16
Sergio L. Cruz

No es la llamada que estaba esperando

Suena el teléfono. La lambada, el tono que tengo asignado a los números que no están en mi agenda. Nunca se sabe; descuelgo. Figuradamente, claro.

–Hola, buenos días, le llamo…

–Buenos días.

–...del conocido juego de los Euromillones, en el que puede obtener un lote de nada menos que 1000 apuestas gratuitas si acierta una sencilla pregunta…

–Señorita…

–...apuestas dobles y triples, que multiplican las opciones de ganar el bote de esta semana, que es nada menos que de…

–Señorita, por favor –alzando el tono.

–...dígame, dígame.

–¿Quiere usted convertirme en ludópata?

–¿En...? ¡No, claro que no! Pero usted habrá jugado alguna vez al Euromillón, ¿verdad? Todo el mundo lo hace.

–Yo no.

–A la primitiva, la bonoloto…

–Me costó un mundo salir de la heroína. ¿Y ahora quiere que me enganche a los juegos de azar?

–No, claro, pero no hay por qué engancharse…

–Usted no me conoce.

–No, claro, pero…

–No estoy diseñado para lidiar con adicciones. Y además nunca vienen solas: bebida, tabaco, sexo, sexo virtual… amor...

–Entiendo, entiendo. Mire…

–Y además me coge en muy mal momento. No es esta la llamada que estaba esperando.

–Disculpe; le podemos llamar más tarde si lo desea. Dígame…

–Estoy sentado en la baranda de la azotea de mi bloque, con las piernas por fuera. Tengo que darme prisa antes de que los bomberos monten la colchoneta…

–Disculpe, señor, pero le agradecería que dejara de tomarme el pelo.

–No le estoy tomando el pelo.

–¡No, claro que no! –alza la voz, colérica–. ¡Adicto a la heroína, al amor, a punto de suicidarse…! ¿Y qué más? ¡Ahora me dirá que tiene cáncer, sida y hemorroides, y que perdió a su señora en el Titanic!

–Perderla la he perdido, porque me dejó.

–Que típico, ¿eh? Mire, yo tendré un trabajo de mierda, pero al menos tengo dignidad. ¡Que tenga usted un buen día! –se despide, con un grito que satura el micrófono.

Dejo el teléfono de nuevo a mi lado, en los escasos centímetros que me cede el murete de ladrillos. A lo lejos escucho el efecto doppler de las sirenas, no dispongo de mucho tiempo. Hago señas a la gente que se empieza a congregar abajo mientras me pongo de pie con cuidado, aunque no tengo muy claro por qué esas precauciones. El coche de bomberos está justo enfrente, hay que saltar ya. Tomo aire, cierro los ojos, pongo un pie en el aire, y me permito el lujo, el que quizá sea mi último placer, de notar y dejar que sea la suave brisa de abril que sopla a mi espalda la que me empuje. Noto cómo mi cuerpo se inclina lentamente hacia delante y, por debajo del ulular de sirenas y el bullicio, percibo de nuevo el soniquete del teléfono. Esta vez no es la lambada.

Publicado la semana 16. 15/04/2019
Etiquetas
Kraftwerk - “The man machine”
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
16
Ranking
0 100 2