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Quidec Pacheco

Furias

Ante la reina Miola era evidente. Tenía una corte entera bajo las cuchillas mojadas, púrpuras sangrantes del Castillo Remuneración, precisamente para investigar lo que su espíritu de purificación no revelaba. Un muchacho de cabellos naranjas fue traído, apresado por las muñecas con amatista en polvo, luego endurecida con miel encima de sus manos. Ella tenía lágrimas pintadas en su rostro con lila, un vestido duro y difícil de ceñir, el báculo extraño, como torcido de dolor, y el cabello más rubio del reino. Su ojo miraba dentro, era evidente.

- Me dicen, muchacho, que tienes un rencor escondido.

La sangre y moretones de su rostro desafiaron la mirada de Miola.

- No tengo. Es diferente.

Ella bajó las escaleras con prisa y rostro mineral. Levantó en alto el cetro, que ahora mostraba en su parte baja un cuchillo pelador anexado. Los guardias a los lados sostuvieron sus brazos con fuerza para exponerle el pecho. Se detuvo a centímetros de su corazón.

- Es tu última oportunidad para explicar, chico. Recuerda que un solo rencor en el reino puede traer la ruina de todos en Remuneración. Mi Corte de la Conciencia me dice que recientemente fuiste expulsado después de años dentro de una pareja.

- Sí.
- Ahí está. Veo algo que se mueve dentro. Rencor, probablemente.

Los ojos de la reina bañaban como faros de mar todo lo que veían. Dentro del muchacho, un embrión espiritual se sacudía, y aunque todas las potencias emocionales exudaban el mismo color de luz blanca, las más potentes por mucho eran las de rencor, entonces fáciles de extraer para la reina.

- No es rencor. No guardo rencor.

La reina aguzó la mirada. Apagó sus llamas oculares y caminó alrededor del chico con pasos callados y manos relajadas. Él respiraba rápido, un esfuerzo por no desplomarse del dolor en su cuerpo. Las puntas interiores del castillo parecían cardenales gigantes y afilados en la piel del reino.

- Mis Conciencias me dicen otra cosa. Hablan de que tienes una vida de traiciones, que perdonas rápido.
- No fue una traición.

Miola hundió el filo por debajo de las costillas del muchacho, y lo retiró pronto. Luz en la punta, absorbida por el báculo. Siluetas empezaron a bailar en las gotas blancas, frente a Miola que las chupó. El chico y una mujer, un poco mayor. Besos con sonrisas, luego sombras.

- Si no me das la verdad, no te la puedo arrebatar sin matarte. Si te la guardas, todos peligran. Te mando a la Prisión de Confesiones, hasta que admitas tu furia y me dejes extraerla, o hasta que explotes.

Con un ademán los guardias llevaron al chico fuera del salón, que la luna alumbraba con rebotes violeta, pintando de un color suave los cabellos áureos y la cara desdichada de Miola. Sus conciencias le tocaban el hombro para calmarla, pero ella pidió llorar en soledad la tristeza ajena que ya masticaba: blanca, luminosa y suave.

En las celdas, el muchacho no dormía. No lloraba. La piedra morada y transparente mostraba el exterior del castillo: los cientos de metros de elevación en donde estaba, pero también creaban un juego de espejos con la luna, las flamas de las antorchas y su propio rostro. La Prisión de Confesiones. Tomó unos minutos, pero logró ver a una chica en la misma celda: sus cabellos eran salvajes y extraños, explotaban alrededor de su cráneo en dobleces, rizos y marañas. Al principio creyó que eran espejos en metales cobrizos dentro de la celda en la noche, pero entendió al completar la imagen en su cabeza: los ojos de la chica eran rojos, con luz propia. Y se acercaban.

- ¿También te aferraste a tu rencor?
- No.

Se acercó al rayo que bañaba la parte de la celda del chico. Pecas, y un cabello café muy revuelto. Más pequeña que él.

- Explotas. Ahí explotó uno.

Él levantó la mano de la cama, había sangre seca. Ahora notaba qué era esa sensación en la madera.

- Las gotas de las cuchillas sangrantes te revientan. Si estás cerca de una explosión, se te pega.

La cara se acercó, y recibió una línea de luz de las rocas traslúcidas: las pecas eran lunares rojos. Furias.

- Yo aquí me voy a quedar, por mis Furias. Tú no tienes rencor, pero se te puede pegar, ¿eh? Tienes que salir.
- Soy inocente.
- Aun así, te van a comer. Es para la panza de Miola y su Corte de la Conciencia. Mira, yo ya iba a reventar como quiera, así que hazte para atrás.

El muchacho retrocedió con la mano en su corazón. Ella miró afuera de la celda, apretó los lunares de su cara con fuerza y se inflaron como pústulas y granos tensos. Después de unos segundos silenciosos, reventó con un bum poderoso su cara, que también tumbó la puerta. Tomó el cuerpo vacío entre sus manos: donde había pecas, ahora había un hoyo de la explosión revelando el hueso del cráneo, sangre, y unos ojos sin párpados que se posaron en él con últimas palabras.

- Todavía tienes peligro en ti. Todos cargamos furias al final.

Suspiró, y él la posó en el suelo antes de correr.

Las horas que el muchacho se perdió en los pasillos interminables de la Prisión de Confesiones fueron grandes. Los muros eran gruesos, de una piedra amatista brillante y clara, así que a veces veía siluetas que podían ser guardias del otro lado del muro o su propio reflejo. Escondido en esquinas pasó horas, caminando entre sombras ligeras y recovecos, escuchando verdades tristes que reventaban coléricas desde fondos de pasillos. Al fin, muy por debajo de la altura en que empezó, se topó con un gusano de su mismo tamaño. Tenía un círculo de colmillos en el frente, y además bocas a lo largo de su cuerpo cilíndrico. Las bocas moqueaban, lloraban y relamían sus lágrimas saladas, sin dientes.

- Tú no lloras, muchacho. ¿Qué haces vagando los pasillos sin furia? Acabas de perder un amor denso, ¿no?
- No. Perdí la fuente.
- Es la misma cosa.
- No es lo mismo.
- ¿Ves? Ya te andas poniendo furioso. Mete tu mano en mis hoyos tristes.

Hizo caso, porque los dientes puntiagudos comenzaban a girar y masajear la quijada, y el muchacho no se quería morir todavía. Adentro, había un moco morado que se pegó a su mano. Apareció ella, sentada en el borde del río, descalza como cuando la conoció. Se sentó al lado -se había sentado, esto había pasado- y él pasó sus dedos por debajo del cabello largo, café. Rascó la cabeza con sus uñas y ella se recargó en sus hombros. Le habló sonriendo, pero llorando. La edad se le veía un poco al lado de la boca, en las orillas de los ojos. Se fue después de justificarlo, llevándose todas las posibilidades de enfurecerse. Apretó el pasto bajo su mano, pegajoso con sus lágrimas. Se acostó en las hojas suaves, calientes, que lo abrazaban y despertó ahogándose con la mitad del cuerpo dentro del gusano y sus salivas moradas. Forzó su salida y tosió las flemas retorciéndose en el suelo. El gusano giró para encararlo.

- ¿Cómo? ¿Estás triste, pero sin furia? A lo mejor sí hay diferencia.

Por la proeza, el gusano perdonó al muchacho y siguió su camino, pues no estaba bajo la jurisdicción de Miola, sino que naturalmente vivía para ahogar furias o sacarlas a ras de piel. Le recordó, sin embargo, que la única salida de Remuneración era a través de la sala del trono, desafiando a la Corte de la Conciencia.

¿Cómo se vence la muerte del amor? Todo debe morir, le han repetido tanto, pero, ¿la bondad también? ¿La maldad? Esas cosas se mantienen solas. Tal vez hay cosas que no mueren, que son sin nosotros y solo se nos permite tocarlas a veces. Esto pensaba al acercarse a los aposentos de Miola, sin saber aún qué iba a hacer.

Abrió la puerta helada y lisa, mármol entre amatista. Dentro, ella dormía sin corona: una gran cicatriz en su sien bajaba hasta su quijada, el cabello rubio sobre las curvas de su nariz, en su cuello y hasta el suelo bajo la cama. Cerró la puerta, tomó una silla que arrastró sin ruido sobre el suelo pulido y frío y carraspeó sentado. Miola abrió los ojos, consciente de su situación en segundos. Tomó asiento en la cama, sin miedo.

- ¿Has decidido, muchacho?
- Sí. Me voy, no tengo furia.

Ella talló sus ojos con fastidio, luego lo miró desafiante.

- Todos tenemos furia, chico. La cuestión es cuándo, y en estas situaciones, siempre llega pronto. Sobre todo, después de largos emparejamientos. Mira acá -se levantó el cabello para lucir la cicatriz- esto fue antes de que él explotara. Logré utilizar mi Filo de Duelo para extraer mi furia antes de reventar y casi me mata. ¿Sabes cuántas personas se meten un cuchillo en la cara por su propio bien? Por eso la Corte de Conciencia ve por el bien de todos, mete cuchillos noblemente, pero tú no vas a sobrevivir la extracción. Créeme.

Se empinó sobre él, majestuosa, y sus ojos brillaron púrpura. El espíritu de purificación rondó los cabellos naranjas del chico, su rostro sorprendido y las manos heridas por el polvo con miel que lo apresó horas antes. Hebras filosas apuntaron a su cuerpo, todas saliendo de las lágrimas que lloraba Miola como serpientes fosforescentes.

- Vamos a batirnos en duelo estético, y si sangras furia, tengo permiso completo de removerla a costa de tu vida. Si ganas, marchas libre.

Asintió, y las hebras penetraron por sus ojos. Ambos estaban en una bóveda limpia y clara, preparados a combatir. Las manos reconciliatorias del chico se movían con presteza marcial, hacían símbolos en el aire preparando sus ataques. Miola dibujaba ángulos fuertes y poderosos en el espacio frente a ella, sus manos extendidas y rectas.

- Adelante.

En dos pasos ya estaban al alcance y ella cortó con fuerza el espacio entre la cara del chico y sus dedos. Esquivar, recibir y agarrar. Con fluidos reveses, el muchacho dio dos, tres ganchos al hígado de espaldas a ella, que torció su brazo para quebrar el hombro con fuerza y un hachazo de mano. Él, soltándose rebotó sobre uno de los pies reales y conectó un puñetazo reconciliatorio en la cicatriz facial, pero ella cortó con tres, cuatro, cinco contraataques al cuello y coyunturas, agarrándolo del cabello y arrojándolo con vueltas por el aire. El chico se levantó calmado, limpiando la sangre blanca que salía de su nariz.

- Ahí está. Furias.
- No son furias.

Regresó a la acción y mantuvieron un forcejeo difícil y tropezado por minutos: él en movimientos suaves y sorpresivos, ella con golpes directos y separadores. Terminó sometiendo al chico -no por nada era reina de Remuneración- y comenzó a beber su sangre blanca de las heridas abiertas.

Abrieron los ojos, ambos lloraban tomados de las manos, en los aposentos de Miola. Ella le acercó su bastón, limpiando su propia cara, pero sin evitar nuevas lagunas en sus ojos. Él dijo:

- Mis manos no están hechas para la furia. No quiero.
- Este reino está construido sobre cimientos migratorios. Gente que huía del rencor y decidió enfrentarse a la propia decadencia desentrañándose con filos. Ningún lugar puede hacer esto más simple que Remuneración, aunque no deja de ser difícil.

Le rodeó las manos. Su cabello rubio era más luminoso que antes, sus ojos púrpuras lo enfocaban enrojecidos por las lágrimas.

- La furia es la consecuencia lógica. No desaparece, pero tal vez la puedes transformar, como yo lo hice.

Él hundió la punta filosa del báculo en su pecho, entre las costillas. Un dolor brillante punzó y todo terminó. Pensó en las decisiones y cómo elegimos amar. Hay quienes eligen por siempre y para siempre, dádiva potente por decisión propia que transforma. Y luego hay quien detiene su amor, por razones válidas. Cuando solo hay uno que ame, ¿se puede seguir siendo amor? El amor de uno se va como vapor de la boca del que quiere, sube y se condensa en las paredes del tiempo, se cristaliza como testimonio de lo grato, alguien más puede tomar esos cristales de miles para pulirlos, crear gemas preciosas que se regalan en los momentos, los instantes que no duran. Querer es una piedra sublimada que alguien ha de utilizar como joyería.

La furia es pasado. La pausa es abandono. El perdón es teodicea.

Publicado la semana 52. 29/12/2019
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