47
Quidec Pacheco

La Marcha Larga

Un adolescente en el café escribía sobre una pescadora encerrada en un faro en la temporada de marea alta, que se entretenía leyendo un libro sobre las costumbres de los isleños antiguos. Le entretuvo, sobre todo, por su corazón romántico y sus rodillas temblorosas, el cuento de la Marcha Larga. Añoraba salir a caminar, recoger regalos botánicos para el novio que conocería al regresar después de las tormentas, pero por mientras, tenía que conformarse con historias de sacrificios amorosos. Decía que “al encontrar pareja, los lugareños debían tomar una decisión importante: vivir rascándose con sus propias uñas, en un lugar fuera de la isla (cosa que la mayoría no lograba, consumidos por las aguas rugientes y su falta de conocimientos marítimos) ¿dónde está Alondra? o hacer la Marcha Larga, un viaje solitario de 200 días alrededor de la isla. El caminante debía cargar un amuleto alrededor de su cuello. Si se lo quitaba, se le caía o se rompía, la persona que esperaba era ejecutada, y el cuerpo se le era mostrado al caminante al regresar. Por medio del amuleto, quien esperaba podía ver todo lo que el caminante hacía, a toda hora, en cualquier día, pero el caminante no podía ver ni comunicarse de regreso. ¿Le di mal la dirección o qué? Así, el camino se empezaba con confianza y responsabilidad, y la recompensa era ser mantenidos por el pueblo para siempre, como recompensa al amor”. La pescadora -Nancy- suspiró bien hondo y se sobó los muslos. Se dijo algo, pero pudo ser cualquier cosa: una excusa para salir. Así se cubrió con el rompevientos, calzó las botas pesadas y leyó bajo su linterna las tradiciones en el libro, mojándose con llovizna ligera en la noche crujiente de la isla. Caminar por ahí puede ser algo incómodo, aunque lo más peligroso es el dolor de que no llegue. “Entonces la apuesta era grande para quien probaba su amor y fidelidad. En el camino había otros pueblos, lleno con infieles que se habían rendido en algunas partes del camino: La soledad puede hacerle cosas irreparables al alma. Algunos aún cargaban sus amuletos, quién sabe qué sería de las parejas que observaban cómo su promesa se desvanecía entre los dedos flacos de sus marchas malnutridas”. El adolescente miró alrededor, Nancy también: un sendero bajaba por las arenas de la isla hacia una cueva al lado del mar, acogedora. Se apretó los deportivos para exprimir el agua y siguió “No solo quien espera se expone, también el caminante puede regresar de la Marcha Larga y descubrir que su pareja se ha ido con alguien más, ya no lo ama, inició su propia Marcha con otra pareja y otros riesgos sentimentales. Es por eso que no todos intentan el rito, solo quienes entienden el por qué no debes confiar en alguien en la primera cita”. Cerró la libreta, fastidiado. Dos horas tarde, pero ni siquiera una disculpa. Salió colérico del café y entonces la vio: a unos metros de la entrada, colapsada entre su carro y el de ella, desangrándose. Nadie la había visto y, sin perder tiempo, sacó vendas del gimnasio para detener la herida. Su libreta cayó al suelo, mojándose y sangre llenaba el suelo de la cueva donde Nancy se resguardaba. Sus instintos le golpearon la nuca y chapoteó en linfa y rojo. Trepó las escaleras frágiles, pero la sangre que también caía de encima las hizo pegajosas. A duras penas entró en el faro cuando la sangre había hecho subir varios metros el agua del mar: inaudito. Quería salvarla, pero también la había querido muerta. ¿En cuántas deudas se había metido por querer? Esperó todo lo que pudo, era la verdad. Ahora que se separaba de su vida, ya no podía esperar más. Llegó al fin un médico de improvisto, dentro del café, que ya había pedido una ambulancia. Él se alejó ensangrentado a visitar una isla, cualquiera. La isla era tragada poco a poco, y en el último piso, Nancy lloraba porque no tenía a quién esperar. Y ella quería esperar, podía esperar 200 días, lo prometía. Podía esperar un poco más, si se necesitaba. 300 días. Tal vez un año, pero no quería irse así de sola. Así, entre sangre ajena. Sin que nadie le explicara por qué estaba tan sola, por qué tan de repente, por qué así. Leyó las líneas que podía entre las capas acuosas que cubrían sus ojos: “Esperar, entonces, es un rito de confianza, no un beneficio de extraños. Rara vez a parejas nuevas se les era permitida la Marcha Larga, pues una vez comenzado, el peregrinaje sagrado unía para siempre a la pareja, ya fuera en odio u amor, para marcar sus destinos--

Publicado la semana 47. 18/11/2019
Etiquetas
Escuchar: Mariya Takeuchi - Plastic Love , Leer cuando sientes como que te ahogas.
Compartir Facebook Twitter
Género
Relato
Año
I
Semana
47
Ranking
0 38 0