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Sergio L. Cruz

El decodificador

“Deformación profesional”. Ese era el eufemismo que empleaban todos los que empezaban a, y al final acababan por, alejarse hasta desaparecer del entorno de este joven afable, del mismo modo que se alejan y desaparecen las ondas provocadas por una pedrada en un lago tranquilo. No era una cuestión de buena voluntad, pues esos bonitos ojos escaneaban tu interior mejor que una radiación electromagnética. Sus amigos, sus familiares, nadie sabía ya cómo comportarse ante él en situaciones tan cotidianas como un café de sobremesa: todo era evaluado. Una ceja enarcada, rascarse la barbilla, las inflexiones de la voz, nada pasaba desapercibido para ese depredador sonriente y a su vez opaco para nosotros. Algunos optaban por suprimir cualquier reacción en su presencia, lo que a su vez era considerado una reacción más. Otros preferían lanzarse al ataque y jugar a su juego, pero cualquier incursión en la personalidad del interrogador era peligrosa como un boomerang fuera de control, King Kong atrapaba todos los aviones al vuelo sin reparar en la altura del rascacielos.

Su chica le abandonó hacía unos años, culpándose a sí misma para sus adentros. Fue ella quien le empujó, movida por el temor, a abandonar sus servicios como detective freelance y ahondar en esas técnicas de lenguaje corporal que tan buen resultado le habían dado en los pocos casos que habían llegado a sus manos. No llegó a ser consciente del monstruo que estaba creando hasta que fue demasiado tarde, hasta que el único plan para la noche del sábado fue el 2x1 del ya triste videoclub. Pero él había encontrado su sitio, su raison d’etre, como el director de cine que muere matando en salas vacías.

El trabajo lo era todo, porque el trabajo era lo único. Su don resultó muy valioso en un departamento de Recursos Humanos tan paranoico como el que más, sobre todo en una empresa como la suya, tan dada a las intrigas palaciegas y las conspiraciones cafeteras. Los veteranos del departamento de Desarrollo le apodaron “el decodificador”, aunque él nunca lo supo y, de todos modos, tampoco lo habría entendido. Sus habilidades llegaron a oídos de mandos superiores, quienes le citaron formalmente a una reunión informal. Querían conocer y felicitar en persona al genio, al mentalista aquél del que todo el mundo hablaba.

Cualquier otro se habría sentido amedrentado en el extremo de aquella mesa de la sala de juntas, trasunto en madera de nogal de las piscinas infinitas de los catálogos, pero para él era el paraíso, una partida múltiple de ajedrez con caras de póker en vez de tableros. Sólo aguantó unos segundos; en cuanto echaron a hablar, dejó de prestar atención a las palabras y se centró en los gestos, recopilándolos primero, procesándolos después, y escupiendo finalmente unas conclusiones que nadie había pedido y por supuesto nadie esperaba. Tanto sorprendió su actitud, que aquellos hombres trajeados, acostumbrados a la sumisión muda del súbdito, abandonaron su amable rectitud y comenzaron a reprocharle su osadía, echando queroseno a la llama sin saberlo, acelerando de este modo su delirio y verborrea analítica. Llegó a tal punto, tan arriba estaba, que tuvieron que repetirle tres veces la frase: “Está usted despedido, haga el favor de abandonar esta sala”.

Tardó horas en darse cuenta de todo. De que acababa de abortar un jugoso ascenso, de que estaba en la calle, de que la casa era una concha vacía y de que no tenía a quién llamar para contárselo. Por primera vez estaba a solas con sus pensamientos, e hizo lo que cualquier ser razonable habría hecho en sus circunstancias: darse una larga y reparadora ducha caliente. Al salir se sintió mejor físicamente, pero ahí acababa todo. Al menos el vapor caliente del baño era reconfortante, un placer básico. Envuelto en una mullida toalla, barrió la superficie del espejo con la palma de la mano y se encontró con una mirada, la suya. Pero esos ojos no le decían nada.

Publicado la semana 21. 20/05/2019
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Escrito bajo la influencia de Terence Trent D’Arby - “Neither fish nor flesh”
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