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Sergio L. Cruz

El codo de Bertólez

Hay veces que me levanto de mi asiento para recorrer los pasillos y escaleras del edificio, sin más propósito que airear mente y pulmones para aplacar mis demonios y pensar con más claridad. Programar sin mirar la pantalla, el equivalente cibernético a jugar sin balón. Cuando regreso a mi puesto suelo agradecer el contraste del ejercicio con la calma de la sala, lo que me ayuda a entrar de nuevo en caja. Por lo general es así, pero esta vez no.

El tumulto se ve de lejos. Reunión de pastores, y la oveja parece haberse muerto cerca de mi escritorio. No menos de siete personas de pie, colapsando el pasillo, alguna que otra inusual corbata, y cómo no, un codo apoyado en mi silla, que aparto con delicadeza gimiendo una disculpa que no suena todo lo delicada que debería. Me siento con un resoplido en memoria de la paz interior perdida, y clavo los ojos en un código que sigue tan arisco como hace trece minutos. Mis ojos se deslizan hacia fuera, como al intentar juntar dos polos idénticos, y se topan con los de algunos compañeros, que me miran con semblante demudado. Uno de los veteranos mueve los labios, con la intención sin duda de advertirme de un peligro, pero nunca se me dio bien el arte de leer bocas ajenas.

Cuando la tormenta se traslada a otro rincón de la sala, hago rodar mi silla hasta el puesto más cercano. Con voz susurrante y gesto de espía doble, mi compañero me alerta del riesgo que acabo de correr. Había tocado el codo de Bertólez, de nombre Mauro y a la sazón mi jefe, o mejor dicho, el jefe del jefe de mi jefe. Es normal, no le he reconocido porque llevo poco tiempo en la empresa, le digo, pero el desconocimiento de las leyes no exime de su cumplimiento, y eso incluye las reglas no escritas. “Te has atrevido a coger del codo a Bertólez, espero que no se haya quedado con tu cara”, me dice. A mi compañero y casi amigo le sorprende mi reacción indolente, un codo es un codo y yo he sido cortés. Más o menos, tampoco lo recuerdo, porque para mí no ha existido tal incidente.

Ya de vuelta en casa, inicio el ritual de contarle a mi pareja mi día y escuchar el relato del suyo. Ha tenido un día de perros, me dice, parece mentira que una empresa con semejante presencia e historia pueda ser en la actualidad un gigante con pies de barro, cualquier día se va todo a la mierda, me dice mientras da sorbos a su ginebra rosa. Me pregunta por mi día, y le narro mi anécdota del codo. Se le saltan las lágrimas de la risa, amaga un acceso de tos. “Ni siquiera me di cuenta de que era tu silla”, me dice, mientras me mira con ternura por primera vez en lo que va de día.

Publicado la semana 27. 01/07/2019
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