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Sergio L. Cruz

¡Mírame, Clark!

Podríamos pasarnos la vida así. Tú, removiendo cafés con leche y parapetándote tras tus gafas de Clark Kent, tu triste leche manchada y tu formalidad. Yo, devanándome los sesos, cambiando de perfume y ensanchando mi escote. ¿Y todo para qué? Para vivir este eterno día de la marmota. Llegar temprano para poder sentarme contigo en primera fila en Cálculo Numérico, intentar arrancarte unas palabras entre clase y clase, hipotecar mis digestiones con el rancho del comedor y desesperarme ante tu pasividad, tu mundo y tus prioridades. Pasarán las asignaturas, los años, y mis señales, mis intentos de conversación… Todos estos momentos se perderán, como poco a poco voy perdiendo yo las ganas de que tengas ganas. Tú sigues con tu discurso. Agradable y educado, pero también monocorde y estéril. Nunca una palabra fuera de lugar, un borrón en tu cuaderno. Me encantaría salirme del guión y cruzar las piernas fugazmente para hacerte bajar la mirada, o simular un orgasmo aquí en medio con la excusa de hacerte reír, pero me temo que eso, lejos de hacerte tirar las bandejas al suelo con un barrido de tu brazo para poseerme sobre la mesa, que por otra parte no aguantaría nuestro peso, provocaría en ti un efecto rechazo. Porque tú eres un niño bueno, de camisa por dentro y peinado con raya, y si aceptas mi compañía es porque mis notas son tan buenas como las tuyas. Te da igual que sea una de las impulsoras del cineclub de la facultad o que lleve el pelo como Molly Ringwald. A veces incluso me pregunto si has reparado en que tengo tetas. Por eso tengo que sacarte de aquí, que en tu caso pueden más dos libros que dos carretas. Y de hoy no pasa. En cuanto acabes de comentar tus vicisitudes con el graciosillo de la biblioteca me voy a levantar y…

–Hola –dice una voz femenina a mis espaldas.

–¡Andrea! –salta él, como un resorte–. ¿Te ha costado mucho encontrar esto?

–Para nada. Tampoco es que haya muchas facultades de matemáticas en la zona… He dejado la moto encadenada a la verja. No me multarán, ¿no?

–No, si nos vamos ya, que se nos va a hacer tarde si no. Bueno, no os he presentado. Celia, esta es Andrea, no sé si te he hablado de ella…

El nombre daba igual, hombre. De hecho, me habría dado lo mismo que no tuviera ese pelazo rizado o esa música al caminar. El caso es que te vas con ella. Y esto no ocurre porque yo salga mal parada en la comparación, o por falta de ganas de liarme a carpetazos para espantar a la intrusa, por pocas que fueran mis opciones. Se va contigo porque estamos en el minuto 15 y yo ya no vuelvo a aparecer hasta el 87, en la escena del cementerio, donde los guionistas han tenido a bien ponerme a tu lado para consolarte. A partir de ahí empieza otra película, pero esa ya la escribiré yo.

Publicado la semana 19. 06/05/2019
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"Cine, cine" (Aute)
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