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Quidec Pacheco

El Ingeniero

Carraspeas antes de pedir que te repitan la pregunta.

— ¿Seguro que desea involucrarse en esta hazaña?

Piensas un rato en la aventura. El viaje.

— Por el bien que traerá, a todos y a mí.
— Y mire, no sabemos qué vaya a pasar, pero si es la mujer perfecta tarde o temprano no va a bastar un hombre humano. Es el prototipo para que al terminar de recabar la información podamos crear la contraparte.

No te importa mucho. La verdad no tienes fines románticos, es el espíritu filántropo de tu fallecida exesposa que te mueve fuera de las ingenierías. Asientes con rostro satisfecho, ante la sorpresa cómoda de la científica. Te lleva por escaleras y muros de tubos a sótanos vaporosos, bolsillos subterráneos de personas llorosas: pisos pegajosos con lágrimas y mocos, una línea de consejeros atendiendo mujeres y hombres descorazonados por las varias ejecuciones del programa simulador, engarzando sus sentimientos para siempre. Ves la sonrisa nerviosa de la científica, con su pelo corto no tiene en dónde entretener sus dedos.

— Son los sacrificios que hacemos, eh, por el bien de la—
— De la ciencia, yo sé.

Continúa hacia el frente, tú sabes que se necesita mucho para volver a romper tu corazón. Por eso este trabajo es infalible: sientes amor, pero muy general; lo más sencillo de la muerte es entender que no regresan, y entonces ya, puedes extrañar para siempre y la esperanza se entierra.

— Ella. Le pusimos Ocho, y le pido que no le cambie el nombre.

Con la mano presenta una chica de cabellos cafés, vista torpe, rodillas zambas y un peso bastante promedio.

— Me gusta la elección estética —dices— ¿quién la hizo?
— Está calibrada a los resultados de sus exámenes.

Sonríes. Mentiste en los exámenes, pero aún así le atinaron. Te la llevas a casa en una caja, desde donde te ve y te sonríe con calidez. Regresas la sonrisa ingeniera. Ausente.

Van días, y ya empezó a leer. Le mueves los cabellos cuando notas el movimiento de sus ojos, y la vocecita suave que te pide cambiar la página. La cargas a todos lados, y con su cuello mira lo que le interesa, te sientas a sus espaldas porque te ve todo el día. A veces mueve un dedo, dos, pero sabes que falta un poco más para que aprenda a moverse. Es después de meses de silencio que dice sus primeras palabras.

— Hey.
— ¡Dime, Ocho! ¿Qué pasó?
— Te amo.

Luego te sopla un beso. Sonríes cómodo y le dices un yo también, y aunque es verdad, es un amor genérico, amor de cuidador de dos meses por contrato. Te sientas a su lado, y recarga su cabeza en tu hombro, con sus dedos empieza a jugar con tu mano y hacerte preguntas. Te sientes bien. Esto está bien.

Seis meses, y ya camina sola. Tiene una base energética a la que se conecta cada noche para recargarse, pero a veces se le olvida por pasar tiempo contigo y sus pasatiempos: dibujar, ver anime, cuidar las plantas. Tú, un hombre de ciencia, no entiendes mucho de ninguno de los tres. No tienes tiempo a tus 27 años para dedicarle a estas cosas. En las visitas mensuales al centro ella puede pedir premios al cumplir ciertas cuotas, y ahora fue un celular. No deja de mandarte memes de un tal Chobits, que porque ella es un robot. Ese no es el término le dices juguetón. Sonríes un poco, te sientes cálido. Dejas el celular al lado y sigues croncheando numerales en la oficina, pensando qué vas a llevar de cenar.

Un año, y pareciera que todo lo percibe por instinto. Los límites, los temas de conversación, la cantidad adecuada de molestia que aguantas: afinada como un motor millonario. Y es un motor millonario, no lo olvidas, pero eso solo hace que sea más divertido manejar el auto. Ya tiene trabajo y un plan de ingresos contigo para financiar unas vacaciones: quiere ver el sur de México, pero sinceramente, con estar contigo basta. Y le crees, pero le dudas. Es una máquina, ¿cómo te puede querer? El grado de afinación psicológica es sorprendente: tiene errores, y hay discusiones, pero siempre se arreglan y hasta tú, señor Doctorado en Mecatrónica, te has disculpado varias veces. Te has dispuesto a disfrutar más de cosas que abandonaste, como la música o ver programas de preguntas, y hasta una que otra serie con ella. Te lleva a las convenciones de cómics, te invita a veces las cenas, te pasa los dedos por el cabello y junta su frente con la tuya y te abraza para siempre y te da besos eléctricos. Es como enamorarte de tu licuadora porque licúa bien. ¿O no? Ya la empezaste a abrazar por detrás y a contarle lo que piensas y sientes, ya empezaste a comprarle la comida que le gusta, a buscar su risa en todas las palabras. Estás aceitando la máquina, claro, estás probando el motor que pronto te van a quitar para vender… ¿por qué no manejar hacia el horizonte?

Son agradecidos. Por dos años de relación (¡y los que faltan!) decidieron meterse a clases de baile, y ella es mucho mejor que tú, pero disimula para que no te desanimes. Salen de noche y se van a una colina de la ciudad, donde hablan y se abrazan y te quedas dormido en su regazo mientras ella acaricia tu pelo. Te despiertas buscando tus lentes, con unas cuantas hormigas encima. Ella, por el baile, descargó toda su batería. Te la echas al hombro como en los primeros días y marchas a la casa, donde la conectas, y al volverle la energía está lista para celebrar dos años de relación. Le explicas qué pasó y se entristece un poco, pero te hace preguntas para que describas todo el día y llora por mucho: porque le encanta, porque no se acuerda, porque te ama profundamente y para siempre y jamás se le va a olvidar. Eso dice, pero es una máquina. Sonríes de ingeniero, te sientas en tu escritorio mientras ella dibuja y sientes un barco sin amarres saliendo al mar, perdiéndose sin supervisión ni dirección. A la deriva del puerto cálido. Ella deja su herramienta en el escritorio agresivamente. Se pone de pie y marcha furiosa hacia ti. Te abraza y te besa eléctrica, punzante, llorando: no quiere que pienses que es una máquina, que no puede amar o que no siente. Te rasca la cabeza como te gusta, y buscas dentro de ti el ancla para tirarla en la costa, y buscas, y buscas. Y buscas.

Cinco años, ¡los más felices de mi vida! escuchas. Tú no sabes. Sí. Sí eres feliz. ¿O no? Quién sabe. Ella se ha convertido en una gran artista, la gente ya le está pagando por su obra y tú, en el mismo trabajo de oficina mecatrónica. Sí, alguno que otro ascenso, pero es claro que ella va a ser mejor: es un robot. Tú también has avanzado mucho, amor. Te ahoga con un abrazo y hueles el metal bajo su piel tersa. Lo nota y te suelta haciendo un puchero. Ahora quieres el abrazo, pero no, es muy perfecta. Sí, que te abrace. No, ya mantuviste esta mentira durante cinco años, tienes que decir la verdad. Pero la verdad es que te enamoraste de un robot, que no puede amarte porque es metal. ¿Qué importa de qué estoy hecha? te grita entre lágrimas. Habla de lo que siente, de su identidad, del amor profundo que te tiene por ser quien eres. Claro, puedes mejorar algunas cosas, todos podemos mejorar, pero ella te quiere así. Ella se estira los cabellos cafés, y una parte del cuero cabelludo se viene con la fuerza: metal brillante, en todo el contorno derecho de su cara, ahora sin oreja. ¿Qué tengo que hacer para que me quieras? Soy fiel, me esfuerzo por adaptarme a lo que te gusta y tú haces lo mismo, me gustas mucho, así como eres, me encanta pasar tiempo contigo y escucharte hablar de mecanismos, de lo aburrida que piensas que es tu vida, de tu amor por las papas fritas. ¿Qué hice para que me dejaras de querer?

Te quedas callado. Corres a la recámara y ella te sigue. A pesar de su fuerza hidráulica y mecánica, al querer detenerte se calibra para ser más débil que tú. Arrancas el cargador de la pared. Lo destruyes. Ella llora en el piso, no entiende qué hizo para que te sientas así, y piensas que a lo mejor puedes amar a un robot. No, no puedes, ¡qué locura! Despierta del sueño y devuélvela al fabricante. Ella pide, mínimo, que le dejes llevarse sus materiales de arte y las cosas suyas. Esperas al lado del carro con la cajuela abierta mientras ella recoge sus pertenencias, filosofas si los robots pueden tener pertenencias, o si todo le pertenece a su dueño.

El viaje es silencioso, doloroso. No sabes si lo que estás haciendo está bien o mal, pero es claro que un robot no puede ser fuente de amor. Ella está cerca de apagarse, pero no quiere, va escribiendo todo lo que sucedió en su celular para recordarlo al despertarse. Se mantiene consciente todo el camino hasta llegar a la compañía, que te recibe con un procedimiento usual: acercan una silla de ruedas ya preparada y la llevan a tu lado. En un esfuerzo por seguir despierta, se queda en estado vegetativo, pero aún escuchando y viendo. Lágrimas salen de sus ojos, mientras bajan, bajan, bajan a la parte de proyectos experimentales. La línea de robots en piel humana gime y llora, quebrados del corazón. En un punto de división, un ingeniero se la lleva a la derecha, y tú continúas por la izquierda con la misma científica de hace cinco años.

— Tardó más de lo esperado. ¿Tiene preguntas del proyecto, de algo durante estos cinco años que no haya preguntado en las citas mensuales?

Piensas un rato.

— ¿El amor es de verdad? El de ella.

La científica aprieta su barbilla, pensativa.

— ¿El suyo es de verdad? Con su fallecida esposa, y con Ocho, ¿Qué diferencia hubo?

Asientes. Entiendes. ¿Quién puede decir?

— Bueno, al final, era un robot.
— Hasta donde usted quiso.
— ¿Cómo?
— Ella está programada para tomar acciones consecuentes, lógicas, según preceptos que aprende en su etapa de gestación. No son robots programados para amar, sino para decidir. El amor solo es consecuencia de la libertad, no podemos programar aún el afecto.
— ¿Decidió amarme?
— No sé. ¿Le enseñó bien qué es el amor? Todo el trato que tuvo hacia usted salió de los aprendizajes sociales que obtuvo mientras la cuidaba los primeros meses.

Haces silencio. Miras hacia el ventanal al lado de la oficina y ves a Ocho conectada a un cargador, hablando con un psicólogo entre lágrimas y dolor. Tiembla, se cuestiona, tiene ira, pero también dudas, escuchas lejos un no entiendo cuándo me dejó de querer, aunque ella no te puede ver del otro lado del vidrio. El psicólogo dice a veces hay que aceptar que no hay respuesta. Ella recibe su cabeza entre las manos y solloza más fuerte.

— Lo va a extrañar para siempre, señor. Eso no lo podemos controlar. Recomiendo que no la vuelva a ver jamás para que pueda reconstruir su vida con una sana distancia.
— ¿No la puede formatear?

La científica parecía muy sorprendida de la sugerencia. Dijo indignada:

— ¡Eso es inhumano!

Publicado la semana 50. 12/12/2019
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