12
Sergio L. Cruz

¿No sabes quién soy?

Faltaban aún 35 minutos para la salida de nuestro tren y me senté en uno de los pocos asientos libres que quedaban en la estación, mientras mi chica iba a buscar una botella de agua. No había dado dos pasos cuando ya se habían ocupado todos. La gente empezó a sentarse en el suelo, contra las columnas, por los rincones, una multitud heterogénea y egoísta. Agrupé las maletas y los abrigos lo mejor que pude para que ningún rezagado se las llevara por delante. Ya agotado antes de partir, cerré los ojos por un instante como quien baja dos persianas.

–¿No sabes quién soy?

La voz provenía del asiento de mi izquierda. Antes de identificar timbre, género, edad o cualquier otra característica, en mi cabeza ya se había encendido una baliza luminosa. Giré la cabeza y allí estaba esa mirada delirante, con una sonrisa tan corriente como la de cualquiera, pero que a mí me acababa de retrasar los latidos del corazón.

–Cuánto tiempo, ¿eh? –preguntó, y sólo con eso ya supe lo que seguiría.

–Mucho… –dije, con la mitad de mi voz.

–¿Qué, de viaje?

–Más o menos...

–¿Qué estáis, viviendo fuera ahora, no?

–Sí...

–¿Dónde, estáis? –preguntó, con una pausa entre las dos palabras para resaltar la primera.

–Barcelona… Bueno, Sabadell… –mentí.

–¿Porque tú estabas en qué empresa?

–La de siempre… ¿Y por aquí qué tal? –acerté a preguntar, con un ojo en el camino por el que se había marchado mi novia.

–Muy bien, hombre, aquí de excursión… Qué casualidad encontrarnos, ¿verdad? ¿Cómo está Sandra? Se llamaba Sandra, ¿verdad? –preguntó bajando el tono y poniendo una expresión entre disculpa y duda.

–Bien, está bien...

–Sigue trabajando de psicóloga, ¿verdad? ¿Ha venido? –indagó, abriendo los ojos exageradamente y mirando como el que se ha perdido.

–¡Ostras, mi tren! –grité, a la par que me ponía en salto–. ¡Hasta luego! –me despedí, sin mirar atrás y arrastrando como pude todos los bultos.

Su voz se siguió escuchando durante unos metros, despidiéndose desde su asiento como si fuera un familiar, con un “hasta luego” que preparaba el terreno para el siguiente e inminente encuentro, mientras yo avanzaba a trompicones hacia una figura lejana lo bastante parecida a Sandra como para decidirme a jugar esa carta, intentando no pensar en que podría haberme equivocado. Tras unos instantes que se me hicieron eternos, la nube de personas se dispersó lo suficiente como para respirar aliviado. Allí estaba, sorprendida de verme llegar pálido y sudoroso. En sus manos sostenía una botella de agua a medio beber y un café que no pensaba tomarme.

Publicado la semana 12. 18/03/2019
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
12
Ranking
0 91 4