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Quidec Pacheco

Aventura Complementaria

¡Qué dolores, los de la complementación! Dolores para testigos y solteros, para los negados al otro y quienes perdieron comprensión. Qué dolor hablarse al cuello, entenderse amordazados, ser cautivo en la empatía. Para todos menos quienes viven en el intercambio de existencias: dentro del templo griego, las pisadas hirvientes silbaban por las paredes y columnas atentas. Daniel y Elena seguían los mandatos del libro. Él, moreno y gastado por el tiempo, astuto y carismático, tenía en su lengua la llave de mil puertas. Ella, de piel lechosa y joven, jamás olvidaba y contaba con miles de cuentos horrorosos en memoria. Detectives accidentes, sabios obligados, ambos miraron detrás: en la entrada del templo la figura grande de un hombre lagarto los esperaba con dientes largos y ojos rebosantes, marchando de derecha a izquierda. Encima, un roc enorme vigilaba que no escaparan del templo. Ambos tragaron saliva y avanzaron.

¡Qué problemas, los de la complementación! Para Daniel, huir astutamente habría sido sencillo, pero no con Elena y su boca torpe al lado. Para Elena, resolver los acertijos milenarios era fácil, pero no con Daniel y sus manos brutas ahí. Y la tragedia: ¡ahí se querían! Un pie más adentro de las ruinas, los rostros de medusas y perseos a cada vuelta, pasillos con minotauros de roca y carontes bellos. “Tranquila, Elena”, dijo él, con su mano en sus clavículas. Ella asintió, asegurando la suya sobre la de él: debían conseguir el medallón luminoso de la bestia en este laberinto. Una sombra bailaba tras un fuego, en el siguiente pasillo. Daniel saltó con seguridad paranormal ante una criatura mitológica.

“¡El día es largo! Mucho como para pasarlo sin comer nada, ¿verdad?”

Los ojos de Daniel encontraron al enemigo después de haber dejado ir las palabras de su boca. Una mantícora con mil dientes, melena de león, cola de escorpión y rostro humano lo miraba sonriendo, rondando el fuego y acercándose con cuidado. Mantícora pensó Elena desde la esquina, y sacó las notas de su celular. Punto débil, punto débil se repetía, buscando sugerencias para gritarle a Daniel antes del combate.

“Mucho. Verdad. Y ¿qué alimento mejor que un humano?”

“¿Has probado la barbacoa coreana? O tal vez eres un ser de paladares más distinguidos. ¿Wagyu?”

Conforme sus palabras salían, en las manos de Daniel se formaban los deliciosos platillos. Era capaz de mantener la ilusión mientras sus palabras siguieran cayendo en los oídos del ser y este creyera en lo que relataba. Puso ambos platos en el suelo y se alejó con cuidado. La mantícora rodeó sonriente el fuego, haciendo brillar el medallón luminoso en su cola y pateó la comida con su garra. “Está quemada”. Elena, frenética, se daba cuenta ahora. Las mantícoras no tienen debilidades. Ay, no.

Daniel miró a Elena, escondiendo el miedo tras una sonrisa confiada, esperando alguna información, pero ella no lograba encontrarla. La mantícora se acercaba a Daniel, que retrocedió hasta un muro. “Sabes que tengo en mis manos la única espada mortal para las mantícoras, ¿verdad?”. En sus manos se formó un sable esmeralda de flamas púrpuras. La mantícora enseñó sus dientes, y convirtió veloz su gruñido en risa burlona. La espada se deshizo en las manos de Daniel. Elena seguía buscando entre las sombras, hasta que su mente encajó los pedazos. Un plan, pero lo único que aseguraba el funcionamiento era un pedazo de hoja que leyó hace años. Arrojó su celular con fuerza y golpeó la melena de la mantícora.

“¡Aquí, apestoso!”

La bestia entró en persecusión, y Daniel, detrás de ellos. Elena giraba en las esquinas y bordeaba estatuas delicadas que caían en pedazos sobre la mantícora, pero nada la paraba. Ella encontró un arco tras el cual la luz de la luna sobre los campos era brillante. Saltó y rodó por el suelo, pero antes de que pudiera ponerse de pie, la mantícora la retuvo con sus patas en el suelo. Alistó el aguijón y cuando lo disparó, las manos de Daniel lo retuvieron con todas sus fuerzas. Las gotas de veneno ardiente caían al lado de Elena. La bestia sacudió su cola de escorpión poderosa, y el chico fue despedido unos metros lejos. Con los mil dientes sonriendo lanzó una mordida a la cara de la chica con lentes, y se alejó poco a poco, en el cielo. Elena y Daniel miraron arriba: el Roc tenía entre sus garras a la mantícora. Ella sonrió recordando mientras más grande la bestia, más sabrosa para el roc.

Daniel la ayudó a ponerse de pié, y él le mostró el medallón entre sus manos. Corrieron juntos, lejos del hombre lagarto, complementados. Fáciles de herir y perseguir. De matar.

Publicado la semana 33. 18/08/2019
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Escuchar: Stiff Dylans - Ultraviolet , Leer en ruinas, de una relación, una civilización, o un compromiso.
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