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Quidec Pacheco

Pieles

Llegó con pop magenta, cabrón. Guitarrillas ochenteras de japón reventando en las ropas ondeadas de los de aduana, jalando su mochilita de ruedas al ritmo: taca-taca-taca-tac.

- ¿Amor?
- ¡Hola! ¡Te extrañé!

Ella se carcajeó, luego bajó los audífonos recios de sus orejas y se levantó los lentes oscuros.

- ¿Qué me dijiste?
- ¡Que te extrañé!

Le dije con todos los dientes. Ella me dio un abrazo a medias, desconcertada. Tal vez esperaba regresar sola a la ciudad. Viendo al cel en el camino y mascando un chicle, mi novia se veía muy distinta a cuando se fue con lentes de 9 de graduación y unos pines de creepypastas en su mochila. En el carro me dijo con algo de emoción.

- Te traje una sorpresa, para que andemos en la misma onda, churri.
- ¿Y eso? ¿Churri?

Pero ya no me contestó: estaba muy concentrada en contestar mensajes.

Después de encontrármelo en el cereal, arrancarlo de jabones y despegarlo de mis camisas por meses, esperaba su cabello negro. Pero ahí de pie, viéndose al espejo, ya no estoy tan seguro. ¿Pelirroja? Y aparte pecosa, de piel blanca. Mi novia giró y con una mano cómoda en la cintura me dijo:

- ¿No te la vas a probar?

Vi la piel sobre la cama: un traje de epidermis tersa, bronceada y oscura. Cabello rubio en el traje -el mío es chocolate- y una cara extraña.

- ¿Por qué quieres usar los trajes?
- Ay, no sé, para intentar algo nuevo.
- ¿No tienes ganas de verme?

Ella se detuvo en medio de la camisa que se estaba poniendo, para darme una expresión extrañada y caucásica. Bufó, y después de la indignación para pensarse la respuesta, me aventó un:

- Todas las semanas hablamos. Pensé que ibas a querer un cambio, algo nuevo. Refréscate un poquito.
- ¿Tú te refrescaste allá?

Me miró dudando que yo supiera algo. Luego reafirmó que no, no había manera de que yo supiera. ¿Qué? Ni idea, pero si algo sé hacer bien, es leer las caras de mi novia. Terminó de vestirse y se fue a la sala. Yo, bastante escéptico del méndigo cuero, me la pasé un rato viendo la tétrica piel sobre la cama. Hay cosas similares, y hay cosas diferentes de ella, pero creo que apenas se anda ajustando de España a acá. Si no me quisiera, me lo hubiera dicho hace mucho en lugar de buscarme todos los días con mensajes. Sí, ando delirando me dije, mientras acomodaba la piel nueva sobre mi piel original.

En la noche, desperté al sonido de metales chocando. Algo de fondo se ahogaba. No. Era un gemido entre saliva, profundo y grave. Algo como cuando jalas aire y hablas. Contra la luz del baño estaba mi novia. Pelo rojizo, con pecas en la espalda, aunque aún podía ver su boca abierta.

- GO… GO… GO… ¿qué haces despierto, bebé?
- Escuché algo. ¿Eras tú?
- Ah, pues sí. Ahora hago gárgaras en la noche. Es una costumbre de mi roomie.
- Te estás durmiendo con la piel.

Miró con desinterés sus brazos blancos, y se encogió de hombros.

- Ay, pues, no sé. Vive un poquito, amor.

Regresamos a la cama, pero yo no vi ningún enjuague bucal en el lavabo.

El día siguiente, cocinó en la mañana: tortilla española y pera rebanada.

- Pera.
- ¡Come, churri!

Levanté el pedazo blanco, lo sacudí en frente de su cara.

- Eres alérgica a la pera.

Ella, relajada como cuando se bajó del avión, no reparó en mi comentario, metiéndose 3 en la boca.

- A que no.

Me puse de pie, marché a la cocina, abrí el cajón de las medicinas y busqué un rato. Hallé las jeringas y el bote medio usado, levantándolo triunfal en mis manos.

- ¡Mentirosa! Estas me las dio tu mamá por alguna emergencia, tiempo antes de que te fueras al viaje.
- ¿Todo esto es por el viaje? ¿Estás así por el viaje?

Bufó. Yo agarré aire y hablé con más fuerza.

- No tiene nada que ver con el viaje, tiene que ver con que no eres tú.
- ¿Cómo que no soy yo? Estás loco. Mi mamá siempre ha sido una pesada, no soy alérgica.
- Tú se las pediste. Me dijiste que fuera por ellas porque podías tener una emergencia.

Ella arrugó la nariz con coraje. Tiró el plato de cristal de la mesa -no era violenta- y se paró taca-taca-taca-tac con sus tacones -ella no se arreglaba temprano en domingo- buscó sus llaves en la canasta de la entrada -jamás las ponía en su lugar, siempre las llevaba en su bolsa- y con un gemido de enojo decidió salir de la casa de una vez y ocuparse de conseguir carro luego.

Se paró en seco en el pasillo de la entrada.

La veía por la ventana de la cocina.

GO… GO… GO… se arqueaba como vomitando. Se arrancó el saco español de encima y con sus manos en los muslos, seguía GO… GO… GO… con arcadas violentas. Quise ir a ayudarla, pero mis sentimientos estaban cambiando. Vomitó un moco negro, litros, en el suelo del pórtico, y creí ver el rostro débil, entristecido de mi novia en aquella masa del suelo.

La chica pecosa carraspeó, volvió a ponerse el saco y salió de la casa con una mirada confundida, como sin saber dónde estaba, cómo llegó ahí, y por qué un extraño la observaba desde una cocina.

Fue la última vez que la vi, y nunca supe dónde consiguió esos tacones: no había ni un par en su zapatera.

Publicado la semana 49. 08/12/2019
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Escuchar: Cuco - Bossa No Sé , Leer si te sientes otro o vez un extraño en tu otro usual.
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