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Quidec Pacheco

El Escondedor

-cibirlo, se quedó humeante en el suelo. Olegario tosió.

- ¡Ay! ¡Ciencias! ¡Ayúdame, María!

La mujer quiso darle la mano Se encontraba en el suelo también.

- ¿Qué me pasó?
- María, está en el suelo.
- ¡Eso ya lo sé, profesor! La pregunta es cómo llegué aquí. Yo estaba ayudándolo a ponerse de pie.

El vaquero se acercó con la mano sobre su pistola Iba desarmado. Con ansiedad se tanteó la camisa, los pantalones. Dijo en rima asonante hacia la oscuridad dentro del templo:

- Alguien tomó mi pistola. Yo te propongo que corras.

No encontraban nada en la profundidad del cañón místico. La teletransportación mercurial anterior de María los había dejado en tierras de rocas brillantes y acuosas, cielos negros y plantas iluminadas. Avanzaban en lo que parecía una construcción religiosa con grietas brillantes entre sus texturas arenosas, pero firmes. Una sensación de no estar controlando sus movimientos ni proceder. El vaquero tropezó con unas raíces lodosas.

- ¡Aaahh!

En el fondo del pozo dentro del que cayó habían unos espantosos dientes cristalinos, iluminados por el olor a carne que bajaba El vaquero estaba bien y a salvo Todos estaban a salvo, al haber cruzado al otro lado de una forma en especial pero difícil de recordar. El profesor Olegario tocó la mano del vaquero, luego le dió la vuelta.

- ¿Te lastimaste aquí, no?

El vaquero pensó un momento. Respondió seguro.

- Al caer al pozo.
- Pero no caímos.

Silencio. María, el vaquero, y el profesor Olegario miraron dentro de la apertura en piedra arenosa. Las venas luminosas pulsaban hasta llegar a los dientes filosos y transparentes debajo, y ahí, en la pared: una mancha de sangre Nada, no había nada en la pared.

- Había sangre, ¿verdad?

Dijo María No, no dijo María, nada, no dijo nada.

- ¿Dijiste algo, María?
- No, profesor… no que recuerde.

El vaquero miró la sangre en su mano.

- Puede cambiar las palabras, pero no puede cambiarnos a nosotros. Por eso pudo eliminar lo que María sijo y la sangre en el muro, pero no puede borrar la sangre de mi mano.

La cueva comenzó a derrumbarse-

- ¡Espera! ¡Necesitamos tu ayuda, Cueva!
- No se llama “Cueva”
- Pero hasta que se presente, así lo llamaré, María.

Las piedras cayeron con poder y pesadez. A una distancia segura, lejos de los tres visitantes, ¡pero cayeron!

- Por favor, Cueva, escúchanos: una mujer malvada ha robado el poder del autor que nos escribe. Está narrando lo inenarrable, y buscamos alguien que nos pueda esconder de ella, como tú.

El cañón se sumió en un silencio reflexivo. La arena sobaba el mentón figurativo de la cueva mientras pensaba.

- Yo soy el buscador. Con las habilidades de María y el profesor puedo encontrar a la nigromante sin problema, pero ocupo mi pistola, y alguien que pueda esconderme a simple vista.

El cañón no se movió, pero todos interpretaron un asentir definitivo cuando la pistola se halló de nuevo en la funda del vaquero. Sabían que su nuevo amigo (porque ahora son amigos, ¿verdad?) no podía revelarse para resguardar su poder y no perder la capacidad de esconderlos, pero fuera de eso, es como si estuviera con ellos. Acompañado al fin.

Publicado la semana 38. 20/09/2019
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Escuchar: Home - Resonance , Leer cambiando de posición, relamiéndose los labios cada vez que aparecen diálogos.
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