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Sergio L. Cruz

Siempre pregunta

–Pero qué fría es tu casa, rediós, ¿me puedes dejar algo para ponerme?

Mi padre era muy de eso, de las dos cosas. De tener frío y de pedir prendas en casas ajenas. Y en este contexto, de algo más.

Hace ya unos años, más de los que me gustaría, estábamos celebrando mi cumpleaños, es decir, entrado noviembre. Familia, poca, y amigos cercanos, sólo aquellos que mezclarías con los de tu sangre. Aún no me había hecho de la estufa de pellets, por lo que la pregunta-petición no tardó en aflorar.

 –Pruébate esto, a ver si te entra –le respondí al cabo de un rato, a la par que le acercaba una sudadera con las letras UMASS grabadas en relieve.

–¡Ostras, qué sudadera más chula! ¿Es nueva? –me preguntó, como se pregunta a un niño entusiasmado con un juguete.

–Sí, es nueva.

Noté la mirada de mi amiga Sandra, pero no alteré el gesto. En cuanto pudo me abordó en privado. Es decir, en la cocina, que es donde tienen lugar las conversaciones de verdad. Aunque no le hizo falta preguntar, le bastó con mirarme como mira ella. La de cosas que ha conseguido esa mirada.

–Tú no lo entiendes –le digo.

–Es que te estás quedando con el pueblo. ¿Cuánto hace que volviste de Massachusetts? ¿Doce años? Yo lo flipo, tía, si te pagó él la carrera, no se va a acordar. Porque lo que es tu madre…

–Mi madre acabó hasta el moño de estas preguntitas.

–¿Pero qué te costaba decirle la verdad? ¡Si la sudadera tiene hasta bolitas!

–Exacto.

–¿Exacto qué?

–Tú no lo entiendes  –reitero.

–Pues explícamelo.

–Mi padre siempre pregunta eso, así le des, o te pongas, algo que él mismo te regaló el mes pasado.

–Tendrá mala memoria. O es principio de Alzheimer.

–Ni principio de Alzheimer ni de Arquímedes. Yo pensaba que simplemente era despistado, desmemoriado…

–Pues eso, no le puedes culpar.

–No le puedes culpar hasta que te pones la misma camisa con la que le visitas todos los domingos y, al cabo de cuatro años, te hace la misma puta pregunta.

–¿Entonces por qué lo hace?

–Yo qué sé.

Y era verdad, yo no lo sabía en aquel momento. Por desgracia lo descubrí tarde, demasiado tarde, porque para entonces, ese juego absurdo que se traía conmigo pasó a estar justificado. Sandra acertó, aunque de chiripa. No sólo porque lo hizo con años de antelación, sino porque el día de la sudadera la enfermedad aún no había iniciado a erosionar los recuerdos de mi padre, o eso me aseguró y perjuró el doctor. Nunca pensé que podría ser tan doloroso llevar razón.

Publicado la semana 20. 13/05/2019
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