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Sergio L. Cruz

Invasión

Es un problema de todos, y hay que atajarlo antes de que sea demasiado tarde. Así se lo dije al agente que me tomó declaración, a quien relaté la historia desde el principio, o desde mi principio, porque ellas ya estaban allí desde mucho antes de que nosotros llegáramos a la casa. Y digo nosotros porque por entonces yo estaba casado. Acababa de contraer matrimonio con una preciosa consultora con tacones altos y gusto por la vida rural, un oxímoron que yo firmaba gustoso. Nos mudamos a una pequeña población de aires limpios y agrícolas, bien comunicada, casa con jardín, comer perdices como objetivo.

No tardé en verlas. Al regresar a casa por la noche se dispersaban a mi paso, escondiéndose en alcantarillas o grietas de la pared. Es por la humedad, me dijeron, la proximidad del río. Me imagino que por eso el anterior propietario cubrió de madera las paredes del dormitorio, pero para mí suponía un problema. Los listones estaban repletos de vetas y nudos, de manchas oscuras en su mayoría ovaladas, que me quitaron el sueño desde que vi moverse a una de ellas. Mi esposa le quitó importancia, imaginaciones mías. Pues claro, no iban a ser suyas. Mi bella durmiente ignoraba la patente invasión; al principio por inconsciencia, pensé, pero luego descubrí que lo hacía para chincharme. No le gustaban mis continuas protestas y sobresaltos, y quedó claro por quién tomó partido. No estoy diciendo que se pusiera de parte de las cucarachas, claro, sino que prefirió apostar por la casa antes que por mí, y eso fue el principio del fin de la relación. Y de todo lo demás.

Antes incluso de haber firmado los papeles del divorcio, ya estaba viviendo en la capital, lejos del suelo y de los humedales. Incluso me hice con un gato; no por amor a los felinos, sino por protección. Pero fue eso lo que me hizo perder la partida. Como si de un ajedrecista púber se tratase, ese movimiento se volvió en mi contra, no lo vi venir. Y de nada sirvieron mis explicaciones, primero a los vecinos y más tarde a la policía. Era necesario abrir en canal al pobre animal para cerciorarse de que la gestación no se estaba llevando a cabo, no será por falta de precedentes en la historia de la ciencia ficción. Pero me negaban la mayor, porque según ellos no puede haber cucarachas en un piso quince de una ciudad de clima seco. Que no las vean no quiere decir que no estén ahí, les dije, y lo sabrían si, como yo, se hubieran pasado las noches con un ojo peinando la red en busca de información y el otro avizor, monitorizando los rincones oscuros del despacho.

En cualquier caso, creo que me han hecho un favor. Por un lado, la gente debe ser consciente de la amenaza, y qué mejor difusión que salir en portada de algunas webs de noticias, además de la publicidad que me han proporcionado algunos animalistas con sus protestas. Por otro, me han empujado a reafirmarme en mi causa, lo que me ha hecho más fuerte y ver el asunto desde otra perspectiva. Sigo sin dormir apenas por las noches, pero ahora no se debe a mi dificultad para conciliar el sueño, ni a lo incómodo del catre. Por las noches salgo de cacería, zapatilla en mano. Pese al reducido tamaño de la habitación, las hijas de puta encuentran mil maneras de entrar y esconderse, atraídas por este entorno mohoso y el olor a sumidero. Mis compañeros se quejaban al principio, pero los enfermos mentales son fáciles de convencer si les abordas por el flanco adecuado. Hay uno que se ha unido a mi causa y los enfermeros nos preguntan por las mañanas cuántas han caído la noche anterior. Mi respuesta siempre es la misma: demasiado pocas.

Publicado la semana 18. 29/04/2019
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Pearl Jam - "Bugs"
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