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Sergio L. Cruz

Cerrando Saturno 27

La primera vez ni siquiera fue digna de mención. El local aún era una ferretería, fui en busca de unos pernos y mi brevísima estancia allí coincidió con la hora de cierre, las 20:30. En su siguiente vida, el negocio ya se adentró en los terrenos de la hostelería y yo empecé a acabar allí mis salidas de los viernes, esas que nunca se planean y que se alargan cinco horas más de lo previsto sin salir del barrio. Y ese fue el patrón en las mutaciones subsiguientes: mismo local, distintas caras, distinta cocina, distinto momento vital.

Durante su breve vida como kebab lo cerré varias veces, muchas de ellas en soledad. Tampoco lo pusieron muy complicado. Los turcos de origen alemán que lo regentaban no tenían demasiada visión de negocio y dejaban de servir comidas pasadas las once, para estupor de los parroquianos. Meses después, el cartelón rojo con fotos de coloridos menús durum dio paso a una pizarra en la que se ofrecían las exquisiteces de la cocina castellana. Ahí fue cuando empecé a estirar los horarios y en ocasiones la paciencia del propietario, siempre en grata compañía, pues el cambio en lo gastronómico fue un aliciente para las escasas amistades que tenía por entonces. Nos gustaba quedarnos sentados en las mesas de la angosta terraza, ser los últimos en levantarnos, agotar las conversaciones propias e incluso las ajenas, cuando eran interesantes y plantábamos la oreja. Sólo nos levantábamos antes de tiempo si llegaba algún bocachancla y empezaba a hacer spoilers de las series del momento.

La última vez que nos sentamos en el restaurante Acueducto, que así se llamaba, nos echaron. Por cantar. Estábamos de cumpleaños, ya pasada la medianoche, y mi amiga tuvo a bien entonar a pleno pulmón todas y cada una de las canciones de su disco favorito de Serrat, que también era el mío. Tras ese bochornoso pero memorable incidente no regresamos en meses, y cuando lo hicimos nos encontramos con los colores de la bandera italiana en la fachada. No tardamos en entrar en sintonía con el propietario y montar nuestras fiestas a persiana bajada, tras la hora de cierre. Las personas rotaban pero los perfiles no. Jóvenes en paro, señoras que beben solas, fisios con lumbalgia, rockeros que no tocan. En el altavoz bluetooth se sucedían fragmentos de canciones que nunca llegaban a sonar enteras, tanto daba Metallica como Navajita Plateá. La selección musical era tan heterogénea como lo éramos los escuchantes y también bailantes, porque allí lo normal era improvisar coreografías con un botellín en una mano y un trozo de tortilla fría en la otra, mientras el dueño te explicaba qué lleva a un húngaro a abrir una pizzería, o un actor retirado te contaba cuando conoció a Michael Caine. Personas que, fuera de ese universo alternativo, en la vida real, probablemente no habríamos cruzado apenas un saludo al coincidir en la sala de espera del ambulatorio. Es quizá por eso que me pongo tan triste al pasar por el restaurante chino que ahora ocupa el local número 27 de la calle Saturno, porque tengo la certeza de que ese, al menos nosotros, no lo cerraremos jamás.

Publicado la semana 13. 25/03/2019
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City and Colour - “The Hurry And The Harm”
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