11
Sergio L. Cruz

Gila al aparato

Al final cupo todo. Las diez cajas que pedí a la empresa de mudanzas han sido suficientes para empaquetar esta extensión de mi persona, la que llevo conmigo a todas partes, a modo de horrocruxes involuntarios. Agotado, apático, me siento en el sofá y pongo la televisión, uno de los pocos cacharros que no me llevo. La otra opción habría sido encender la lavadora vacía y ponerme a mirar cómo da vueltas. En la pantalla silenciosa, la redifusión de un programa de Gila de 1994, con motivo del centenario de su nacimiento. Recobrado el aliento, llamo al responsable de mi proyecto para cerrar el último cabo suelto, la devolución del portátil corporativo. Descuelgan al otro lado pero no se oye nada.

–Hola… ¿Julián?

–¿Sí? –responde una voz que parece muy lejana.

–Hola, querría hablar con Julián.

–¿De parte de quién?

–Está esperando mi llamada, había quedado con él…

–¿A qué hora?

–Pues sobre las siete.

–A las siete estamos todos acostados.

Perplejo por la respuesta, dejo de hacer garabatos en un papel, como es mi costumbre al hacer llamadas rutinarias, y al levantar la vista veo en la pantalla del plasma a este señor, ataviado con ropaje militar, al teléfono. Me río para mis adentros, pues por un momento creí estar volviéndome loco. Busco el mando del televisor y pulso el botón de mute, cuyo icono se superpone en rojo a la imagen. Cojo el teléfono de nuevo para volver a marcar, y para mi sorpresa veo que sí hay una llamada en curso, 34 segundos y subiendo. Me llevo el aparato al oído.

–Ayer estuvo aquí el espía de ustedes, Agustín, uno bajito… –continúa la voz.

Asustado, en un acto reflejo, corto la llamada y tiro el móvil al sofá. Enfrente de mí, Gila sigue con su monólogo. En algún momento he debido activar de nuevo el sonido antes de soltar el mando a distancia, aunque ignoro por qué nadie respondía a mi llamada en el otro lado. Entre confundido y aliviado, me voy a preparar un café para despejarme. De todos modos Julián tiene que llamarme hoy, él es quien necesita recuperar el portátil, al fin y al cabo. Como si le invocara, en mi salón suena el politono de la lambada. Al descolgar, con la agitación, no entiendo la primera frase.

–Sí, perdone, no le he entendido, ¿puede repetir?

–¿Está el señor Emilio, el ingeniero?

–Sí, soy yo –respondo, algo desconcertado por el tratamiento–. ¿Quién es?

–De parte del ejército. Señor Emilio, que le llamo para un asunto de reclamaciones…

–Mire, si es una broma, le aseguro que no tiene ninguna gracia…

–Es que de los seis cañones que mandaron ayer, vienen dos sin agujero…

Miro a la pantalla y allí sigue el maestro Gila, soltando (soltándome) su monólogo (diálogo). Asustado, cojo el mando y apago el televisor. Pero la voz del teléfono sigue con su perorata…

 –Emilio, para cuándo crees que…

–¡Hagan el favor de dejarme en paz! –grito, desesperado.

–Bueno, hombre, tranquilo, que te dejaremos en paz en cuanto entregues el portátil, vaya carácter. ¿Podrías estar aquí a las siete, como quedamos…?

–C-c-claro, por supuesto –dije con esfuerzo–, a las siete. Recuérdame la dirección de la sede, por favor...

Tras finalizar la llamada y pasar el bochorno más grande de mi vida, me noto estúpido y agotado. Al volver la mirada hacia el frente, en la pantalla silenciosa sigue apareciendo Gila, ya con su auricular colgado y un mudo parloteo dirigido al espectador. Acerco la mano al mando a distancia pero no me atrevo a subir el volumen, no vaya a estar contando la conversación que acabamos de tener.

Publicado la semana 11. 11/03/2019
Etiquetas
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
11
Ranking
0 193 6