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Sergio L. Cruz

Chaleco antibalas de fabricación casera

Siempre me ha chocado cuando en las películas alguien recibía un disparo y no se daba cuenta hasta que era demasiado tarde, la mano rojiza al separarla del costado. En el mundo real es raro recibir un disparo, al menos en la ciudad donde yo vivo, pero a nuestro alrededor llueven otro tipo de balas. Invisibles, silenciosas. No te matan, o al menos nunca del todo. El tiroteo comienza en la más tierna infancia. Las buenas notas, los juguetes caros, la sonrisa de una chica. O simplemente tener padre, aunque este nos castigue sin cenar. En cualquier caso, somos culpables por inacción, como ocurre en ocasiones al haber nacido en un país lejano o una ciudad vecina. Nos dan el balazo, y como digo el impacto es indoloro; es al cabo de los días, o los meses, cuando empiezas a encontrarte mal. Porque la envidia ajena obra como las peores enfermedades, pero en el plano emocional: un deterioro paulatino e inexorable aunque con final feliz, porque disponemos de la intervención divina, del reseteo que es pasar página, dejar de tratar con el pistolero tóxico, cambiar de trabajo o de ciudad. Y a veces la cosa no acaba ahí; hay que extirpar la bala/tumor antes de que se anexe a nuestra alma, a la mochila emocional que nos toca, que bastante tenemos con ella. Como en todo, más vale prevenir, no confiarse a la suerte, ya se trate de la animosidad de un extraño o de los rayos UVA. Por este motivo, hace un par de años que dejé de hacer ostentación de cualquier elemento, físico o intangible, que pudiera ser objeto de deseo. En el mundo de los adultos esto resulta bastante más difícil, son muchos frentes que cubrir. Ropa de marca, el coche nuevo, los hitos en la carrera. Ni siquiera llevo billetes grandes en la cartera, aunque me sobra el dinero. Intento que mi chica disimule un poco su exuberancia cuando estamos entre amigos, aunque ahí he tenido que ceder ante sus quejas, no fuera a estallar el problema por otro lado. Resolví al menos dejar de besarla y abrazarla en presencia de otros. Yo, por mi parte, he dejado de ir al gimnasio y he desarrollado una leve barriguita que, junto a mi estudiado desaliño indumentario, considero suficiente. Y en el trabajo, pues bueno, me he visto forzado a cometer algún que otro error intencionado para no destacar tanto, pero ahí hay que hilar fino. He logrado aplazar ascensos, pero si no mido bien mis fuerzas cualquier día me paso de frenada y me veo en la calle, y eso empieza a generarme cierta tensión. He de confesar que este chaleco antibalas de fabricación casera ha acabado resultando eficaz, pero me empieza a dar dolor de espalda y me tira bastante de la sisa. Y lo peor no es eso, sino que algunos amigos son testigos de mi progresivo deterioro personal y empiezan a sentir cierta lástima por mí. Son grandes personas y me brindan todo su apoyo y su calor, y claro, eso empieza a suscitar la envidia de los demás.

Publicado la semana 23. 03/06/2019
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