuelo, y que nos acabó confesando que el rock no era lo suyo, así como una chica preciosa que se acababa de comprar un bajo, pero que no tenía fuerza en los dedos para presionar esas cuerdas tan gruesas. Al final logré reunir a cinco personas: un batería compartido con otras bandas, un bajista con tendencia al punk, un guitarra con alma de blues y pinta de grunge, y una vocalista tímida con una voz perfecta para el soul. Y yo, que por entonces tocaba la guitarra sentado. Con semejante fauna, el nombre de La Ménagerie nos venía ni que pintado.

Lo que siguió fue una mezcla de emoción, precariedad y desesperanza. Con apenas un puñado de temas, sin guitarra solista y con un bajista suplente, pues ya empezaban las ausencias en los ensayos, nos lanzamos a nuestro primer concierto, teloneando a una banda de blues en una feria de las afueras. De ese día conservo un recuerdo, un momento en el tiempo: nosotros cuatro en el coche, camino a mi primer escenario. No estaba nervioso, pues para mí la recompensa era la propia aventura, daba igual el resultado. En la autorradio, Mr. Big nos cantaban “Wild world” mientras los rayos del sol de septiembre cada vez caían más oblicuos, por si a la estampa le faltaba romanticismo.

Eso en cuanto a la emoción. La nota de precariedad la pusieron los locales de ensayo, pues la falta de presupuesto nos empujó a buscar algún sitio gratuito. Al final fuimos a parar a una casa abandonada de las afueras, que inexplicablemente aún disponía de suministro eléctrico, aunque no de bombillas, por lo que alguna tarde acabamos tocando casi a oscuras, sin más referencia visual que los leds de los pedales y la escasa luz de las farolas que nos llegaba por las ventanas sin cristales. Fue en esas fechas que nos aceptaron para tocar en la sala más famosa de la ciudad. Aún no me explico cómo, pues ni siquiera disponíamos de maqueta. Para colmo ya no teníamos ni donde ensayar, pues nos enteramos de que la casa-local estaba amenazada de derrumbe, por lo que, tirando de contactos, nos acabaron haciendo un hueco en una asociación de vecinos de un barrio que no era el nuestro, bajo promesa de contribuir a la insonorización del local, una mugrienta caseta anexa al salón donde se realizaban las reuniones de comunidad. Dado nuestro presupuesto (cero pesetas), logramos cumplir dicha misión tomando prestadas unas planchas de fibra de vidrio que había tiradas en las proximidades de la casa en ruinas, que suponíamos sin dueño ya. Cruzamos la ciudad en hora punta con esos enormes paneles colgando precariamente sobre el techo del utilitario de la vocalista, una imagen de viñeta de tebeo, el robo del siglo.

La desesperanza era ante todo mía, pues de un día para otro noté que comenzábamos a retroceder, a ceder el terreno ganado. Pese a nuestra bisoñez teníamos nuestros puntos fuertes: un repertorio heterogéneo, inclasificable y eficaz, punzantes solos de guitarra y una cantante que cuando lograba calmar sus nervios se transformaba en la Sharleen Spiteri del extrarradio. Éramos atrevidos, porque pensábamos que se podía hacer todo. Igual tocábamos un oscuro tema en 5/4 con tintes metaleros que nos arrancábamos por Stevie Wonder. Nadie nos había explicado que existían unas reglas. Pero eso no servía de nada, pues yo era el único miembro que acudía a todos los ensayos, los demás iban rotando. Tal fue la cosa, que en el tercer y último concierto, en un certamen benéfico celebrado en unas piscinas, sólo logramos poner en pie ocho canciones. No fue un final triste, pues aquél día ocurrió algo fuera del escenario que, de haberse dado más veces, puede que la historia hubiera tomado otro rumbo: nos lo pasamos en grande. Quizá nos sentíamos demasiado presionados por querer ser un grupo de verdad, un sentimiento que nos invadía y nos superaba cuando veíamos actuar a otras bandas amateur de la ciudad

De aquella historia, que sólo duró un año, lo único que se conserva es una pésima grabación del sonido ambiente del segundo concierto, el mejor con diferencia. Ni una mísera foto, vídeo, o artículo, ni mucho menos rastro digital en aquél mundo sin Internet. En los años que siguieron me encontré formando parte de más grupos, más proyectos, muchos, pequeños y grandes éxitos personales, anécdotas quizá más jugosas, casi dos décadas rasgando cuerdas, pisando escenarios y estudios de grabación. Pero esta es la historia que me apetecía contar, quizá tan solo para dejar constancia de que La Ménagerie existió.

Publicado la semana 3. 14/01/2019
Etiquetas
Texas , 90s
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