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Quidec Pacheco

Ese Gato me lo Ha Quitado Todo

Parecía una buena idea. Ella quería un gato de cumpleaños y no pensé que me fuera a dar problemas. “Tú lo cuidas, lo limpias, lo paseas” era mi máxima, mi novia dijo sí mil veces y le entregué la jaula con un pelo naranja perezoso, aplastado en el fondo. Desde el primer día que salió de ahí cruzamos miradas y garras, ella tuvo que separarnos porque, claro, yo era el atacante. Maldije en voz baja mientras ella se quedaba jugando con él hasta altas horas de la noche. No la sentí de regreso en la cama, y fue el último día que me abrazó.

Nos turnamos para todo, pero la siguiente semana todo se le olvidaba por estar jugando con el gato. Yo tuve que hacer el lonche, lavar la ropa, limpiar la casa… ella se quedaba horas mirando al gato. Invitó a su familia y amigos que llegaban ocasionalmente a jugar con el animal, y yo tenía que preparar cena para todos, aunque daba igual: nadie cenaba, solo jugaban con el gato en silencio. Había visto mi dotación de películas de horror, así que sabía que el gato debía morir esa noche.

Por más que esperé, ella no dormía. Comencé a sopesar la idea de que no lo hubiera hecho en los 10 días que llevábamos con el animal, así que molí somníferos que le dí a beber en leche -lo único que tomaba ahora. Fácil agarré al gato confiado, y lo estrellé en la pared hasta moler su cráneo en nada. Quedó adentro de una bolsa negra que tiré a la basura, sacudí mis manos y me fui a dormir.

Al despertar, los maullidos seguían. Corrí las escaleras a la planta baja y mi novia acariciaba y jugaba con el gato, que ahora tenía la cabeza molida. Parecía no darse cuenta del cadáver, y el cadáver parecía no darse cuenta de que estaba muerto. Fui por mi bate, pero al regresar los amigos y familia de mi novia rodeaban al gato, se forzaron en mí y me quitaron el arma. Solo pude agarrar mis llaves y mi cartera, y huir de la casa.

Una semana después, ella dejó de contestar mis llamadas. El silencio había sido gradual, así que quise darme la vuelta por la casa para ver qué sucedía. Los hogares de la colonia habían quedado vacíos, a medio abrir, y conforme me acercaba a mi casa encontraba una concentración más grande de personas: todas tenían encima túnicas de estambre, y la fachada había sido recubierta con vísceras y piel de gatos para imitar la forma del cráneo que yo destruí. Me abrí paso entre la gente letárgica y en el jardín frontal mi novia, con un maso de hierro, quebraba las cabezas de los participantes que, de muy buena gana, acostaban su crisma en el altar ensangrentado. El gato mirando desde su hoyo en el cuello, trepado en el hombro de mi novia, absorbía el rojo como un pozo horroroso, desafiando gravedades terráqueas y humanas. Corrí, sin poder borrar la imagen de las entrañas volando hacia el agujero que destapé con mi ira.

Es terrible, ha pasado un año. Por fuera la gente camina sin cráneos, y algunos gatos callejeros hacen de sus vientres pestilentes hogares cálidos. Se me van acabando los alimentos, y creo que esta será la última vez que salgo a explorar almacenes. Aún no sé por qué solo yo, ¿nadie lo ve? ¿Por qué alaban al animal más despreciable? ¿Por qué le permiten vivir entre ellos? ¿Estoy loco? Intenté con varias personas, pero todos terminaban hechizados por la mascota terrible. Intenté matarlo a distancia varias veces, pero su servidumbre reconstruye sus pedazos, y ahora es más masa que gato. No quiero acariciarlo. No quiero hacerle “un lugarcito en mi corazón”. Es una locura sangrienta, hipnosis psicosis, automutilación mental. Querer a un gato es suicidarse. Ofrendarse a un dios falso, un señor viral que se corona con yugos. Jamás podré ser la mascota, cambiar lugares. Es terrible la soledad, la ira… Es terrible: no quiero darle nada, y de todas maneras, ese gato me lo ha quitado todo.

Publicado la semana 39. 26/09/2019
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